Seleccionar Página

Entre la resonancia trágica de las fronteras y el refugio del pop imperecedero, Los Planetas convirtieron el Patio de la Diputación en una liturgia de piano, toque flamenco y distorsión. Crónica de una noche de hallazgos y memoria compartida.

 

Hay bandas que son simplemente un grupo de música y hay otras que, además, son una arquitectura sentimental invulnerable e incontestable. Los Planetas pertenecen, desde hace ya varias décadas, a esta segunda categoría. Son un patrimonio pop total que va más allá de lo puramente melómano para instalarse en los pliegues y recodos de la memoria íntima: hemos crecido, nos hemos enamorado, nos hemos roto y nos hemos recompuesto con sus canciones sonando de fondo. Cada hito en nuestras vidas tiene asignado su canción planetera correspondiente, con el añadido de la inevitable resignificación con el paso de los años: No dejamos ir sus canciones, nos acompañan y cambian con nosotros, aparecen y desaparecen para ir generando nuevos matices a sus significados y nuevas cicatrices en nuestro cuerpo. Es por esto que acudir a un concierto de los granadinos en Sevilla nunca es solo ir a ver un espectáculo, es acudir a una cita con tu propia historia emocional.

 

Archivo Fotográfico del Festival del Patio + Metrópolis Diputación de Sevilla. Manu Súa

 

El marco elegido para el concierto el pasado viernes fue el Patio de la Diputación, dentro del ciclo Música en el Patio. Lleno absoluto con la taquilla agotada en cuestión de minutos desde el día en que salieron las entradas. Venían con el formato “Esencial” —tras aquel rotundo hito que supuso la relectura de Super 8 por su 30º aniversario en las praderas del CAAC, durante la que era hasta ahora su última visita a la ciudad—, donde J y Florent se presentan despojados de la sección de ritmo habitual y aparecen sobre el escenario respaldados únicamente por un piano de cola, con David Montañés al teclado, y con la guitarra flamenca del maestro Edu Espín.

Acomodarse en el recinto habilitado para el acontecimiento requirió su tiempo, provocando cierto retraso que solo hizo acrecentar la tensión expectante en un recinto configurado con sillas en pista y grada. Y es aquí donde surge el primer gran dilema de la noche. Uno entiende la pretensión de solemnidad que busca este formato “esencial”, también que pueda estar pensado sobre todo para recintos cerrados como pudiera ser un teatro, pero cabe preguntarse hasta qué punto resultan necesarias las sillas (en recintos que carecen por su naturaleza de las mismas) ante un grupo cuya esencia ha sido siempre el pasotismo desapegado y la distorsión. Los Planetas no necesitan un templo para sonar solemnes. La experiencia habría ganado muchos enteros —y el público así lo demostraba buscando el amparo del ambigú, las esquinas o la parte baja de la grada para poder permanecer en pie— con la masa vibrando erguida. Eso, por otro lado, habría exigido apretar las tuercas al setlist e inyectar algo más de electricidad al asunto y salirse, seguramente, de la idea y planteamiento original con el que nace este concepto. De todas maneras, creo que no me equivoco mucho al sentenciar que la liturgia planetera siempre ha funcionado mejor desde el sudor colectivo que desde el recogimiento académico.

 

Archivo Fotográfico del Festival del Patio + Metrópolis Diputación de Sevilla. Manu Súa

 

La solemnidad, sin embargo, se hizo muy presente desde el arranque con Los poetas. Abrir el concierto con esta pieza monumental de Una ópera egipcia no es un gesto baladí. El piano de cola toma inmediatamente el timón y el protagonismo para suplir el espacio de la batería, mientras la lírica tomada de la Azora 26 del Corán impregna el ambiente de una densidad política y social imposible de esquivar en los tiempos que corren. Escuchar en directo pasajes sobre el éxodo, el castigo divino a la soberbia o el mar abriéndose a cada lado resuena como una crítica velada y dolorosa. Es el espejo roto donde se miran tanto la tragedia humanitaria de Palestina como la tragedia migratoria en las fronteras de Ceuta o el Estrecho, donde el mar ya no se abre para salvar a nadie, sino que se cierra como una fosa o un cadalso. Un lamento coral e histórico contra la hipocresía del poder que asentó el tono ético de la velada. La crítica política no es algo ajeno a Los Planetas desde hace ya mucho tiempo. El comienzo con esta canción fue claramente intencionado pero nada explícito: Quien quiera ver que vea, quien quiera escuchar que escuche.

