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Entre los altares Fistro y Jarl, el Canela Party vuelve a erigirse como la gran anomalía del circuito festivalero estival, demostrando que la música y la alegría pueden ser también actos de resistencia. Esta es la crónica narrativa de tres jornadas de confeti, ruido y catarsis colectiva en el sur.

 

Acto I: El umbral

En un paisaje festivo devorado por la macrocefalia corporativa, los patrocinios invasivos y la masificación anestesiada, el Canela Party opera todos los años a finales de agosto desde Torremolinos como una anomalía casi milagrosa. Surgido de la mente inquieta de tres colegas amantes de la música y el jaleo, el festival no necesita erigir fortalezas ni vender su alma a grandes marcas para levantar un fugaz e imperecedero imperio de tres días una vez al año. Le basta un recinto de escala humana, un trazado cómodo donde todo queda a mano y tan solo dos escenarios gemelos —Fistro y Jarl, erigidos como merecidísimo homenaje al gran Chiquito de la Calzada— que garantizan una experiencia sin solapamientos ni carreras agonizantes de un concierto a otro. Aquí se disfruta de todos y cada uno de los artistas, aquí los conciertos no son un ruido de fondo para el consumo, aquí la música es el único centro de gravedad sobre lo que todo gira.

 

Foto: José Andrés Albertos

 

A la apertura de puertas, cuando el recinto aún respira esa calma previa a la tormenta, cruzar el umbral en primer lugar permite reconocer la arquitectura del espacio: el mapa perfecto donde las barras, la pequeña jaima de los amigos pinchadiscos (o Zona Gromenagüer) y los puestos de venta de los diferentes colectivos afines al festival, se alcanzan a golpe de vista. Has atravesado el umbral y ya estás listo para disfrutar la experiencia Canela. Mientras los demás afortunados van llegando al recinto y comienzan a habitarlo, la encargada de romper el hielo es la banda Me and the Bees, que despacha un concierto de pop guitarrero repleto de ebanistería melódica. Justo acabando, al entonar el verso «todo lo cura el tiempo» de su tema «Aurf! », el cañonazo inaugural de confeti cubre el aire, activando de inmediato el código genético del festival. Porque sí, Canela Party y confeti son dos términos que van de la mano y no se entiende el uno sin el otro. Ya estamos entonces empapados de colorines, ya ha comenzado de verdad el festival: solo queda dejarse llevar por la concatenación de conciertos y darlo todo de aquí al sábado, si es que conseguimos llegar vivos.

 

 

Foto: Suna Sun @mariasuna_

 

Esa electricidad inicial de los barceloneses encuentra su relevo natural en la insultante madurez de Man/Woman/Chainsaw. Los jovencísimos londinenses toman el escenario con el empaque y la tensión dramática de unos Arcade Fire en versión embrionaria, empujados por el violín desquiciado de Clio Harwood, que actúa como catalizador de un directo memorable por ser, entre otras cosas, sorprendente e inesperado. Sin embargo, la tensión del rock anglosajón se disuelve de golpe con la irrupción en el escenario Fistro de Geordie Greep. La mitad de Black Midi se presenta envuelto en un pantalón blanco de crooner tropical y decadente, escoltado por una banda de hasta nueve músicos a cada cual mejor. Tras un tramo instrumental arrollador de diez minutos —con el xilofonista manejando hasta cuatro baquetas al mismo tiempo y una sección de vientos al borde del colapso—, Greep ametralla al público con su spoken word desbocado, cruzando salsa, rock, tropicalia y psicodelia con una soltura lisérgica que deja a todo el mundo con la cabeza como un bombo.

 

 

Foto: Suna Sun @mariasuna_

 

Del delirio polirritmico pasamos a la ensoñación atmosférica de Melody’s Echo Chamber. Como si fuese una Françoise Hardy 2.0 reencarnada en el siglo XXI, Melody Prochet envuelve el espacio en una bruma psicodélica y vaporosa, bailando con su característica gracia hipnótica mientras parece así haber recuperado totalmente el pulso a los escenarios. La francesa tiene material y madera suficiente como para dejarnos, a todos los que embelesados bailamos a sus pies, con el cuerpo dispuesto y abierto para cualquier cosa. Ese trance sutil en el que nos ha metido nuestra admirada Melody es fulminado por la pegada de Basement, que arremolinan al público bajo el escenario para levantar un muro infranqueable de post-grunge y guitarras musculares. Su himno, “Covet”, no se hace esperar demasiado y la gente lo recibe enloquecida cantando su estribillo allí donde les pilla, desde el foso, desde las barras o desde los urinarios, vaso o puño en alto. La canción es verdad que lo merece.

 

Foto: Suna Sun @mariasuna_

 

La jornada continúa manteniendo una inercia imparable que ni siquiera las bajas del cartel parece que vayan a poder frenar. Friko, incorporados a última hora tras la triste caída de unos Unknow Mortal Orchestra esperadísimos por todos, aprovechan el tiro con un indie rock anguloso y eléctrico que recuerda por momentos a los también norteamericanos Clap Your Hands Say Yeah. Su vocalista, Niko Kapetan, agitándose en espasmos que evocan la sombra de Ian Curtis, acaba por meterse al público en el bolsillo con su propuesta divertida y resultona. Pero si va a haber un seísmo absoluto antes de la medianoche, este es el que van a provocar Maruja. Los mancunianos, para sorpresa de nadie, firman el concierto más salvaje del día mediante un jazz-punk y un noise-rock filopolítico y combativo; su saxofonista, completamente poseído, dinamita la frontera entre escenario y pista para bajar y tocar sumergido entre una masa que enloquece ante la bandera palestina y la rabia del sonido de la banda. Se llaman Maruja por no llamarse Morphine against the machine, que no lo dude nadie.

 

Foto: Suna Sun @mariasuna_

 

El tramo final del día se ve obligado a alterar el orden de actuación por problemas logísticos en los vuelos que traían a Prostitute a la Costa del Sol, permitiendo de esta manera que Baiuca adelante su pase. Alejandro Guillán y su ya típica formación de directo (con un Xosé Lois Romero en total estado de gracia golpeando todo lo que se le pone por delante, unas hermanas Montero inalcanzables en su tono a los coros y una Antía de voz asentadísima ya en su relación con la tradición folclórica) convierten el sur donde se encuentran en una travesía catártica que conecta sin ambages la Galicia profunda con la cultura rave. Entre percusiones tradicionales, panderetas y una arquitectura electrónica in crescendo, nos ofrecen generosos ese baile inolvidable, que diría el portorriqueño de la casita rosa, antes de su anunciado parón en la zona hasta 2028. Tras la fiesta gallega, Speed se dedican a terminar de desguazar los cuerpos en pogos multitudinarios con su hardcore modélico y de libro, dejando la traca final a unos Prostitute recién aterrizados que cumplen con su cometido de aspereza e industrialización ruidosa. Fin del primer acto.

 

 

Canela Party – Acto II: La vigilia y la trinchera

 

 

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