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El 12 de marzo se representó en el Teatro TNT, Ofelia no sabe nadar –Trilogía para el fracaso-, de la mano de Zaherí Teatro. Esta pieza se incluye en la sugerente programación del ciclo Ni una menos, que se ha estado desarrollando en este teatro sevillano desde la semana pasada.

Ofelia no sabe nadar –Trilogía para el fracaso- es un trabajo que parte de numerosas referencias desde ciertas alusiones al fatídico destino que sufrió el personaje de Ofelia en la obra Hamlet de William Shakesperare, a otras de lo más mundanas. Quizás ello fue perfilado de este modo para que los integrantes de la compañía andaluza Zaherí Teatro, se desenvuelvan en un marco en el que las violencias por las que han pasado las mujeres a lo largo de la historia, se han ido traduciendo en consonancia al contexto en el que nos encontremos.

Es secundario si se trata de un contexto de relación de pareja, de temas que involucra a la crianza de los hijos, o lo que fuere; las violencias hacia las mujeres operan sin dar tregua. No obstante ¿Hemos de presentar a los diversos personajes que interpreta Marina Miranda como víctimas, o como supervivientes? Personalmente, a mí no me quedó del todo claro bajo qué ontología se sustentó esta pieza, lo cual no tiene porqué  ser algo necesariamente negativo, siendo que la diferencia entre un enfoque y otro, primaría en el qué han querido  hacer estos profesionales con esta historia que representaron ante un público.

 

Lo anterior es fundamental en las artes escénicas, porque en el momento que uno se propone comunicar algo no sólo conviene saber el qué se quiere comunicar; sino que también, de asegurarse que el mensaje que se decide transmitir le llegue a los espectadores, sin que ello vaya en detrimento del lenguaje escénico con el que uno se exprese. Aún así, ello puede entrar en contradicción con que los profesionales en juego coincidan con varios integrantes del público, que ya tengan una postura muy asentada sobre el tema en cuestión. Entonces, en ese caso no son los profesionales quienes estén “fallado” en la comunicación del mensaje, sino que se enfrentaron ante personas que, legítimamente, sus inclinaciones van hacia otra dirección.

¿Será posible que el enfrentarse a algunos espectadores con pensamientos ya desarrollados sobre un tema que levanta tantas pasiones como lo es el de las violencias machistas, dificulta la recepción del punto de vista escogido por los creadores? En este caso ¿En dónde estarían las diferencias entre un desacuerdo en el discurso dispuesto al público, y un error en el texto, la dramaturgia o la interpretación de los actores? No sé si cabe preguntarse en este contexto ¿Qué tan “preparado” está el público a recibir mensajes que supongan un grado de confrontación dialéctica con su propio imaginario, en una época donde, básicamente, siempre estamos escogiendo qué canciones escuchar, o qué películas ver en internet con un par de clicks?

¿Todas las obras que se representen implicándose con temas sociales, hemos de exigirles que han de ser pedagógicas? Si es así ¿Hemos de llegar al punto de regular lo que se dice y lo que no se dice, o mejor dejarlo en la postura de cada uno incluyendo la que expongan los intérpretes sobre el escenario? Si trabajan con temas como las violencias machistas, el racismo, la lgtbifobia y demás lacras que se conservan en nuestra sociedad ¿Los personajes que darían rostro a alguna de dichas lacras, han de ser presentados como opresores respondiendo a una lógica binomial?

Desde luego, en momentos concretos y bajo escalas formales, el uso de “lógicas binomiales” nos podrían resultar útiles. Pero cuando verificamos si esas premisas siguen siendo fieles para poder entender y explicar los fenómenos tal y como se nos aparecen, uno ha entrado en la fase de ir generando una confección de un discurso y unas prácticas, que sólo se irán materializando durante el desarrollo de un diálogo que lo ha hecho posible en nosotros. Es más, esos discursos y esas prácticas no tendrían cabida sino se presentan ante los demás, sino sería una suerte de monólogo que ha nacido de la nada.

 

En paralelo, hay que poner por delante que en España en los últimos quince o veinte años, el tema de las violencias machistas está muy integrado en el foro público que compartimos (más no significa que haya un amplio consenso sobre cómo erradicarlas), lo cual supone que este tipo de montajes ayudan a sacar a la luz en qué punto estamos cada uno de nosotros (sean los profesionales y los espectadores). Ello es una de tantas maravillas que nos aportan a nivel colectivo las artes escénicas. Es decir: Estas nobles disciplinas siempre llevan consigo una confrontación irremediable, se esté en rol que se esté.

No hemos de intentar esquivar las oportunidades de diálogo que nos ofrecen las artes escénicas, no hemos de esperar que los espectadores o los profesionales hagan lo que nosotros haríamos, sino no habría ese encuentro del que tanto se habla en dichas disciplinas. Es paradójico como temas como las violencias machistas, nos conducen a dilucidar que todo lo personal es político (no soy de ningún modo el primero en decirlo), y a la vez nos haya hecho adoptar en alguno de nosotros dinámicas que despolitizan nuestras relaciones con los demás, estemos o no de acuerdo. La política se practica poniendo en común ideas y modos de ejecutarlas en medio de una convivencia, no limitándonos a habitar la mayor parte de nuestro tiempo, en “clubs” donde nos podemos refugiar de lo que nos resulta hostil de este mundo.

En lo que se refiere a la puesta en escena y la interpretación de esta pieza de Zaherí Teatro, pues, cabe destacar la eficaz y consistente interpretación de Raúl G. Figueroa, la cual favoreció, innegablemente, a que Marina Miranda se vuelva lucir como ella sabe hacerlo. Obras como Ofelia no sabe nadar –Trilogía para el fracaso-, nos demuestran que el elenco es un equipo en el que si sus integrantes dan todo lo que tienen en sus manos, a todos les irá bien. Poniendo casi en la irrelevancia, el qué peso tiene en la obra el papel que se interpreta de cara al público (que es a quién se deben los profesionales de lo escénico).

Claro que hay papeles en los que uno es capaz de lucirse más que en otros, o donde uno tendrá a su alcance crecer como intérprete. Pero ello es de “puertas adentro”, el público ha venido al teatro a que se le cuente una historia, y cada uno de los elementos que la componen son imprescindibles en la medida en que se manifiestan. Y precisamente con esta lucidez, Zaherí Teatro nos representó una obra que aunque a más de uno le pueda parecer “lineal y monótona”, el caso es que ello contribuyó a que se genere un ambiente denso donde las palabras de Marina Miranda y Raúl G. Figueroa cobrasen más significado, que es diferente a que si se hubiesen emitido en un contexto más desenfadado e incluso cotidiano. Es más, de no haber sido así, las imágenes poéticas de varias de las partituras de movimiento o de las composiciones escultóricas que exhibieron en su interpretación en relación entre ellos, el espacio y los objetos; no hubiesen brillado y ejemplarizado,  que estamos viendo un trabajo escénico cuyo lenguaje poético, no se ha de sacrificar por más serio que sea el tema.

De hecho, si los integrantes de Zaherí Teatro se hubiesen decanto por otro lenguaje ¿Cómo distinguimos una obra artística de una recreación propia de un “juego de roles”? O dicho de otra manera, las artes son capaces de plantear algo terrible de los más modos poéticos, sin que ello tenga porqué ser interpretado por una trivialización del tema en juego. Dando paso a que nos movamos en un marco infinito de posibilidades.

 

 

 

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