Es curioso como asistir a la representación de una pieza escénica que aborda temáticas de absoluta emergencia, como lo es conocer los efectos que están teniendo en los mares el Cambio Climático, nos ayudan a actualizar ideas que aunque nos sean de lo más familiares, la vorágine de nuestras rutinas diarias las mantiene casi en el campo del “rumor”. Seamos francos, todos los seres humanos nos desenvolvemos en nuestro día a día en un espacio relativamente acotado, por lo que todo aquello que no irrumpa de sobremanera en nuestro cotidiano, nos resulta, en la práctica, como que no va con nosotros.
Por tanto, en Arrecifes no se hace tanta incidencia en el qué está pasando, sino más bien, en el cómo se manifiesta desde un lenguaje extra cotidiano. A lo que se añade, que es una pieza dirigida a la infancia y a la juventud por lo que la imaginación está al servicio de enriquecer el modo de contar lo que se está contando, mientras sus espectadores han de dar parte de sí para que este acto de comunicación en juego se consuma del todo. Muchas veces las obras dirigidas a la infancia y a la juventud están repletas de personajes naif y extravagantes; no obstante, ello no implica, necesariamente, que las obras por sí mismas sean “bobas” o ridículas.
Piénsese en lo efectivo que es abordar un tema tan trágico como es el estado actual de los mares, a través de personajes que podrían estar en unos dibujos animados. Esto es: Seres de los cuales, es cuestión de tiempo, para que nos encariñemos y luego se pueden verse perjudicados por la reaparición de las consecuencias de las problemáticas con las que lidian en su día a día. Ahora bien, ello tan sólo nos va introduciendo en sus características, siendo que lo anterior es suficiente para trazarnos un contexto sin tener por qué contarnos una historia como tal. Así, Arrecifes se erige como un trabajo inmersivo en el que, nosotros los espectadores, vamos de “excursión” a un lugar que hasta que no estamos allí en persona (por así decirlo), no habrá forma de comprenderlo.
He allí que el vestuario, la escenografía y la caracterización de los personajes (que fueron dispuestos por un grupo de estudiantes de la especialidad de escenografía de la ESAD de Sevilla a cargo de Vanessa Morillo), fuesen fundamentales para que la imagen de la pieza nos hablase por sí misma, de tal modo que la acciones que se van sucediendo nos vayan complementando la información que se nos plasma desde que se subió el telón del Teatro Alameda. En esta línea, confluyeron las canciones originales que se tocaron en vivo (por un grupo de profesores del Conservatorio Elemental de Música “La Palmera” (Sevilla) que fueron dirigidos por María Quintanilla; asimismo, la escenografía fue diseñada por Alberto Desiles del Conservatorio Superior de Danza “Ángel Pericet” (Málaga), en coordinación con dichas personas de la ESAD de Sevilla).
Todo esto se intensifica si estamos ante un grupo de intérpretes que se están enfrentando al reto de sacar a adelante unas coreografías y demás, que son dificilísimas para lucirse. Por ejemplo: Tómese en cuenta que quienes hicieron de anémonas era un numeroso grupo de niños de los primeros cursos del Conservatorio Elemental de Música “La Palmera” ; al mismo tiempo, los bailarines que pertenecen a los últimos dos cursos de la especialidad de danza contemporánea del Conservatorio Profesional de Danza Antonio Ruiz Soler (Sevilla) a cargo de Marta Toro (como una de las coordinadoras ) y Victoria Díaz (como coreógrafa y coordinadora), no estaban del todo amoldados al espacio en el que iban actuar, incluyendo como no, que al estar siendo evaluados se suma a una serie de variables que entorpecen el libre disfrute de una interpretación en danza. A dónde quiero llegar con esto, es que los bailarines habrán recogido unas premisas que les habrán ayudado a reflexionar sobre cómo poner en su lugar lo que se trabaja en las aulas de clases, dado que el encararse a los imprevistos (sin olvidar, los positivos) forma parte de dotarle de sentido y significado al interpretar frente a un público sobre un escenario de unas características concretas, que dicho sea de paso, rara vez serán similares al lugar de montaje y ensayo.
Por si queda alguna duda, a los bailarines se les vieron pasar por diversos estados a lo largo de su interpretación, lo cual sacaba a relucir que en casos como este (es decir: un proyecto con objetivos de tipo educativo) no se ha de primar tanto el que estén atinados en cada uno de sus movimientos; sino más bien, que ellos desde su vulnerabilidad consigan dar con la tecla que les permita hacer las cosas de verdad. Con ello no quiero desmovilizar a nadie a dejarse de tomar en serio la labor de limpiar al máximo la ejecución de sus acciones en escena, en arreglo a las indicaciones de quien haya dirigido, porque nos estaríamos quedando con las consecuencias de “vivenciar una experiencia vital”, no con la finalidad de formar a profesionales de lo escénico. De lo contrario, es como si uno se hubiese preparado para sacarse los exámenes teórico y práctico para conseguir la licencia de conducir coches, y posteriormente, prescindir de conducir este tipo de vehículos.
Y no es que estos estudiantes no tengan experiencias recorridas sobre el escenario, ya el Conservatorio Profesional de Danza Antonio Ruiz Soler se encarga de programarles oportunidades para actuar. Esto es: Los finales de curso; actividades como los concursos coreográficos que se celebran todos los años para cada especialidad (donde los estudiantes se les ofrecer un marco en donde montar sus propias coreografías sin intervención alguna de sus profesores); las muestras de una clase ante los profesores de sus correspondientes departamentos; “Acércate a la Danza” (donde se exhiben coreografías a alumnos de primaria para promocionar la danza); entre otras, que de un modo u otro les permiten “gastar la mayoría de sus novatadas” durante su formación reglada, antes de confrontarse al mundo profesional donde los “errores y torpezas” son “castigadas” con mayor severidad de lo que merecería una persona que está buscando hacerse un sitio dentro del circuito profesional. Por eso recuérdese que, estas actividades están para que vayan forjando los estudiantes sus consciencias, a la vez que van creciendo como seres humanos.
De verdad, que ha sido un gusto ver como un grupo de profesionales de la educación se han volcado hasta tales puntos, que fueron configurando las bases de una creación que de tener la oportunidad de estar en gira, terminaría de coger “músculo” y soltura. Por ello cabe destacar, la labor de gestión de todos los involucrados por parte de María Quintanilla (persona que también compuso la dramaturgia junto a Marta Toro y Vanessa Morillo), quien se ha dejado la piel por algo que no era obligatorio sacar adelante. Pero no, aquí es donde se sustenta la vocación por hacer un trabajo difícil de sortear, al exponerse en un terreno que raras veces está dispuesto para proyectos como este.
En definitiva, conservar y promover proyectos de colaboración entre centros de educación artística (en especial, si pertenecen a las Instituciones Públicas), son una inversión imprescindible para el desarrollo de futuros profesionales que siempre trabajarán con gente que pertenecen a otros ámbitos. Así, Arrecifes también puede entenderse como una aproximación muy fructífera a los que es trabajar en coordinación con gente con la que no se interactúa cada día, aunque se está poniendo en pie algo que el público confía que se exprese como tal.




