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El Día Mundial de las Personas Refugiadas 2026 nos pilla en un momento tremendo. Entre las guerras en Ucrania, Sudán o Myanmar, la violencia enquistada en la República Democrática del Congo y los dramas eternos de Gaza, Cisjordania, Siria, Líbano o Afganistán, el mapa del desplazamiento se ha vuelto un laberinto insoportable. Y encima toca lidiar con la normalización de ciertos discursos políticos que pintan el éxodo como una amenaza, olvidando a sabiendas que nadie deja su casa por gusto. La gente se va porque no le queda otra.

 

En la tele o en las redes casi siempre nos quedamos en la superficie. Que si el control de fronteras, las vallas, las cuotas de reparto o la última hora de las llegadas. La pura emergencia, vamos. Pero se piensa poquísimo en lo que viene después, en el día a día de esas personas cuando los mecanismos de protección fallan.

 

 

Al final, los datos, de tanto repetirse, se vuelven invisibles. Escuchar que hay más de 117 millones de desplazados en el mundo o que cada minuto 24 personas tienen que dejarlo todo acaba sonando abstracto, como números en una pantalla. Pero detrás de cada cifra hay un desgarro absoluto. Una familia saliendo corriendo con lo puesto, un colegio que se queda vacío a media mañana o una frontera que nadie quería cruzar convertida, de golpe, en tu nuevo destino.

 

En un mundo en que se acentúan las divisiones, millones de mujeres, niños y hombres se ven obligados a buscar refugio lejos de su hogar debido a conflictos nuevos y conflictos prolongados.

Estos tiempos turbulentos deben ser un momento para renovar la solidaridad y adoptar medidas firmes con el fin de proteger a las personas desplazadas por los conflictos o la persecución. Ello incluye respetar la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, que ha salvado millones de vidas desde su aprobación, hace 75 años, tras la Segunda Guerra Mundial.

Con motivo del Día Mundial de los Refugiados, pedimos más apoyo para todas aquellas personas que se ven obligadas a huir, así como a los países y comunidades que las acogen. Para ello, es necesario respetar el derecho internacional de los refugiados; salvaguardar el derecho a solicitar asilo; crear soluciones que permitan a los refugiados vivir en condiciones de seguridad y dignidad, con oportunidades reales para alcanzar la autosuficiencia; y redoblar los esfuerzos en pro de la paz.

Inspirémonos en la generosidad de las comunidades de los países en desarrollo, que acogen a casi tres cuartas partes de los refugiados del mundo.

Juntos podemos proteger los derechos de todas las personas que se ven obligadas a huir, ahora y para las generaciones venideras.

António Guterres. Secretario General ONU

 

Si cerramos las vías legales y seguras para pedir asilo, la gente no va a dejar de huir. Solo lo hará pasando muchísimo más peligro. Las rutas se vuelven eternas y oscuras, las mafias hacen su agosto con la desesperación ajena y todo se vuelve mucho más hostil. Los críos pierden años enteros de infancia sin pisar un aula, las mujeres y las niñas quedan expuestas a violencias terribles y, mientras tanto, los municipios que los reciben —muchas veces con recursos mínimos— cargan con todo el peso de la acogida sin apenas ayuda.

Por eso, proteger no es una cuestión de caridad ni de buenismo. Es, puramente, estabilidad colectiva. Cuando un país cuenta con un sistema de asilo que funciona, financiación real y políticas de integración pensadas a largo plazo, la realidad cambia por completo. No solo ayudas a reconstruir esas vidas, sino que fortaleces a la propia sociedad que acoge. La seguridad del vecino es también la nuestra. Al fin y al cabo, es una responsabilidad compartida, nos guste o no.

 

Foto: ACNUR Jaime Giménez

 

A veces metemos a todo el mundo en el mismo saco con la palabra “refugiado”, pero conviene pararse un momento a mirar los matices porque las realidades son muy distintas. Están, por un lado, quienes tienen el estatus oficial: personas que han tenido que cruzar una frontera internacional por un miedo real a ser perseguidas y cuyo país de origen no mueve un dedo por ellas. A su lado están los solicitantes de asilo, que han pedido esa misma protección pero siguen esperando una respuesta, atrapados durante meses o años en un limbo administrativo y vital que desgasta a cualquiera.

Luego están los desplazados internos, que escapan de las mismas barbaridades pero sin cruzar ninguna frontera. Se quedan dentro de su propio país, muchas veces bajo el control de gobiernos que o no pueden protegerlos o son, directamente, los que les persiguen. Son, con diferencia, de las personas más desamparadas del planeta.

¿Y los apátridas? De ellos casi nunca se habla. Son millones de seres humanos que no existen legalmente para ningún Estado. Sin papeles, ni nacionalidad, ni patria. Esa falta de un simple documento se traduce en muros diarios para ir al médico, matricular a los niños en el colegio o conseguir un trabajo digno. Viven en un vacío total donde los derechos humanos son papel mojado.

Por último están los retornados, los que consiguen volver a casa cuando las cosas se calman un poco. Pero ojo, volver no significa que el problema se haya resuelto. Rehacer una vida desde cero después del exilio requiere tiempo, apoyo institucional y oportunidades reales para ganarse el pan y sanar los vínculos rotos.

 

 

 

 

 

El lema de este año, “Hasta que todo el mundo esté a salvo”, es un recordatorio bastante incómodo de todo lo que queda pendiente. Proteger a la gente no va de firmar declaraciones bonitas en despachos solemnes; va de tomar decisiones políticas valientes, de poner dinero sobre la mesa, de tener recursos de acogida dignos y de ser sociedades capaces de mirar el dolor de los demás sin anestesiarnos con los porcentajes.

Hoy por hoy, con las fronteras de la Unión Europea cada vez más blindadas y con discursos que parecen sugerir que unas vidas valen más que otras, el debate del refugio nos pone frente al espejo. Nos obliga a responder a una pregunta democrática esencial: quién se merece protección y bajo qué condiciones.

La Convención de 1951 ya respondió a esto con una idea que entonces fue revolucionaria y que hoy sigue escociendo a más de uno: la seguridad de una persona no puede depender de dónde haya nacido, de sus creencias, de su cuenta bancaria o de su pasaporte. Décadas después, esa promesa sigue a medio cumplir. Pero quizás su valor esté precisamente ahí, en recordarnos todos los días que el derecho a vivir sin miedo no es el privilegio de unos pocos, sino una aspiración universal por la que hay que seguir peleando.

 

 

 

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