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Se representó en el Teatro Central (Sevilla), Danse Macabre, de la mano de Martin Zimmermann. Un trabajo tan potente, que uno no sabe por dónde empezar. Es decir: analizarlo desde lo estético, sus implicaciones ético-políticas, lo que se puede hace con recursos similares a los que acudieron los profesionales involucrados, etc…

Fotografías: Nelly Rodríguez, Agustín Rebetez

Fotografías: Nelly Rodríguez, Agustín Rebetez

 

En cuanto se subió el telón, a nosotros los espectadores, se nos fue sumergiendo en un mundo distópico que se fue configurando a través de recoger numerosas referencias de nuestro imaginario colectivo. Así, todo resultaba bizarro, deforme e incluso exagerado; no obstante, no es una novedad que las artes hagan una minuciosa selección de cosas a las cuales abstraer, para constituir un marco en el que las coincidencias y las diferencias con nuestra realidad cotidiana, nos induzcan al pensamiento al emplazarnos en un contexto fuera de nuestras costumbres.

Danse Macabre se vale de recursos provenientes del circo, la danza contemporánea o el clown; como medios para expresar con la suficiente estridencia, para que los espectadores terminen “zarandeados”  consiguiendo  como poco, que éstos no se vayan indiferentes a sus casas. Casi resulta irrelevante si el mensaje llega a o no, porque están tan elaboradas cada una de las imágenes que nos ofrecen, que perfectamente se hubiese podido haber arriesgado a hacer un montaje estrictamente formal, mientras se iban descifrando y desarrollando los parámetros a los que nos conducirían la estética de la misma.

De hecho, de vez en cuando me permití ver esta pieza con la mente en blanco para que no me “distrajesen” los mecanismos que utilizo a la hora de analizar una obra, cuando voy a un teatro a cubrir un espectáculo. Ahora bien ¿Ello significa que Danse Macabre no se pueda analizar sólo atendiendo al contenido que nos querían transmitir los profesionales involucrados, mientras se deja entre paréntesis su peculiar estética? Quizás lo más operativo en este caso, es hacerse otro tipo de preguntas que aunque no terminen de apaciguar todas las inquietudes que nos genere el ver este espectáculo, al menos sería un signo de que se acepta que todo lo que se nos plantea es inabarcable.  

Fotografías: Nelly Rodríguez, Agustín Rebetez

Fotografías: Nelly Rodríguez, Agustín Rebetez

 

Esta pieza que se representó los días 4 y 5 de febrero del presente año en el Teatro Central, despliega una ontología de nuestro presente, no recurriendo a formatos que salvo los más fieles y duchos, no funcionarían para perturbar la sensibilidad de cada uno de sus espectadores, sea cual fuese su origen, formación, inclinaciones éticas y políticas; etc… Pues, Martin Zimmermann evitó representar un “panfleto amarillista”, donde se denunciasen las enormes carencias y contradicciones a las que nos abocan, el mantener las dinámicas que sustentan nuestra realidad cotidiana. Asimismo,  el mundo en el que se hace posible Danse Macabre no es necesariamente horrible, pero encandila tanto lo que sucede, que te arrincona para dejar de obviar que lo que nos rodea no se ha de normalizar con tanta impunidad.

Martin Zimmermann confía en la inteligencia del público, y a la vez asume que lo más probable es que este trabajo no tenga mayor trascendencia, que conseguir hacer las delicias de los seguidores de las artes escénicas más experimentales. No con ello quiero decir que haya desaprovechado una oportunidad, sino más bien que tengo la intuición de que se limitó a seguir su línea de trabajo. Lo que me conduce a preguntar ¿Hemos de poner en juego una disyuntiva en las artes escénicas contemporáneas, entre el compromiso político y las investigaciones performáticas de los creadores en cuestión. Sin que ello suponga dejar de reconocer, que cualquier cosa que se haga sobre un escenario tendrá incidencias políticas al ser un acto público? No me queda ninguna duda, que este profesional de origen suizo se habrá enfrentado a esta y a más preguntas, en un contexto en donde “todos tenemos mucho que decir”, al mismo tiempo que nunca nuestros mensajes han sido tan  accesibles a millones de personas a través de las nuevas tecnologías.

Fotografías: Nelly Rodríguez, Agustín Rebetez

Fotografías: Nelly Rodríguez, Agustín Rebetez

 

La puesta en escena y los modos de accionar de sus portentosos intérpretes, son tan espectaculares y delirantes que al poco tiempo, ya uno se siente apabullado. Es tan alto el nivel de calidad y de inteligencia del uso de los recursos que tienen disponibles para este montaje, que parece que uno siendo profesional de lo escénico o persona versada en estas artes, se le sitúa en la tesitura en la que siempre tendrá la “cabeza mirando hacia arriba” como si se tratase de un “rascacielos”. No por ello hemos de desanimarnos, sólo comprender que cada uno trabaja con lo que dispone, y que al menos la creatividad no suele estar tan restringida incluyendo los momentos límites. Por eso animo (sin querer transmitir que las cosas en el sector de las artes escénicas en España, van de una manera aceptable), a enorgullecernos que personas de esta profesión son capaces de seducirnos y hacer con nosotros lo que les da la gana, sacándole partido con tanta vigorosidad a sus oportunidades.

Todo lo que componía a su puesta en escena, la interpretación de sus profesionales; funcionaba con tal organicidad, que conseguían que fuese creíble que el mundo de Danse Macabre existiese. Es irrelevante si se está hablando de un espectáculo o de un mundo imaginado materializado en escena, nosotros los espectadores lo presenciamos con nuestros propios ojos, mientras nos suscitaban risas, reflexiones o nos ponían la cabeza baja por sentirnos interpelados de los modos más privados posibles ¿Acaso de todo lo que he enumerado y más, son las cosas que caracterizan a las artes escénicas?

 

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