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La guitarra del maestro sevillano y los vientos del estadounidense tejen una alianza sonora fundamentada en la escucha mutua durante la Bienal de Flamenco.

 

El 21 de septiembre, el Teatro Lope de Vega acogió uno de los recitales más singulares de la Bienal de Flamenco de Sevilla. En un ciclo que articula tradición y vanguardia, la convergencia de estos dos universos apuntaba a una exploración sonora atípica. La expectación dominaba el aforo antes de que la atenuación lumínica diera paso al encuentro. La excelencia técnica de la sonorización permitió que cada respiración, la fricción sobre la cuerda y el soplo del viento inundaran el patio de butacas con absoluta nitidez.

Sobre las tablas, la compenetración resultó evidente: un diálogo simétrico cimentado en el respeto y en la escucha activa. El multiinstrumentista Tim Ries, reconocido por su vínculo con The Rolling Stones, exhibió una versatilidad de notable sensibilidad. Ya fuera acariciando con delicadeza las teclas del piano, deslizando melodías melancólicas con el saxofón o aportando pinceladas oníricas con la flauta travesera, el estadounidense tejió una red de armonías que abrazaban el toque de su compañero sin asfixiarlo jamás.

 

Archivo fotográfico de Bienal Flamenco @Laura León

 

A su lado, sentado con esa postura inconfundible y solemne, se encontraba el maestro sevillano Rafael Riqueni. Su actuación fue una lección magistral de madurez.

 

Una lección magistral donde la pérdida de agilidad se transmuta en profundidad expresiva

 

Se advierte cierta fragilidad en los picados que antaño dominaba con inusual destreza; no obstante, Riqueni ha transmutado esa merma de agilidad en una mayor profundidad expresiva. Mantiene una rotunda contundencia en los bordones, extrayendo de la madera un lamento hondo. Su dominio del compás y su flamencura son tan consustanciales que basta un solo rasgueo para recordar por qué es uno de los compositores más importantes de la historia de la guitarra flamenca.

Como sustento rítmico, el dúo contó con el percusionista uruguayo Guillermo McGill. Su labor en el escenario fue objeto de fascinación, introduciendo ricos contrastes a la velada. McGill evidenció una musicalidad apabullante y un groove impecable cuando se sentó a los parches de la batería, vistiendo los temas con texturas de jazz y ritmos del mundo. No obstante, en aquellos momentos donde el repertorio exigía un acercamiento más ortodoxo y se pasaba al cajón, su ejecución adoleció de cierta falta de jondura, echándose en falta la sequedad y ese peso que demanda el compás más purista.

 

Archivo fotográfico de Bienal Flamenco @Laura León

 

El desarrollo del concierto siguió una arquitectura emocional cuidadosamente diseñada: un viaje musical que atravesó pasajes de una belleza conmovedora. En la primera mitad, destacaron piezas como La glorieta de Bécquer, donde Ries aportó colores impresionistas a la nostalgia de la guitarra de Riqueni. Más adelante, el pellizco se apoderó del teatro con los ecos de Puerto de Triana, sonando a barrio viejo y a río. Hubo también un espacio solemne para los homenajes con Al Niño Miguel, un tributo cargado de respeto, al igual que los delicados fraseos de El estanque de los lotos.

Pero la noche también reservaba sorpresas internacionales que demostraron la universalidad del arte de ambos músicos. El momento de mayor comunión intercultural llegó cuando abordaron la revisión que Ries elaboró a partir del álbum Beggars Banquet de The Rolling Stones. La adaptación de «No Expectations», llevada magistralmente al terreno del compás andaluz, fue soberbia. Escuchar esta melodía, originalmente una balada country blues, transformada por el saxofón de Ries y rematada por las falsetas de Riqueni, rozó lo místico.

 

Archivo fotográfico de Bienal Flamenco @Laura León

 

Como cierre, los artistas interpretaron «Moon River», perteneciente a la banda sonora de Desayuno con diamantes. Esta despedida, empapada de lirismo cinematográfico y dulzura, sirvió de bálsamo final. Con la última nota desvaneciéndose en el silencio absoluto del teatro, el Lope de Vega se puso en pie, rindiendo una merecida ovación a dos músicos que evidenciaron la universalidad de su lenguaje.

 

 

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