Entrevista a Irene Cantero Sanz y Natalia Jiménez Gallardo en el estreno de COREOS COROS CORROS, una propuestas escénica, definida por sus creadoras como instalación sonora en movimiento, que reclaman nuestra atención a través de la insistencia suave y prolongada que obliga a recalibrar esa manera en que el cuerpo se sitúa en un espacio compartido.
Durante aproximadamente dos horas y media, el tiempo deja de funcionar como una unidad eficiente. No hay principio reconocible ni desenlace claro; lo que se ofrece es un estado. Sonido y movimiento no se suceden ni se acompañan: coexisten. Se filtran mutuamente hasta volverse difíciles de distinguir, como si ambos pertenecieran a una misma materia sensible que se desplaza por el espacio y por los cuerpos que lo atraviesan.
Pensamos en el movimiento, en el sonido, como una misma forma de escucha.
Desde el inicio, la obra se construye a partir de una negativa explícita a las formas habituales de organización escénica. No hay butacas, ni frontalidad, ni geometrías circulares que evoquen rituales reconocibles. Estas decisiones no responden a un gesto de ruptura simbólica, sino a una preocupación concreta: evitar que la disposición del espacio determine de antemano la manera de mirar —y, por extensión, de escuchar—. El espectador no ocupa un lugar asignado; tiene que encontrarlo.
No hay una jerarquía entre sonido y movimiento, sino que todo está abrazando en el espacio.
Ese desplazamiento físico no es accesorio. A medida que el público se mueve, el sonido cambia, se acerca o se disuelve, aparece desde zonas inesperadas. La escucha se vuelve móvil, situada, inevitablemente corporal. No se trata de “entender” lo que sucede, sino de sostener una atención distribuida, porosa, que admite la distracción, el cansancio o incluso la retirada momentánea como parte de la experiencia.
Es como te invito a mi casa y, según como esté, tú te vas a relacionar con las cosas.
La duración, lejos de ser un desafío, funciona como una condición necesaria. Solo cuando el tiempo se dilata lo suficiente aparece la posibilidad de otra relación con lo que ocurre. La obra no exige permanencia continua ni fidelidad al recorrido completo. Permite entrar y salir, alejarse, volver. Esa flexibilidad, heredada en parte de los espacios expositivos, introduce una incertidumbre que el equipo no solo acepta, sino que incorpora como parte del dispositivo vivo de la pieza.
Poner al sujeto, el público, también como un oyente y un cuerpo que se mueve, que tiene cuerpo.
El entramado sonoro se construye desde la diferencia. Por un lado, la electrónica y la grabación de campo de lo cotidiano; por otro, la voz en su dimensión más directa, menos mediada. No hay voluntad de homogeneizar estos lenguajes, sino de mantenerlos en tensión. Esa fricción es la que sostiene el espacio y lo mantiene abierto, inestable, atento.
El contraste que sientes de no correr, bajar el ruido a que sea un espacio contemplativo.
También el equipo que da forma a la obra funciona como un organismo mutable. Los roles no permanecen fijos: quienes recolectan material pasan a interpretar, quienes observan desde fuera afectan el proceso, quienes piensan el espacio lo hacen desde la escucha. No hay una jerarquía visible, sino una red de decisiones compartidas que se ajustan con el tiempo.
Hubo gente que conectó mucho con lo anatómico, a través de nuestros cuerpos, y otra que se sostuvo más desde el sonido. También se repetía bastante la idea de que la pieza se va desplegando poco a poco: lo duracional está pensado dramatúrgicamente como algo que acontece sin prisa, donde no hay golpes de efecto, sino un proceso de emergencia. Y creo que eso se agradece, sobre todo en lo que va apareciendo a nivel estético, como la voz de Eloísa Cantón o el movimiento.
Más que ofrecer una experiencia cerrada, la pieza propone una situación. Una situación que puede resultar incómoda o acogedora, según quién la atraviese, pero que tiene algo en común para todos: obliga a desacelerar y a escuchar con el cuerpo. En un contexto cultural que privilegia la rapidez y la legibilidad inmediata, ese gesto, simple en apariencia, adquiere una fuerza inesperada.
- Autoría diluida Irene Cantero Sanz + Natalia Jiménez Gallardo
- Acompañamiento artístico Ana Buitrago + Federica Fratagnoli
- Espacio sonoro Eloísa Cantón + Ernesto Rosa
- Diseño iluminación y coordinación técnica Cristina P. Bolívar
- Vestuario Isabel Arias De Saavedra
- Recolectore María Etxaide, Helena Marant y Luz Jiménez
- Sonido Pedro León
- Producción administrativa Patricia Garzón Rodríguez
- Apoyos LA GINETA /MONACHIL, GRANADA, TEATRO CENTRAL, SEVILLA, AGENCIA ANDALUZA DE INSTITUCIONES CULTURALES, SEVILLA, FUNDACIÓN SGAE, ESPACIO VACÍO, SEVILLA, CENTRO PARRAGA, MURCIA, MUTIS ESPAZIOA, BILBAO, NUESTRAS FAMILIAS




