Por Antonio Mérida Ordás
¡Dejen de hacerse pajas y jueguen, por dios!- dijo el míster.
Allí estábamos todos, con trece años y las botas puestas repartidos a conciencia por el campo de fútbol, empanados como solo lo está uno un domingo a las 9 de la mañana. Allí no reaccionaba nadie. Recuerdo ver la pelota pasar a mi lado y pensar: Que la follen.
Ahora, ocho años después, hace ya unos cuantos, por eso de madrugar en domingo, que no he vuelto a jugar. Y creo, me gusta pensar, que desde entonces me he vuelto un poco más romántico. Porque es cierto que entonces cada uno iba a lo suyo, y si me preguntan por el título les diré que depende de mucho el que uno se sienta demasiado futbolero, suele ir a más desde el mes de marzo, y lo de la canción de amor tiene su truco. En cuanto a lo de las pajas no tenemos por qué hablar mucho de ello; aquí funcionan casi más por su papel sonoro al leer el título, de ritmo…, eso es, de ritmo.
Lo de romántico no es algo que uno elija o se plantee premeditadamente, le va saliendo sin querer, igual que lo de reír cuando bajo ninguna circunstancia hay que reírse, es automático. Suelo creer que hay días en que resulto romántico aceptando una cerveza, o hasta bailando un twist jazz ocean california y eso que no soy muy de bailar, más de chasquear los dedos. Supongo que hay tipos y tipos de románticos, y tipos de romanticismo, aunque no quiero ir a parar a El diario de Noa, si no al comportamiento cuando se trata de amore de Charles en El libro de Rachel, Don en Proyecto esposa, o Adam en Saliendo de la estación de Atocha. Eso es. Ahora nos entendemos. Un día es como si uno fuese de cartón y otro día es como si hubiese saltado al ruedo. Seguro que también les pasa: ir tan tranquilo hasta verla pasar por la acera de en frente con la falda levantada al viento haciendo que uno se tambalee por ese je ne sais quoi.
Para que no pierdan el hilo, me siento la clase de muchacho romántico que come macarrones con queso y chorizo los sábados al despertarse y que pasa sin mear desde ese momento hasta el lunes para volver a hidratarse. Los martes al atardecer, sin embargo, si puedo aparecer por una terraza sobre las alturas donde tener una cita sin demasiadas complicaciones. Eso es. Hay que ser romántico al menos de lunes a jueves. Como las ofertas de dos por uno en cenas de restaurantes, con la diferencia de que yo en domingo suelo estar cerrado. Como ya sabrán, ocurre mucho aquello que canta Quique González de “Las 7 y media, los últimos románticos se acaban acostando con cualquiera”, supongo que por eso insisten tanto las madres en lo de vuelve pronto. Y uno siempre lo intenta, pero salir de casa un viernes por la noche pensando en volver a las 5 es como querer volver a madrugar los domingos, inviable. Hay que ver amanecer Moscú. Y ahora convencen a cualquiera de que al final será mejor no salir, como le ocurre al vecino, al de la tele, al del banquillo, al del mercado, al del congreso, al del armario…, tal y como están las cosas es como si le invitasen a uno a conformarse a complacerse con las pajas. Y a tomar por culo el romanticismo. Pues vaya ¿no? Con lo que jode madrugar en domingo, carajo.
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