Seleccionar Página

Desde 2015, Cheril Linett viene desarrollando un trabajo en el que el cuerpo se expone, se tensa, entra en conflicto. Su práctica, dentro de la performance contemporánea latinoamericana, encuentra en el espacio público su lugar más natural. Ahí es donde todo ocurre sin demasiados filtros. Donde las violencias —las evidentes y las que pasan más desapercibidas— se hacen presentes de una forma difícil de esquivar.

 

Artista de performance y directorx escénicx, Linett trabaja la presencia como forma de resistencia. No tanto desde lo simbólico, sino desde lo físico. Desde lo que pasa cuando un cuerpo ocupa un espacio y decide no moverse. Gran parte de su recorrido se articula en torno a Yeguada Latinoamericana, un proyecto que atraviesa buena parte de su obra. A partir de ahí han ido apareciendo distintas series —Coreografía de la succión, Poética de las aguas, Vertiente fúnebre, Casa— que no se entienden del todo por separado.

Un archivo en movimiento donde el cuerpo guarda memoria, procesa el duelo y sigue, de alguna forma, resistiendo. Esa misma línea se reconoce en sus publicaciones —Yeguada Latinoamericana de Cheril Linett y Anarcografías del cuerpo— y en sus trabajos escénicos, como Volver al lugar donde asesinaron a mi madre o Una serpiente enrollada en el árbol, creados junto a la compañía Bestia Lúbrica.

Cambian los formatos, sí, pero hay algo que se mantiene. Una pregunta que vuelve una y otra vez: qué puede hacer un cuerpo cuando la violencia deja de ser algo puntual y pasa a formar parte del paisaje. Y, además, cuando esa violencia se convierte en imagen que no deja de repetirse.

 

 

Su última performance, “Frontera”, lleva esa inquietud a lo colectivo. La propuesta convoca a mujeres, personas sexo-disidentes y migrantes que muestran su solidaridad con Palestina. No hace falta experiencia previa. De hecho, casi mejor si no la hay. Aquí lo importante es estar, sostener ese estar. La imagen de partida resulta demasiado familiar: cuerpos cubiertos con sábanas. Durante la pandemia, esa imagen se nos quedó grabada. Era difícil no asociarla con la muerte. Ahora vuelve desde otro lugar, desde las imágenes que llegan de Gaza y que vemos repetirse sin parar.

Linett toma ese imaginario y lo desplaza al espacio compartido para convertirlo en otra cosa. Cada participante lleva una línea de barro sobre la tela. Un gesto sencillo, casi mínimo. De cerca, puede recordar a una herida o a una cicatriz. Algo que marca. Pero cuando los cuerpos se agrupan, esas líneas empiezan a encontrarse. Se alinean. Forman una franja continua.

Y entonces la imagen cambia. Ya no es solo un grupo de cuerpos. Empieza a leerse como un territorio. Como una frontera. Ahí es donde la pieza gana fuerza. En cómo algo aparentemente simple abre varias capas de lectura. No se trata de representar el dolor ajeno ni de repetir imágenes ya gastadas. Va más bien de preguntarse qué hacemos con ellas. Cómo miramos. Cuánto tiempo somos capaces de sostener esa mirada.

 

 

La referencia a Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag, aparece de fondo. Está ahí, aunque no se subraye demasiado. Pero hay un desplazamiento claro. Si Sontag pensaba desde la imagen, Linett responde desde el cuerpo. Desde lo que todavía puede afectarnos. “Frontera” se sitúa así en una línea de performance contemporánea donde lo colectivo no es solo una estrategia, sino casi una necesidad. Un espacio donde el duelo puede compartirse, aunque sea de forma puntual. Porque, en el fondo, la pieza insiste en algo bastante sencillo —y a la vez incómodo—: no volverse indiferente.

El trabajo de Cheril Linett lanza preguntas, genera cierta fricción, y en ese lugar, un poco inestable pero necesario, nos deja frente a algo muy básico: mirar de verdad. Y aguantar la mirada. Aunque cueste.

 

Comparte este contenido