Silverio, el hijo del italiano es una biografía novelada que nace con un deseo muy claro por parte de su autor: poner las cosas en su sitio y hacer justicia a la figura de Silverio Franconetti Aguilar, Sevilla (1831-1889). A pesar de ser un célebre cantaor y el gran promotor que institucionalizó el género flamenco, la historia ha sido esquiva con él.
Su figura fue tan monumental como incomprendida, hasta el punto de que Federico García Lorca, al retratar a los cantaores en el Poema del Cante Jondo (1931), le dedicó un inquietante vacío, un silencio que plantea la duda de si se trataba de un homenaje a lo inefable de su arte o de un reproche a su papel en la historia del arte flamenco. Manuel Bohórquez rescata del olvido a este pionero que fue miserablemente ignorado por los escritores “mairenistas” de los años sesenta, y cuya memoria y obra sobrevivieron gracias al empeño de investigadores como el madrileño José Blas Vega y el malagueño José Luis Ortiz Nuevo.
La novela nos presenta a un Silverio íntimo, un niño nacido el 10 de junio de 1831 en la collación de San Isidoro, en la sevillana barriada de la Alfalfa, que era tan sensible que el mundo le dolía como la picadura de un avispón. A pesar de sus mil batallas vitales, nunca dejó de ser ese niño con el corazón a punto de desbordarse, al que el cante jondo hería con dulzura. El autor enmarca magistralmente la historia como una larga conversación entre el cantaor —ya un hombre visiblemente agotado, metido en kilos y con una cojera evidente— y Miguel Robles Nogales, un viejo y achacoso periodista. A través de sus charlas, la Sevilla del siglo XIX cobra vida con una fuerza visual asombrosa: desde el hervidero de la calle Sierpes y las tabernas del Arenal, hasta los escondidos patios de Santa Cruz y el Altozano de Triana, donde los alfareros y las gitanillas marcaban el compás de la vida cotidiana.
Uno de los pilares emocionales y artísticos del relato es su viaje a Sudamérica. Huyendo de la miseria y de una Sevilla peligrosa donde había que ser “un flamenco”, o sea, un valiente, Silverio se enroló como picador de toros en la cuadrilla de Manuel Sánchez, El Pintor, para hacer fortuna en Uruguay. Allí, en las fondas y puertos de Montevideo, comprendió que el cante andaluz no conocía fronteras. En aquel crisol donde lo europeo, lo africano y lo criollo se entretejían, su concepción musical se expandió. Fue también en esa tierra lejana donde recibió la devastadora noticia de la muerte de su amada madre, doña María de la Concepción Aguilar, un dolor que solo pudo canalizar encerrándose en un cuarto oscuro para cantarle una seguiriya, el lenguaje común que convierte el sufrimiento en fiesta o al revés.
A su regreso a España en mayo de 1864, Cádiz lo esperaba para coronarlo como “el rey de los cantadores” y acoger espectáculos memorables, como su duelo artístico con Antonio García (conocido como el Bizco sevillano), un evento que llamaron “la función del siglo”. Años después, en 1878, abrió su primer café cantante de verano en la calle Trajano de Sevilla, liderando una revolución que sacó al flamenco de las tabernas para llevarlo a los teatros y profesionalizarlo, a pesar de la censura que sufrían por parte del mundo teatral y político.
Bohórquez utiliza la novela para que Silverio se defienda de las acusaciones de intelectuales como Demófilo (Antonio Machado y Álvarez), quien le responsabilizó de haber matado el cante gitano. El cantaor aclara que, por una cuestión de coincidencia en el tiempo, su estilo bebió mucho más de Frasco el Colorado que del mítico Antonio el Fillo. Además, subraya con contundencia frente a Demófilo que, aunque hay gitanos en todo el mundo, solo se canta y se baila de esta manera en Andalucía, reivindicando la mezcla indisoluble del arte con la tierra.
La obra también está salpicada de encuentros fascinantes con otras figuras de la época que enriquecen la historia. Aparecen personajes como La Parrala, una cantaora de tez blanca que invocaba el “Tarab” (un estado de exaltación emocional de origen árabe) y hacía llorar a la gente debajo de las mesas, o Antoñito Pozo El Mochuelo, un niño prodigio que acabaría realizando el primer registro sonoro flamenco en España. Silverio reconocía humildemente que todos los artistas eran copistas que se miraban en distintos espejos hasta lograr un repertorio propio, y confiaba plenamente en que la nueva cantera de artistas sevillanos, gaditanos y jerezanos aseguraba el futuro del cante.
Finalmente, el libro aborda su oscuro y trágico adiós. Afectado por problemas cardíacos desde joven, Silverio murió en 1889 rodeado de persistentes rumores en los corrillos flamencos y en su propia familia que sugerían que había sido envenenado con un veneno certero tras recibir amenazas. Días después de su muerte, su amigo Paco el gandul entregó su famosa libreta azul, cerrando así el telón de su vida. Silverio, el hijo del italiano cumple con creces el deseo del propio cantaor, quien solía decir: “cuando me muera que alguien cante con alma mi cabal ante el sepulcro”. Esta novela logra que su cante no muera, demostrando que Silverio sigue cantando donde sueñan las guitarras.






