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Con el excelente sonido al que la Sala Malandar nos tiene acostumbrados, el trío madrileño Gilipojazz ofreció un concierto que fue mucho más que una sucesión de temas: fue una experiencia performativa, una comunión de carcajadas, virtuosismo instrumental y sentido del humor sin filtros.

 

Para los que nos acercamos ese viernes a Malandar huyendo del algoritmo y sus playlists recicladas, fue como encontrar una emisora pirata que emite funk marciano, jazz degenerado y rock satírico desde una nave nodriza pilotada por Frank Zappa y Les Claypool.

El arranque con “A lo loco”, la surrealista banda sonora de El milagro de P. Tinto, sirvió como declaración de intenciones: lo que venía no era un concierto al uso, sino una travesía entre lo absurdo y lo sublime. Esta apertura, que ya de por sí mezcla referencias pop con aires de música cinematográfica, encajó como un guante en el lenguaje musical de Gilipojazz: una propuesta instrumental que se ríe del jazz mientras lo exprime, que abraza el virtuosismo pero lo disfraza de chiste privado: de la risa al delirio técnico.

 

Foto: Juan Antonio Gámez

 

El trío formado por Iker García (guitarra eléctrica), Ángel Cáceres (bajo eléctrico y guitarra clásica) y Pablo Levin (batería y bajista ocasional) presentó su segundo álbum, Progresa adecuadamente (2024), sin renunciar a los temas más celebrados de su primer trabajo, ¿Dónde está el Jazz?(2022). Alternaron temas nuevos y viejos con interludios cómicos donde el humor absurdo y la improvisación verbal se llevaron parte del protagonismo.

Ángel Cáceres, con su mezcla de verborrea de monologuista y expresividad escénica, dirige la función con guiños, poses y chascarrillos que rompen la cuarta pared continuamente. Pero tras el disfraz de payaso postmoderno hay un bajista excepcional, capaz de pasar del slap endiablado al fraseo limpio en cuestión de compases, sin que se resienta la cohesión con el resto del trío: no es (solo) jazz: es cine, manga, rock y calle.

En Malandar, Gilipojazz se manejó con soltura, sabiendo que tenía delante a un público entregado y dispuesto a dejarse sorprender. En plena coincidencia con un festival pop de gran formato en la ciudad, la sala presentó una entrada más que digna, con un ambiente de esos en los que se respira que estás presenciando algo especial.

 

Foto: Juan Antonio Gámez

 

El repertorio fue tan sorprendente como los nombres de los temas: temas con títulos inverosímiles que no adelantan nada sobre su contenido, pero que funcionan como claves de acceso a su universo privado. Uno de los momentos más celebrados fue el tema-homenaje al mítico Akira Toriyama, en el que el trío versiona y mezcla, con humor y precisión quirúrgica, distintas sintonías de Dragon Ball. Una especie de medley progresivo en clave de funk, jazz-rock y psicodelia cartoon que logró que varias generaciones levantaran la ceja con cara de “esto no puede estar pasando”.

A destacar también la única versión del concierto: una lectura a su manera del mítico tema “Hocus Pocus” de Focus, que convirtió el virtuosismo del original en una montaña rusa de ritmos rotos, solos inesperados y parodia estilizada, sin perder la pegada. Y no hubo espacio para el aburrimiento: cada riff de Iker parecía abrir la puerta a otro universo paralelo, y Pablo, con una soltura pasmosa, mantenía el pulso incluso cuando el caos se disfrazaba de gag.

 

Foto: Juan Antonio Gámez

 

Ellos mismos lo dicen desde el escenario: “tenemos más de gilipo que de jazz”. Y no es modestia ni boutade. Gilipojazz no necesita ajustarse a etiquetas para brillar, y lo hacen precisamente porque entienden que la música es también juego, y que el humor es un género tan serio como cualquier otro. En sus manos, lo cómico se convierte en un mecanismo de exploración artística, no en un mero adorno.

Al acabar el concierto, con un bis celebrado como si fueran los Beatles regresando de la tumba, el comentario era unánime: Gilipojazz no solo da un gran concierto, da una gran noche. Una de esas que recuerdas no por la canción que esperabas, sino por todas las que no sabías que necesitabas.

 

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