El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza acoge este 18 de febrero una nueva sesión del ciclo Visión y Presencia con la performance Dejar caer, de la artista canaria M. Nieves Cáceres. La acción, concebida específicamente para el contexto del museo, propone un diálogo crítico con la colección y activa, desde el cuerpo y la materia, una reflexión sobre memoria, colonialidad y transmisión.
Hay gestos mínimos que contienen una potencia inesperada. Dejar caer algo —un objeto, un alimento, una palabra— parece un acto simple, casi doméstico. Sin embargo, en manos de M. Nieves Cáceres, ese gesto se convierte en una operación simbólica de amplio alcance. El 18 de febrero, en el marco del ciclo Visión y Presencia del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, la artista presenta Dejar caer, una acción que no busca imponerse sobre el espacio museístico, sino infiltrar en él otra temporalidad.
Cáceres trae consigo materiales que han acompañado su trabajo durante años: los zurrones de piel de cabra, contenedores humildes vinculados a economías de subsistencia, a la trashumancia, a lo que se transporta para sobrevivir. En el contexto de una colección que incluye pintura europea producida en plena expansión colonial, estos objetos no funcionan como simple contraste etnográfico. Son otra cosa: una presencia que desplaza la mirada y obliga a reconsiderar desde dónde observamos.
El verbo “dejar” introduce una renuncia; “caer”, una gravedad. Entre ambos términos se abre un campo de sentido que la artista explora sin subrayados didácticos. Hay alimento que se precipita y manos que lo recogen. Hay cuerpos que atraviesan veladuras de tul y aceptan ver menos para percibir más. El espectador no asiste, participa. No contempla, atraviesa. La acción propone un tránsito en el que el hambre deja de ser únicamente una carencia fisiológica para adquirir espesor político y espiritual. Hambre de relato propio, de restitución, de lengua.
Porque si algo atraviesa la obra de Cáceres es la conciencia de la insularidad como condición histórica y afectiva. Nacida en Lanzarote y residente en Las Palmas de Gran Canaria, su trabajo ha insistido en el cuerpo como archivo donde se inscriben las capas del mestizaje y las huellas de la colonización. En Dejar caer, la figura de la madre, la leche y la lengua se entrelazan en una misma imagen: la transmisión. Lo que se hereda no es solo alimento, también memoria. Y la memoria, cuando se activa colectivamente, puede ser un gesto de reparación.
La acción no dramatiza la herida; tampoco la niega. Se sitúa en un espacio intermedio, casi frágil, donde la restauración no es espectáculo sino proceso compartido. El tul filtra la visión como si el museo mismo respirara de otro modo. El zurrón, suspendido o abierto, recuerda que toda cultura se sostiene sobre aquello que ha sido transportado y protegido.
En un momento en que muchas instituciones se preguntan cómo revisar sus relatos sin vaciarlos de sentido, la propuesta de Cáceres introduce una respuesta sutil: no se trata solo de añadir discursos, sino de alterar la experiencia. Cambiar la circulación de los cuerpos. Permitir que algo caiga y aceptar que, en esa caída, pueda haber también alimento.



