Cristian Quirante completa su mutación rockera en el sudoroso tubo de la Sala La2 completamente abrazado al garage y a la épica de la insatisfacción.
Si lo pensamos bien, hay algo de justicia poética en el hecho de que haya sido la Sala La2 de Sevilla el final de trayecto de esta gira que ha llevado a Alizzz por salas pequeñas y de aforo reducido alrededor del país. Porque es un espacio este que huye de la comodidad y de cualquier otro tipo de artificio: un tubo oscuro, de aforo asfixiante y con un escenario tan reducido y claustrofóbico que obliga al artista a mirar las pupilas de las primeras filas. Terminar así el viaje en el mejor de los destinos, en el lugar idóneo, y ponerle fin en un espacio que estuviera a la altura. Y aunque la liturgia comenzó con retraso (tres cuartos de hora de espera que la parroquia aguantó, a pulso bajo el incipiente calor sevillano, sin que una sola alma desertara de la cola) el sudor acumulado en el asfalto no hizo más que caldear el ambiente para lo que estaba por venir: una deconstrucción musical en toda regla, atrevida y a corazón abierto.
Porque el Cristian Quirante que subió al escenario ya no es solamente ese productor que busca la infalibilidad del beat perfecto, olvidémonos de los sintetizadores y de las secuencias pulcras tan características del catalán. Alizzz compareció escoltado únicamente por el guitarrista Ferrán Gisbert y el baterista Rodrigo Hernández, con la valiente intención de defender su repertorio, normalmente tan electrónico y tan limpio, vistiendo las canciones con traje de post punk garagero. Y lo que en un principio podría haber parecido un salto al vacío resultó. Las canciones que sonaron en La2 fueron las que todos conocemos y a la vez fueron otras totalmente distintas, Alizzz saltando al río de Heráclito vestido de rockero, las máquinas y sintes empeñados en alguna tienda de barrio, la crudeza de un ensayo de local golpeándonos en el estómago. Lo auténtico, la crudeza y la esencia. Triunfo total.
El concierto arrancó así con una densa muralla de distorsión instrumental a cargo del combo, un preludio ruidista que sirvió de alfombra roja para que el de Castelldefels tomara el micro y acometiera “Ya no vales”. El tema, habitual tiro de salida de su repertorio, mutó aquí en un artefacto de final guitarrero e hirviente, marcando la pauta de la noche: esto iba a ser un concierto de rock. Tras una “Amanecer” decentemente defendida sin la voz de la Bandini, perfecto ejemplo de la facilidad que tiene el músico para romantizar la sordidez de la noche, Alizzz se tomó un respiro para brindar con un público notablemente joven y entregadísimo que, desde el primer acorde, ya no dejaría de cantar y corear cada una de las canciones que fueron sonando durante todo el espectáculo. Tras los tragos, la primera gran grieta emocional de la noche llegó con “Despertar”. Al despojar el tema del ropaje electrónico, la pieza ganó en una intimidad descarnada; un desamparo que se acentuó en la interpretación vocal de Quirante. Ahí donde no nos llega el virtuosismo de María Arnal (colaboradora en el corte original), Alizzz opone una fragilidad humana y honesta que encoge el pecho.
Esa honestidad guio también los discursos de la noche, que no fueron pocos pues Alizzz estuvo especialmente comunicativo y receptivo con los fans que llenaban la sala. Antes de abordar “Todo me sabe a poco” y levantar de nuevo al personal, por ejemplo, recordó con nostalgia que aquella fue la primera piedra de su aventura en solitario. Con la gente ya totalmente entregada a la propuesta, la posterior terna conformada por “Dónde estás?”, “Carretera perdida” y “Salir” funcionó como un espejo de la mejor tradición del indie patrio. Especialmente esta última, que resonó con la urgencia y la temática de la pérdida urbana tan propia de Los Planetas, evidenciando los vasos comunicantes entre Alizzz y la escuela de Jota.
Tras el remanso melancólico, la tralla regresó con una musculosa relectura de “Callaito”, que sirvió de contrapeso antes de que “Mirando al techo” bajara las revoluciones drásticamente. Sin bases que la empujaran, sostenida solo por el pulso de la batería y el rasgueo, la canción adquirió un tinte confesional alucinante por imprevisto. No faltó la canción que lo cambió todo, “Antes de morirme”, esa que originalmente unió los destinos de C. Tangana y Rosalía y que fue el resorte que le permitió dejar su trabajo y volcarse por completo en la música. Escucharla desprovista de su cadencia urbana original y convertida en un himno de pop de guitarras fue una experiencia. El setlist principal se cerró en todo lo alto con “Todo está bien” y la comunión total de “El encuentro”, obligando a Alizzz a asumir en solitario —como hizo durante toda la noche— ambas líneas vocales de los dúos originales. Un esfuerzo titánico donde el público ejerció de perfecto corista consiguiendo que nadie echase de menos a Amaia.
Para los bises, la banda se guardó los cuchillos más afilados. Abrieron fuego con la escurridiza “Disimulao” —ese caramelo semioculto en el vinilo de su debut— y la generacional “Ya no siento nada”. El testamento final llegó con “Qué pasa, nen?”, propulsada por un riff marcadísimo de herencia puramente Seattle, un mazazo de grunge noventero que hubiese firmado el mismísimo Kurt Cobain.
Durante todo el concierto, las guitarras sostuvieron el invento y el armazón, en algunas ocasiones con una lánguida melancolía que recordaba a la del primer Sr. Chinarro, y en otras golpeando con la rabia distorsionada de Nirvana. Alizzz estuvo extraordinariamente cómplice con el personal, consciente de que estaba ofreciendo algo único. Lo que se presenció en Sevilla fue un ejercicio de audacia kamikaze: alejar las canciones de la producción perfecta del estudio para lanzarlas al barro del directo de tres piezas. Un volantazo arriesgado que, en la distancia corta, se reveló como un triunfo incontestable. Sí, Cristian, definitivamente tenía que haber algo más. Y era esto.





Buena crónica a flor de piel. Vivan las salas de música, reducto del verdadero vibrar sonoro frente a la industria recientaestadios.