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Sócrates decía que el mejor contexto para pensar es dentro de un diálogo con una o más personas. Siendo que quien lleva a cabo un monólogo, le es más complicado que le surjan disonancias que pongan en cuestión su línea argumental. En este caso, Alberto Cortés constituye unas condiciones de posibilidad en la que aunque no se espera que, nosotros los espectadores, les contestemos a sus comentarios, reflexiones u ocurrencias, sí que es verdad que daba lugar a que él mismo cayese en la cuenta, del peso de las afirmaciones que iban brotando de su interior.

 

Es interesante cómo el repetir una misma frase con diversos tonos de voz, intencionalidades e incluso en otro orden del lugar original del discurso en juego, va favoreciendo a que lo que se emite cobre más fuerza. Casi como si por repetir algo ante una audiencia dispuesta a escuchar lo que fuere, ello le haya ayudado a Alberto Cortés a reformular sus recuerdos y el cómo gestionarlos (independientemente de que haya cosas que son y no son biográficas, en esta obra). Pero no nos precipitemos, aquí no se llega a soluciones mágicas construyendo un escenario más barroco de lo común, pues, sus heridas sin cicatrizar, los malos entendidos en los que ha estado envuelto, sus deseos que a veces han sido inconfesables, etc.…, siguieron resonando en cada una de sus palabras.

Foto: Alejandra Amere

Foto: Alejandra Amere

 

One Night at the Golden Bar fluye como una de esas conversaciones a altas horas de la madrugada esperando al primer autobús a casa, tras una larga noche de fiesta y desmelene. No obstante, de toda esa verborrea que parece que no va a ningún lado, nace la poesía, salen a relucir imágenes y sentimientos que esperaban el canal idóneo para ser habitados. Porque el limitarse a pronunciar ciertas cosas con el único fin de racionalizarlas, a veces nos desorienta a la hora de captar su auténtico significado en nuestras propias vidas.

En medio de todo es aparente “desorden narrativo”, su estrafalario sentido del humor condimentaba el hecho de que hablaba de cosas inexplicables y de otras sumamente trágicas. Si, de esas que parece que no hay salida. Entonces, ¿por qué no probar rutas alternativas, dado que no hay nada más que perder? Si es que hasta el miedo al rechazo, a que las expectativas de uno no se cumplan…, se han llegado a quedar fuera de lugar. Esto es similar a estar vagando en el vacío habiéndole perdido interés por muchas cosas a las que uno hubiera dado la vida entera en un pasado no muy lejano, más ello no implica que el personaje de Alberto Cortés deje de estar vivo y lúcido.

Foto: Alejandra Amere

Foto: Alejandra Amere

 

Y todo lo anterior está enmarcado en temáticas queer, trasportando cualquier cosa “cotidiana” a un plano en el que convive una tensión entre reivindicar, performativamente, el derecho a ser lo que uno es y tratar de vivir en un mundo de fantasía. Pero en ningún caso, frívolo e inconsistente. Pues, las personas queer también lidian con aquellos que entremezclan el miedo a empatizar con el diferente, pereza intelectual y el desconocimiento. Y claro, las risas nerviosas que provenían de parte del público, no eran más que un síntoma de personas que se sentían “arrinconadas” ante un ser, que por sí mismo, es un catalizador que propicia un mundo en el que definir a un ser humano no pasa, necesariamente, por estar resaltando las inclinaciones afectivo sexuales, la identidad de género, la expresión de género o con qué número de cromosomas nació alguien.

Desde luego que, Alberto Cortés ha desplegado con One Night at the Golden Bar un recital lleno de una sensibilidad y una vulnerabilidad que conmueve. Una obra tan hermosa como inquietante, que hace aproximarse a su público a la condición humana desde un lugar que deja entre paréntesis lo convencional, y no porque lo desprestigie, sino porque desde ese punto de partida él no se puede expresar y ser en el mundo.

 

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