Hoy es 5 de junio, el Día Mundial del Medio Ambiente, y como cada año nos paramos un momento a mirar cómo está nuestro entorno. Pero seamos sinceros esto va a ser la típica fecha del calendario para subir la foto de rigor a Instagram y olvidarnos mañana. Párate un momento porque este año la situación escuece bastante más. Es un recordatorio incómodo de que la naturaleza está al límite y el tiempo para reaccionar se nos está escapando de las manos.
Es curioso cómo nos autoengañamos con esto de la crisis climática. Parece que siempre le pasa al de al lado o que es un problema abstracto que llegará dentro de un siglo. Pero qué va, nos está estallando ya en la cara. Solo hay que ver esos veranos eternos que empalman casi con el siguiente, o los incendios forestales tan bestias que asustan. Y las tormentas, que tardan meses en venir pero cuando caen te destrozan la calle en media hora. Tampoco hace falta irse a los glaciares; vas a la playa de siempre y da pena ver el mar asfixiado de plástico porque consumimos como si los recursos no se fueran a acabar nunca. Lo de que el cambio climático era un marrón para las próximas generaciones ya no se lo cree nadie. Nos ha pillado el toro y el futuro está aquí.
Seguro que has oído hablar mil veces del famoso grado y medio. Los científicos llevan décadas dándole vueltas a la cifra, y no es un capricho. Era la línea roja para que el planeta no se nos fuera del todo de madre. El problema es que ya estamos llamando a esa puerta.
A ver, medio grado arriba o abajo parece una tontería cuando miras el termómetro de casa, pero para el equilibrio de la Tierra es un mundo. Cambia las reglas del juego por completo. Cada décima de más se traduce en DANAs más salvajes, olas de calor insoportables y ecosistemas al borde del colapso, dejando vendidas a millones de personas que hasta hace cuatro días vivían totalmente tranquilas.
RTVE 03.06.2026
Las señales están ahí mismo, nada más salir a la calle. En muchas ciudades, respirar aire limpio se ha convertido en un lujo. Por no hablar de los plásticos, que bajan por los ríos, acaban en el océano y terminan en nuestro propio plato a través de lo que comemos. Es un círculo absurdo. Mientras tanto, la biodiversidad se va desmoronando en silencio; vamos rompiendo esos hilos invisibles que nos mantienen vivos. El planeta ha dejado de mandar indirectas y ahora nos enseña las consecuencias a las bravas.
Pero tampoco es plan de ponernos apocalípticos y cruzarnos de brazos, que de bajón ya vamos bien. Al mismo tiempo que crece el problema, se está moviendo parte de la sociedad. Hay colectivos partiéndose el lomo para recuperar zonas verdes, chavales liderando las protestas en la calle y tecnologías que avanzan a toda pastilla para cambiar el modelo energético. Muchas ciudades ya están repensando cómo nos movemos o qué consumimos.
En este Día Mundial del Medio Ambiente, las señales de alerta están por todas partes.
Los 11 últimos años han sido los 11 más calurosos de los que se tienen registros.
Y los daños van mucho más allá del aumento de las temperaturas: desde la contaminación atmosférica hasta la degradación de las tierras, el colapso de los ecosistemas y la desaparición de la biodiversidad.
Perjudican la salud, destruyen hogares y agravan el hambre.
El mundo está por experimentar un aumento temporal de la temperatura global superior a 1,5 grados.
Cada décima de grado causa un daño mayor, sobre todo a los más vulnerables.
Nuestra tarea consiste en conseguir que ese rebasamiento sea lo más pequeño, breve y seguro posible y que bajen rápidamente las temperaturas.
Ello significa reducir drásticamente las emisiones.
Acelerar una transición justa para abandonar los combustibles fósiles y optar por las energías renovables: la única vía sostenible hacia la disminución de los costos y una verdadera seguridad energética.
Recortar el metano: una de las formas más rápidas y económicas de limitar el calentamiento a corto plazo.
Proteger los bosques, la tierra y los mares.
Ayudar a las comunidades a adaptarse a los efectos devastadores que ya están presentes.
Y ello significa cumplir las promesas de financiación para el clima hechas a los países en desarrollo, con el fin de salvar vidas, proteger los medios de subsistencia y fortalecer las economías.
Es el momento de actuar, por el bien de nuestro medio ambiente y de nuestro futuro.
António Guterres – Secretario General ONU
A veces nos da por pensar que los grandes cambios de la historia ocurren con un gran chispazo, de la noche a la mañana. Pero la realidad funciona más bien como el trabajo de una hormiga. Las transformaciones de verdad se cuecen en el día a día, con miles de pequeñas decisiones que, a base de repetirse, acaban cambiando leyes, mercados y economías enteras.
Por eso el chip del ecologismo tiene que cambiar. Ya no va de “salvar los árboles” o a los osos polares por pura empatía; va de salvarnos a nosotros mismos. Hay que meterse en la cabeza que la salud del planeta y la nuestra son la misma cosa. Hablar de clima es, al fin y al cabo, hablar del empleo, de la comida que ponemos en la mesa, de la salud y de cómo va a ser nuestra calidad de vida dentro de diez años.
Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo
Eduardo Galeano
El reto es una auténtica montaña, para qué nos vamos a engañar. Si queremos esquivar los peores escenarios, las emisiones globales tienen que caer en picado ya, en lo que queda de década. La suerte no está echada, pero el debate ya no es si toca cambiar o no —eso es impepinable—. El verdadero dilema es si vamos a tener las ganas y el valor de meter el acelerador a fondo.
Quizá la mejor imagen para entender este momento no sea ese famoso reloj del fin del mundo que corre hacia la medianoche, sino una conversación que llevamos demasiado tiempo posponiendo. Durante siglos, la Tierra nos ha ido hablando bajito, casi en un susurro. Pero hoy ya nos está gritando a la cara con sequías históricas, incendios incontrolables y riadas que dan pánico. Mirar para otro lado o limitarse a asentir ya no sirve de nada. Cuando te gritan así, estás obligado a responder. Y lo que contestemos con nuestros actos ahora mismo va a ser, de lejos, la herencia más importante que les dejemos a los que vengan detrás.
El País 04.06.2026

