El tema de la guerra en nuestra cultura occidental se ha convertido en uno de los grandes para definir a la condición humana. En nuestro imaginario colectivo residen multitud de imágenes que oscilan entre el terror y la sofisticación que hay en una guerra; como también, diversos modos de representar algo que saca a relucir lo más hermoso como lo más siniestro del ser humano. Por ello considero que hay que poner el foco en comentarles en el cómo Asylum retrata y sugiere, todas estas cosas.
Por una parte, conviene detenerse en la iluminación empleada, pues, aunque la misma aparente limitarse a ser sencilla y efectiva, el caso es que habría que añadir que la misma nos permitía identificar si los intérpretes estaban en un espacio nocturno, diurno, bajo tierra o en medio de una trinchera de guerra. Y que conste que, prácticamente, en esta pieza no se hizo uso de atrezo, tan sólo teníamos el vestuario y las composiciones arquitectónicas que generaban los estudiadísimos desplazamientos de los intérpretes. Tampoco se podría decir que abundaban las interacciones de personajes que se mantenían interpretando un rol determinado a lo largo de la pieza. Yo más bien me decantaría por señalar, que los intérpretes han sido usados como catalizadores para que una cosa tan amplia en maneras de representar, como es el tema de la guerra, emerja a través de ciertos rostros expresionistas, telones de fondo que simulaban el paso del tiempo o el cambio de emplazamiento en el que se suceden los hechos.
Por tanto, no estamos ante una pieza con un hilo conductor narrativo, sino más ante una suerte de colección de imágenes distribuidas en varias de las innumerables coreografías que constituyen Asylum. Es decir: En ocasiones daba la impresión que uno estaba viendo una súper producción en la que los involucrados de esta creación, se podían permitir situar una coreografía u otra sin tener que justificarlas, como si el virtuosismo y versatilidad de sus intérpretes, la espectacularidad de la puesta en escena, etc…, fuesen suficiente para contentar al público. Sin embargo, defiendo que apostaron por una vía en la que el dolor y el caos de un contexto de guerra sale a luz, sea porque ya no hay contención que sostenga el dolor y el desgarro que produce una guerra en sus víctimas. Asimismo, el cómo los que son alistados en un ejército en disputa, son sometidos a situaciones donde el proceso de deshumanización del otro es fundamental para poder sobrevivir a toda costa.
Es interesante como esta pieza nos mete y nos saca de su tema principal, para invitarnos a nosotros los espectadores, a reflexionar el cómo en nuestra cultura occidental normalizamos tantas situaciones que hasta que llegamos a presenciar las consecuencias más extremas sin que nos sobresaltemos. Y aún con eso, nos hemos acostumbrado a ver tanta ficción en nuestro día a día (películas, series, etc…) que llegamos a confundir las noticias que se abordan en los telediarios con una de las cosas que hemos visto en los últimos meses, siendo que la mayoría seguimos enmarcados en nuestra rutina diaria. Es como si Rami Be’er (el coreógrafo de esta pieza) hubiese querido introducirnos todas esas imágenes una vez que hayamos bajado la guardia, para que así caigamos en consciencia que mucha de la información que consumismos no es ficción, son hechos.
Claro que todas esas noticias también están mediatizadas por líneas editoriales de los medios de comunicación, pero si llevamos a un extremo a un análisis sesudo sobre si nos están manipulando, sobre si están condicionando sigilosamente a una tendencia política concreta ¿Acaso ver dichas noticias desde ese prisma no está contribuyendo a un proceso de deshumanización de algún otro, de un otro que lo percibimos como menos afín? ¿Acaso el estudio académico de una guerra no precisa objetivar lo que se estudia, para llegar a una conclusión lo más contrastada y distinguible posible? Allí es donde una vez más pueden intervenir las artes escénicas. En tanto y cuanto que aunque lo que se ve sobre un escenario es una representación más o menos abstracta de lo que le dio pie, es un hecho que estamos ante seres humanos que aquí ahora padecen el drama humano.
No se trata de caer en discursos manidos y cursis sobre que las guerras sólo nos traen calamidades, que nos conducirían a dinámicas despolitizadoras. Pero si resaltaría el valor que tienen las mismas, para que de una vez por todas nos encaremos con todo el daño que nos hemos estado haciendo los unos a los otros (en todas las escalas, por supuesto estoy incluyendo las interpersonales). No soy el primero en señalar que la violencia se puede ejercer de numerosas maneras, incluso sin apenas darnos cuenta. Y gracias que tenemos el privilegio de parar un momento de nuestra vorágine diaria, y dedicar un tiempo en el ir al teatro, nos da margen para pensar sobre ello porque a lo que nos hemos acostumbrado (incluyendo, las imágenes de guerra en los telediarios).
En definitiva, Asylum de Kibbutz Contemporary Dance Company es un trabajo espectacular, que no te da descanso como espectador. Lo cual forma parte del uso de un lenguaje y composición dramatúrgica, que ayuda a los más jóvenes a interesarse en la danza contemporánea; como también, a los espectadores más veteranos a visionar cosas que no sean tan contemplativas para recordándole a ambos colectivos que la danza está viva y aún nos tiene mucho que contar. Desde luego, esta pieza ha cumplido totalmente mis expectativas, y me pregunto qué tipo de partido le sacarán los profesionales de las artes escénicas que la hayan presenciado.




