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Hoy es 10 de octubre. El calendario señala el Día Mundial de la Salud Mental con esa insistencia burocrática que, a veces vacía las palabras por completo. Miles de profesionales llevan transitando los pasillos de psiquiatría bajo la luminiscencia aséptica de los fluorescentes, observando cómo la medicina perpetúa una geometría implacable.

 

El clínico anota. El paciente padece. Históricamente nos hemos asomado al abismo del otro con una curiosidad casi obscena, extrayendo sus relatos para engordar congresos o satisfacer el morbo ajeno, como quien escucha el estrépito de un bar de madrugada desde la seguridad de su ventana. Pero cuando toca redactar la norma jurídica, cerramos la puerta del despacho.

 

«Entender la locura desde dentro es conocimiento puro»

 

Padecer el diagnóstico en primera persona otorga una comprensión cruda y epidérmica que pulveriza la asepsia de cualquier manual diagnóstico. Entender la locura, el pánico o la melancolía desde dentro es conocimiento puro. Una epistemología propia que llevamos décadas soslayando.

Y, sin embargo, jugamos a la empatía. Qué trampa tan elegante. Invitamos a quienes han visto colapsar sus coordenadas a que suban a una tarima. Les pedimos que lloren un poco, que exhiban sus heridas curadas para nuestra catarsis colectiva, convirtiendo la vulnerabilidad en un espectáculo de supervivencia. Aplaudimos hasta la extenuación. Luego, con una sonrisa impecable, les negamos el poder real. Siempre es más fácil pedir lágrimas que ceder el mando sobre los presupuestos.

 

Ceder el poder. Esa es la verdadera fricción.

 

Foto: Stormseeker

 

La participación significa admitir que quienes han habitado el dolor saben mejor cómo trazar las rutas de salida. Significa que el paciente deje de ser un sujeto pasivo, de esos que miran el reloj en la sala de espera, para erigirse en artífice de la atención que recibe. Exigir derechos humanos y rendición de cuentas no debería ser un acto de rebeldía, sino el estándar de un sistema que de verdad responda a la angustia.

El delirio de nuestro paternalismo tiene un monumento de ladrillo: el manicomio. Diseñamos instituciones de larga estancia pensando que curábamos, cuando en realidad ocultábamos la disonancia. El aislamiento y la coacción rara vez son anomalías dentro de los muros del asilo; casi siempre han sido su cimiento operativo. Por eso, la exigencia de quienes conocen de primera mano esas camas atadas es categórica. Reclaman el barrio. La luz de la tarde en la calle.

 

Foto: Freddie Addery

 

Pero clausurar los pabellones exige más que redactar manifiestos desde la comodidad del despacho. Exige dinero. Requiere tejer una red comunitaria feroz que impida que nadie se quede a la intemperie cuando caigan los muros. La OMS ya ha trazado orientaciones prácticas para guiar este desmantelamiento. Falta nos hacen.

 

Ya no nos sirve el teatro de la escucha. La benevolencia, cuando se ejerce desde la arrogancia del que tiene la bata blanca limpia, también ahoga. Construir cosas para el enfermo es seguir diseñando jaulas, por muy amables que parezcan. Hay que forjarlas junto a ellos. Inevitablemente.

 

 

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