El viernes abren fuego los jovencísimos Gazella, con una propuesta que los reafirma en esa carrera que llevan a pasos agigantados para lograr convertirse en grupo de culto.
Su puesta en escena ofrece una poderosa y curiosa geometría visual: el choque entre el hieratismo de estatua de sal de Alba y la electricidad inquieta de Adri al frente del escenario, en una contraposición de pose y movimiento de las guitarras que es un total acierto, mientras la batería dirige y marca el ritmo desde el fondo, enviando golpes de bombo que impactan de lleno en el tórax de los que desde abajo hacemos de espectadores de tan tremenda escena. Con una decena de temas les basta para demostrar, otra vez, que pocos hay ahora mismo en la escena española con esa potencia de ruido y ese manejo del shoegaze, en el que la voz principal de Irene actúa como un instrumento más.
Surge el primer, y profuso, confeti de la jornada y corriendo y sin pausa para el aliento, Fuet! asaltan el escenario Jarl en tromba, quemando naves desde el primer acorde con un vocalista desatado (y que viste unos pantalones espectaculares, póngame usted un par que me los llevo, por favor) y una actitud hardcore rozando el colapso. Esa desgaste físico y esa violencia sonora encuentra un contraste fascinante con la llegada de Ángeles Toledano y su espectáculo flamenco, con todo lo que eso conlleva si hablamos de un festival que comenzó llamándose Canelacore y que, cada vez más, va abriéndose a otros géneros más allá del hardcore y el guitarreo, tan presentes siempre en el cartel año tras año. Acompañada únicamente por la guitarra de Benito Bernal y una escenografía articulada sobre manos dando palmas, la cantaora jiennense nos demuestra que el flamenco contemporáneo puede devorar un festival indie sin tener que ceder por ello un milímetro de autenticidad. Su hibridación de cante jondo y sintes sutiles alcanza el clímax cuando, envalentonada por el mismo público que le grita y que se lo pide a voces, abandona la silla, baja a la arena y se arranca a bailar unas sevillanas improvisadas con la gente, desplazando la Feria de Abril al asfalto de Torremolinos en un gesto de pura complicidad. El triunfo total de la inocencia: la Toledano tiene pinta de querer repetir en futuras ediciones y nosotros estamos encantados con ello.
El pulso guitarrero regresa tras el flamenco de la mano del power pop efectivo y luminoso de Weird Nightmare, que prepara el terreno para la arrolladora presencia de Mannequin Pussy. Lideradas por una cantante magnética y combativa que domina el espacio con poses desenfadadas y proclamas políticas, la banda estadounidense entrega un show redondo de punk-rock febril. Tras ellas, High Vis consiguen concentrar a una multitud hambrienta de decibelios para ejecutar un directo brutal, con su miserable postpunk industrial británico, que sin dejar de mirar al Sonido Madchester de reojo no deja tampoco margen para la especulación ni el descanso. La nota amarga la pone La Paloma, cuyo power pop vigoroso y soleado se ve truncado por serios problemas de sonido que obligan a reiniciar algún tema, dejando la sensación amarga de un potencial que no puede llegar a desplegarse del todo.
Es entonces cuando Rufus T. Firefly toman el escenario para dictar una lección magistral. Aparecen ataviados con pijamas y batas, como si acabaran de levantarse de una siesta o se dispusieran a acostarse, pero lo que despliegan es un artefacto psicodélico de una precisión instrumental asombrosa. Lejos de acomodarse en sus hits más obvios —se dejan en el tintero piezas totémicas como “Nebulosa Jade” o “Canción de Paz”—, el grupo encabezado por Víctor Cabezuelo y Julia Martín-Maestro arrastran al público a un viaje de desarrollos infinitos, baterías estratosféricas y pasajes marcianos que los coronan como uno de los directos más sólidos y estimulantes de la música española actual. Esto es lo que espero cuando vengo a un concierto, que me muestren lo que son capaces de hacer más allá de tocar de manera pulcra las canciones que componen los discos. Al más puro estilo Parcels: Impresionantes, como siempre.
Para sacudir la densidad lisérgica de Rufus, Mala Gestión orquestan la gran gamberrada del fin de semana. Los valencianos, que aparecen disfrazados sin motivo aparente un día antes de la cita oficial, comienzan un descenso al infierno de la locura atacando su disco debut, quizás el disco revelación del año, incluyendo incluso “Normalmente mejor”, el tema compuesto junto a Nuevos Vicios, hasta desatar el caos total al invitar a subir al escenario a Las Petunias para interpretar junto a ellos “Sandalias del PSOE”, provocando un pogo colosal que ya forma parte de la mitología del Canela. El remate con “Galgos” convierte ya definitivamente la pista en una rave descontrolada, dejando el terreno listo para que el trío portugués Maquina inyecte las últimas dosis de dance-hard-rock industrial a unos cuerpos que aguantan en pie a base de puro trance rítmico.





