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Yo siempre he defendido que el clown no es un ser patético, sino que es una persona común llevada a la caricatura, que lidia con situaciones inverosímiles en las que se ha visto “arrojado”. Así, todo lo que le rodea y emerge de él se sostiene desde una poética que bordea lo existencialista, sin que ello le aboque, necesariamente, a perder del rumbo de su vida.

 

En consonancia, Patricia Caballero nos planteó un trabajo que va de lo bizarro a lo onírico, de lo tierno a lo angustioso, de lo inocente a lo místico… En esta medida, si uno, en tanto espectador, no es generoso durante el visionado y análisis, es probable que perciba a sus escenas/ marcos algo inconexos entre sí y excéntricos. Piénsese que ella no puso sobre el escenario una auto ficción, sino más bien, el cómo se ha representado en su cabeza varios de sus pensamientos y emociones en torno a su condición humana. De esta manera, ese perfil de “sujeto emancipado” al que le dedicaron toda su empresa los herederos y seguidores de La Ilustración, quedó como algo ajeno: algo propio de otra “gramática” a la del imaginario de Ágape. Lo cual no libró al personaje que interpretó Patricia Caballero de tener que sortear una serie de contradicciones, que sacaron a la luz que todo límite, al trascurso de un tiempo, se puede convertir en una potencialidad.

El personaje que encarnó esta profesional andaluza transitó por diversos estadios que dejó a la libre interpretación del público, lo cuales de cierta forma nos ha expuesto, performáticamente, que nunca se evoluciona en una línea recta ascendente, ya que el sabio (al menos, el que se nos dibuja en el Tao Te Ching de Lao Tse) es lo que es porque ha dejado de “luchar” en contra de lo que se le presenta (incluyendo, por supuesto, los pensamientos y emociones que le “visitan”), puesto que ha entendido que una vez que acaba su tarea se va, sino nunca la acabará… Así, el sujeto en juego, se transforma en testigo y artífice del funcionamiento de la Naturaleza, y llegados a una última instancia, del Tao. Y a pesar de que no consiga alcanzar a comprender el Tao del todo (de lo contrario, no estaría entendiéndolo -recuérdese, por ejemplo, el cómo inicia este texto-), si que está a su acceso usarlo.

 

Foto: José Jordán

 

Lo “divertido” y rico del clown es que éste permanece en una o dos fases previas a “sintonizar” con la “frecuencia” del Tao, he allí que su estar en el mundo sea tan trágico, más no una pérdida de tiempo, esto es: Tómese en cuenta que tras “caerse” en el escenario a la par que comparte e interactúa con los espectadores, éste va probando cuál es el mejor camino para con su condición mientras lo recorre (de esta forma yo leí a la escena inicial de Ágape, en la que aparece Patricia Caballero atada con una cuerda que cuelga del techo). Por tanto, yo no “mediría” la valía de una persona en función de cómo ha gestionado su tiempo, puesto que yo me decantaría por concebir al tiempo, como un recurso de varios de los que están en nuestras manos.

Llegados a este punto, es circunstancial el qué tanto se ha “madurado” o qué tan “rápido” se hayan superado los primeros objetivos de uno, porque ambas cosas están más “ancladas” a una lectura abstracta de nuestras vidas, que a la inmanencia de lo que está siendo… Por esa razón el personaje de Patricia Caballero, invierta tantos esfuerzos en las siguientes escenas en mostrarse “estable” y, en consecuencia, le produzca inseguridad percibirse vulnerable. A dónde quiero llegar, es que el proceso de conocerse a uno mismo, no tanto pasa por distinguir cuál es nuestra “vocación”, nuestro “conato” (que algo de ello se debería tomar en cuenta)…; sino en realidad, en saber encajar cuál es nuestro lugar en la Totalidad dentro de nuestras posibilidades.

 

Foto: José Jordán

 

Posteriormente, los solos de danza emplazaron al personaje de Patricia Caballero, a un contexto en el que sus preguntas e inquietudes van mutando a cosas que le dieron “combustible” para seguir adelante. Tal y como si el “bailar” fuera una forma de hacer filosofía, pero desde un lugar en el que las respuestas no siempre son traducibles a los lenguajes que predominan en nuestro cotidiano. Por lo pronto, esos “senderos” ya están habilitados para cada vez que dicho personaje desee continuar su camino a la “reunificación” con el Todo.

Como se pueden imaginar, he quedado absolutamente enamorado de Ágape. Les reconozco que esto tiene más que ver con la afinidad que siento hacia sus contenidos y la manera en cómo los ha abordado Patricia Caballero, que a cuestiones que aspiren a ser “académicas”. Es que todo en Ágape me pareció tan honesto, valiente y conmovedor, que como lo he dicho en otras ocasiones: me gustaría hacer cosas así cuando sea “mayor”.

 

 

 

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