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El escenario del Espacio Turina se erigió anoche en un espacio consagrado a la guitarra. El programa proponía una exploración estética bivalente, un encuentro entre dos formas de entender y respirar la música: la guitarra vibrante, pujante y de raíz de Manuel de la Luz, y la genialidad transgresora y veterana de Manuel Imán. El resultado fue una noche de contrastes, de clasicismo y vanguardia, de madera acústica y pulsaciones eléctricas.

 

La velada comenzó con el protagonismo absoluto del onubense Manuel de la Luz, quien se presentó ante el público sevillano dispuesto a vaciarse sobre las tablas. Con una técnica depurada y un sonido limpio, hondo y lleno de matices, De la Luz inició su recital en solitario para asentar los cimientos de la noche. Rompió el hielo con la Rondeña “Amigo Vélez”, una composición de un lirismo sobrecogedor que sirvió para templar los nervios y meter a los asistentes de lleno en su rico universo armónico. A continuación, el guitarrista se adentró en los terrenos de la Bulería por soleá “Las Calderas”, demostrando un dominio absoluto del compás y pellizcando el alma de los presentes con cada falseta, llena de flamencura.

 

Archivo fotográfico Bienal de Flamenco @Laura León

 

Fue entonces cuando el formato del concierto comenzó a mutar orgánicamente, creciendo en instrumentación y texturas. La entrada del contrabajo al escenario arropó la guitarra del onubense para interpretar las maravillosas Sevillanas “De mi Andévalo a Triana”. La conjunción del rasgueo flamenco con la profundidad del contrabajo dotó a este palo de una solemnidad digna de mención.

 

La expansión sinfónica del formato

 

El clímax de esta primera mitad llegó con la acertada incorporación del violín y el violonchelo. Con este elegante formato de cuerda ya completo, Manuel de la Luz desgranó los Tangos “Herencia de mis mayores”, donde el pulso flamenco se entrelazó a la perfección con arreglos de corte casi sinfónico. Para cerrar su bloque principal, el guitarrista regaló al auditorio el Vals Flamenco “Mi Vals”, una pieza de profunda carga emocional y melancólica que interpretó con una sensibilidad extrema, arrancando una ovación cerrada en el patio de butacas.

El puente entre los dos universos guitarrísticos se construyó con ambos maestros compartiendo el foco. Manuel de la Luz y Manuel Imán unieron sus talentos para interpretar juntos un par de temas dialogando de tú a tú, donde el respeto mutuo y la complicidad se hicieron patentes.

 

Archivo fotográfico Bienal de Flamenco @Laura León

 

Tras este exquisito paréntesis, Manuel Imán tomó las riendas en solitario, cambiando por completo el registro del recital. El histórico músico, pionero del rock andaluz y de las fusiones más audaces de nuestra tierra, sacó a relucir su maestría para crear atmósferas envolventes. Destacaron de su repertorio unas bellas Nanas de la mañana, mecidas por su toque delicado e introspectivo. Le siguió una sobrecogedora Saeta, donde las seis cuerdas parecieron llorar imitando el quejío de un cantaor en un balcón de Semana Santa, para desembocar después en una misteriosa y evocadora Zambra, llena de reminiscencias arabo-andaluzas y paisajes sonoros oníricos.

La actuación de Imán, siempre inconformista y en constante búsqueda, siguió evolucionando. La entrada del piano al escenario marcó el inicio del tramo más ecléctico. Juntos, piano y guitarra, desgranaron vibrante armonía, donde el ritmo se volvió más trepidante, urbano y juguetón. La sorpresa mayúscula para los aficionados llegó en este ecuador cuando Manuel Imán, en un alarde de virtuosismo y conocimiento técnico, hizo las veces de bajo asumiendo la línea de graves en la guitarra eléctrica, marcando el groove de manera magistral. Y de la soltura rítmica de la rumba, Imán dio un salto al vacío para interpretar unas descarnadas Seguiriyas, demostrando que su concepto musical, por muy experimental que resulte, bebe directamente de las fuentes más profundas de lo jondo.

 

Síntesis y síncopa en el Guadalquivir

 

El colofón de la noche no podía ser otro que una explosión de libertad estilística. El final del concierto congregó de nuevo la energía de la sala en torno a unas Bulerías Blues de espíritu africano. Fue el broche de oro perfecto, una síntesis de la dilatada carrera de Imán y del alma de la velada, donde las fronteras entre el delta del Misisipi, las tierras de África y las orillas del Guadalquivir se desdibujaron a golpe de compás y síncopa.

 

Archivo fotográfico Bienal de Flamenco @Laura León

 

En definitiva, la propuesta vivida en el Espacio Turina supuso una excelente combinación y fusión del flamenco de raíz y los innegables ecos del rock andaluz. No obstante, es imperativo señalar que esta cumbre de las seis cuerdas se vio deslucida en ciertos compases por una deficiente sonorización de la sala. Estos desajustes técnicos, que no pasaron desapercibidos para el respetable, llegaron a dejar la guitarra de Manuel Imán casi muda en algún tema, restando brillantez y nitidez a un espectáculo que, por la incontestable calidad artística de sus dos protagonistas, estaba llamado a ser de matrícula de honor.

 

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