Hoy 28 de febrero, la artista boliviana-estadounidense Donna Huanca activará con una performance la Capilla de Afuera del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC), en el marco de su exposición MINA DE AURA.
La acción, concebida específicamente para este espacio, profundizará en las líneas de investigación que atraviesan la muestra —el cuerpo como superficie pictórica, la arquitectura como organismo permeable y la atmósfera como materia compartida—, incorporando la presencia viva y efímera como dimensión central del proyecto.
La arquitectura barroca de la Capilla de Afuera del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo está atravesada por la memoria de los intercambios coloniales entre Sevilla y América, no funciona como mero contenedor expositivo; es un dispositivo cargado de historia, economía simbólica y teología visual. Intervenir ahí implica asumir una herencia incómoda.
En MINA DE AURA, Donna Huanca opta por la sutileza de la superposición, filtrado y deslizamiento. La pintura de gran formato instalada sobre el retablo barroco lo obliga a coexistir con otra lógica de representación. Si el retablo organizaba la mirada en torno a una jerarquía trascendente, la imagen de Huanca dispersa ese eje, lo vuelve poroso. La autoridad visual se descentra.
Desde hace años, la artista ha expandido la pintura más allá del marco. En Sevilla, esa expansión se vuelve atmosférica. Cortinas translúcidas suavizan la dureza arquitectónica; la luz natural, tamizada, ya no dramatiza sino que suspende. La escultura de acero espejado introduce un elemento inestable: devuelve al espectador su propia imagen fragmentada, desplazada, absorbida por la escena. No hay exterioridad cómoda. El cuerpo que mira queda inscrito en el campo de fuerzas de la instalación.
La arena blanca que cubre el suelo parece, a primera vista, un recurso minimalista. Sin embargo, su función es decisiva. Registra el tránsito, acumula huellas, documenta presencias efímeras. En un espacio históricamente asociado a la circulación de materias —metales, pigmentos, reliquias, capital— la arena actúa como contraarchivo: no conserva objetos valiosos, sino rastros frágiles. Cada visitante altera la topografía. Cada paso es una inscripción y, al mismo tiempo, una desaparición.
El título condensa la ambigüedad conceptual del proyecto. “Mina” remite a extracción, acumulación, economía; “aura”, a aquello que escapa a la cuantificación, a un campo energético difícil de fijar. En ese cruce se instala la tensión central de la obra. Huanca articula una reflexión sobre la materialidad —pigmento, acero, polvo— sin abandonar una dimensión espiritual que rehúye tanto el exotismo como la ilustración identitaria. Las referencias a cosmologías andinas no se presentan como cita etnográfica, sino como régimen alternativo de sensibilidad: una forma de entender el cuerpo y la materia como superficies permeables.
El barroco histórico buscaba conmover, persuadir, envolver. Era una tecnología afectiva al servicio de un orden trascendente. MINA DE AURA retoma esa vocación inmersiva, pero desplaza su finalidad. Aquí no hay promesa de redención ni narrativa salvífica. Hay, en cambio, una insistencia en la interdependencia: entre cuerpo y arquitectura, entre historia y presente, entre lo mineral y lo orgánico. La instalación no impone un relato; genera condiciones de percepción.
Comisariada por Jimena Blázquez Abascal, la exposición evita el didactismo excesivo y confía en la potencia atmosférica del montaje. Esa decisión implica un riesgo: el de que la experiencia se lea únicamente en clave estética. Sin embargo, la densidad histórica del lugar impide esa reducción. La Capilla de Afuera no es un “cubo blanco”; su pasado colonial actúa como estrato subterráneo. De ahí que la metáfora minera del título adquiera una resonancia política: excavar es también desenterrar aquello que sostiene el brillo de la superficie.
La práctica de Donna Huanca ha girado de manera constante en torno al cuerpo como archivo y como frontera. En Sevilla, ese cuerpo se vuelve colectivo. No aparece representado de forma literal —no hay performance en vivo—, pero se manifiesta en las huellas, en los reflejos, en la respiración compartida dentro del espacio velado por telas. El “cuerpo expandido” del que habla la artista deja de ser una categoría teórica para convertirse en experiencia tangible.
MINA DE AURA no busca resolver las tensiones entre patrimonio y contemporaneidad; las intensifica. Y en esa intensificación reside su potencia crítica. La obra no explica la historia del lugar ni la corrige; la somete a fricción. Frente a la tentación de convertir la arquitectura histórica en escenario espectacular, Huanca propone una ocupación que es, ante todo, una excavación sensible.
Lo que emerge no es una imagen definitiva, sino un campo de resonancias donde lo espiritual y lo material dejan de oponerse. Como si la superficie —esa piel pictórica que recubre el retablo— fuera también una mina: un lugar donde lo visible apenas encubre una profundidad todavía activa.



