A ciegas: escena, precariedad y resistencia en el auditorio del CICUS. De Milagro Teatro estrena el 27 de marzo una versión libre de “Los ciegos” de Maeterlinck que convierte la fragilidad en lenguaje escénico.
Los dramas de Maeterlinck son sobre todo una epifanía, un coro de almas que cantan a media voz el sufrimiento, el amor, la belleza y la muerte. Hay en ellos una simplicidad que transporta lejos de la tierra, un goce estático o una armonía que anuncia el reposo. Una purificación de las almas. El arte de Maeterlink es sano y vivificador. Llama a los hombres a una sabia contemplación de la grandeza del hado, y su teatro adquiere la importancia de un templo
Vsévolod Meyerhold
De Milagro Teatro no esquiva la incomodidad. Más bien se queda ahí, la mira de frente. Su nuevo montaje, que se estrena este viernes 27 de marzo en CICUS, parte de Los ciegos (1890), de Maurice Maeterlinck, pero no se limita a revisitarlo. Lo empuja hacia un terreno donde conviven lo simbólico y algo más crudo: el propio proceso creativo, con todas sus grietas. El punto de partida es sencillo, casi seco. Falta el director. No aparece la totalidad del reparto. Y lo que podría ser un contratiempo más acaba marcando todo lo demás. Un grupo de actores se reúne para ensayar y se queda, de repente, sin dirección, en un vacío que incomoda y descoloca. La escena empieza a ir a la deriva. Como en el texto original, avanzan a tientas, pero aquí la pregunta pesa de otra manera: «¿Alguien sabe dónde estamos?».
La propuesta pone en fricción dos planos: el imaginario simbolista y la realidad, bastante menos ideal, de las compañías actuales. En medio de ese cruce, cuatro actores sostienen una especie de dramaturgia paralela donde la espera, la incertidumbre o la fragilidad no son solo temas: son parte del propio trabajo. El origen del montaje ayuda a entenderlo. La idea inicial —una pieza inspirada en Milagro en Milán, de Vittorio De Sica— se fue diluyendo entre abandonos y falta de recursos. Nada raro. Lo que sí cambia es lo que ocurre después: en ese desgaste aparece Los ciegos. No tanto como una decisión calculada, sino como algo que encaja casi por necesidad. Porque lo que plantea tiene demasiado que ver con lo que estaban viviendo. Aquí la desorientación no es una metáfora bonita; es el punto de partida.
A partir de ahí, el silencio, el tiempo suspendido, la espera… todo eso ya estaba en el texto, pero aquí se siente de otra forma. Habla de una crisis que se arrastra, sí, aunque también deja un pequeño margen para resistir. En escena, hay poco donde esconderse. Y no es tanto una elección como una consecuencia. Todo pasa por los cuerpos, por la voz, por la presencia. Sin apenas artificio. Lo que se ve es un teatro expuesto, vulnerable, que no disimula sus límites y que, precisamente por eso, encuentra ahí cierta verdad.
Hasta el nombre de la compañía suena distinto cuando se piensa un poco. De Milagro Teatro deja de parecer un guiño para acercarse más a una constatación. Porque sacar adelante un montaje así tiene más de supervivencia que de épica.
- Reparto: Carlos Cabra, Ana Oliva, María Duarte, Iosune Onraita
- Dirección: Gaspar de La Zaranda
- Texto y dramaturgia: Gaspar de La Zaranda, Iosune Onraita
- Diseño iluminación: Elena Gil Escudier
- Escenografía y vestuario: De Milagro Teatro
- Espacio sonoro: Melchor López Campuzano
- Diseño cartel: Eugenio Garcés
- Fotografía: Roberto Aguilar, Paco de la Corte
- Audiovisual: Roberto Aguilar
- Técnico en gira: Diego Periñan
Una producción de De milagro Teatro



