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Diego del Morao ofreció en la la XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla una síntesis de su herencia rítmica y su renovador lenguaje armónico en un recital de acusada brevedad.

 

El 25 de septiembre de 2026, la Bienal de Flamenco acogió el recital de Diego del Morao, figura central en la evolución de la sonanta jerezana contemporánea. No obstante, el guitarrista ofreció una sesión concentrada de apenas una hora, brevedad que determinó un desarrollo sintético pero denso en su factura musical.

Durante esos sesenta minutos fugaces, el escenario se convirtió en un templo donde Diego demostró, con una contundencia arrolladora, que el genuino e inconfundible compás de Jerez le corre por las venas con la fuerza de un torrente desbordado. Al cerrar los ojos, por momentos, parecía como si su añorado padre, el inigualable y eterno Moraíto Chico, hubiera resucitado sobre las tablas de la Bienal. Pero Diego no es un mero continuador de la herencia familiar. Si el patriarca le legó el aire, el pellizco y ese soniquete que no se puede enseñar en ninguna academia, Diego ha actualizado y expandido esos conocimientos aportando una riqueza armónica deslumbrante. Es precisamente en ese terreno de los acordes imposibles y las tensiones contemporáneas donde el actual líder de los Morao destaca con luz propia, dotando al toque de su tierra de unos colores inéditos y una sofisticación propia del siglo XXI.

 

Archivo fotográfico Bienal de Flamenco @Laura León

 

El recital comenzó con una declaración de intenciones solemne, desnuda y arriesgada: una Taranta. El toque libre, desprovisto de la red de seguridad y el empuje que ofrece el ritmo cerrado, evidenció unos nervios iniciales que no hicieron sino humanizar al genio. Fue un arranque de miedos y de verdades absolutas, donde esa tensión inicial se fundió a partes iguales con un duende desbocado que, compás a compás, terminó por adueñarse por completo de las cuerdas de su guitarra. Tras esta profunda introspección, el jerezano cambió el tercio para regalarnos Orate, la preciosa, intrincada y celebrada bulería que da título a su único y homónimo trabajo discográfico hasta la fecha. Con los primeros compases de esta pieza maestra, la atmósfera del teatro se transformó de inmediato, el pellizco se hizo carne y el público comprendió que la arrolladora maquinaria rítmica acababa de engrasarse.

A partir de ahí, el repertorio fue una oda a la fiesta, al compás y a la raíz más terrenal del barrio de Santiago. Salvo por unas seguiriyas que cortaron el aliento por su crudeza, su jondura y su peso, y una soberbia soleá por bulerías donde la guitarra de Diego lloró con un tempo majestuoso y solemne, la noche abundó sin complejos en los tangos y las bulerías. En estos palos fiesteros, Diego es el rey indiscutible, un arquitecto del ritmo capaz de levantar auténticas catedrales de compás con la aparente facilidad del que simplemente respira.

 

Archivo fotográfico Bienal de Flamenco @Laura León

 

Para sostener semejante estructura sonora, Diego se rodeó de una compañía que no solo lo secundó, sino que lo elevó a los altares. Es de estricta justicia destacar el encomiable y brillante trabajo de la sección rítmica. Allí reinó Ané Carrasco, un auténtico virtuoso del cajón flamenco que no golpea, sino que dialoga con la madera. A su lado, el compás inquebrantable de los palmeros, los Juanes, quienes ejercieron de metrónomos humanos con un soniquete impagable, de esos que levantan a los muertos. La voz la puso el cantaor Maloko Soto, realizando un trabajo sobresaliente, empujando a la guitarra, dándole su sitio y dejándose llevar por las falsetas del maestro en una comunión perfecta.

Mención aparte merece, sin duda, la labor de Fernando Carrasco como segunda guitarra: simulando el uso de una púa, logró arrancar a su instrumento unas sonoridades afiladas, rápidas y precisas que evocaban ineludiblemente el estilo más eléctrico y canalla del mismísimo Raimundo Amador. Un contrapunto brillante a la densidad armónica de Diego.

 

Archivo fotográfico Bienal de Flamenco @Laura León

 

En definitiva, lo vivido aquel 25 de septiembre en la Bienal de Sevilla fue un espectáculo intenso, vertiginoso por momentos, donde quedó patente el envidiable dominio del compás que posee toda la compañía. Una exhibición de poderío jerezano, de tradición renovada y de magisterio guitarrístico inalcanzable. El único pecado de la noche fue la tiranía del reloj. Una hora de Diego del Morao en estado de gracia es un regalo efímero que dejó literalmente la miel en la boca a un público entregado y puesto en pie. Nos fuimos a la calle con ganas de más, de mucho más, y con la certeza innegable de haber presenciado algo histórico y la frustración de que el telón cayera tan pronto sobre la magia de Jerez.

 

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