Sin salir de la deriva islámica y andalusí enlazaron con Islamabad, tema capital de su última y actual época, para desatar inmediatamente después el primer gran seísmo emocional con Segundo premio. Al bajarle las revoluciones y sustituir el empuje marcial que suele imprimir la batería de Erik por la cadencia del piano, el tema adquiere un cariz desnudo, casi confesional, que se remata de forma brillante con la guitarra flamenca en el punteo final mientras Florent sostiene el colchón de acople y ruido característico de los granadinos. Con la masa ya prácticamente entregada, Corrientes circulares nos trajo la melancolía del desamor urbano siendo como es esa oda al lamento por haber dejado todo escapar (¿Cuántas canciones al desamor tienen Los Planetas?). Tras ella, el ritual de presentación: J se enciende un cigarro, presenta al pianista y al toque flamenco —los mejores, dice— omitiendo a propósito a Florent y a sí mismo por pura obviedad. Y encarando Experimentos con gaseosa, guitarra en soporte y humo en boca, dan por terminada de esta manera la primera parte del concierto.

 

Archivo Fotográfico del Festival del Patio + Metrópolis Diputación de Sevilla. Manu Súa

 

El tramo central fue un festín para planeteros muy cafeteros, transitando con firmeza por el repertorio de Zona temporalmente autónoma, La leyenda del espacio o Las canciones del agua, con la excepción de una rotunda Santos que yo te pinte (única incursión en Encuentros con entidades). Fue aquí donde, todo hay que decirlo, el concierto mostró las costuras de la propuesta en lo acústico. La idea del formato es buena y conceptualmente rica, pero necesita un hervor más en lo que al acabado de sonido se refiere. Por momentos, la mezcla pedía a gritos una limpieza de frecuencias que permitiera a la guitarra flamenca y al piano dialogar con la distorsión de Florent sin atropellarse, evitando que la atmósfera quedase apelmazada en los pasajes más densos. Aún así, la niña de cara blanca se agarró a las gargantas de todos los que desde debajo del escenario nos estremecíamos con ese grito de desconsuelo que salía de la garganta de J. Sin lugar a dudas y a pesar de todo, de las mejores canciones del concierto y, también, del repertorio del grupo.

Cuando el público tenía ya totalmente asumida la pauta flamenca y ortodoxa del recital, soltaron la sorpresa de la noche: David y Claudia. Recuperar esta gemita pop de su segundo disco encendió el tramo final, aderezado por la osadía de J al lanzar un arriesgado “¡Viva el Betis!” que dividió al foro entre guasas, aplausos y silbidos.

Excusándose, de manera que ni pintada, con el tema Soy un pobre granaíno, engarzó la recta final con las Alegrías de Graná y las Alegrías del Incendio antes de retirarse.

Hora clavada de actuación. Un metraje algo escaso para la sed y las ganas del personal, que reclamó unos bises que llegaron con la rumba cósmica de Ya no me asomo a la reja y la relectura de la Danza ritual del fuego de Manuel de Falla, cerrando el grupo a compás de palmas.

Se echó en falta algún himno más en el epílogo —el catálogo de la banda es inagotable—, pero a estas alturas nadie va a pedirle a Los Planetas que hagan lo predecible. Nos dejaron con la sensación de haber presenciado una valiosa sesión de local, un boceto brillante que al pulir su sonoridad puede alcanzar cotas memorables. Y es que, con sillas o sin ellas, de pie o a ratos ahogados en la distorsión, seguir y amar a Los Planetas consiste precisamente en eso: en aceptar sus aristas mientras seguimos utilizando sus canciones para entender nuestras propias vidas.

 

 

Comparte este contenido