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Hay conciertos que empiezan con una promesa, con un horizonte abierto y luminoso, y que poco a poco se deslizan hacia una llanura excesivamente uniforme. Algo así ocurrió con Drink The Sea en su presentación en la Sala X el pasado 3 de diciembre: un viaje largo, casi completo por sus dos álbumes, que dejó momentos de elegancia indiscutible, pero también una sensación persistente de que esa carretera tan suya avanzaba sin demasiadas curvas.

 

Drink The Sea es, por definición, una banda entregada a la poesía del trayecto: carreteras rectas al atardecer, campos que se derraman hasta el horizonte, una vida contemplativa convertida en rock nebuloso. Su propio nombre encierra esa declaración de intenciones: la idea de beberse el mar como metáfora de inmersión total, de escapismo emocional, de aventura y tragedia, de naufragio y exaltación. Un imaginario poderoso que, sin embargo, esta noche quedó más sugerido que vivido.

El inicio prometía. “Shaking For The Snakes”, contextualizado en un desierto cálido y cierta psicodelia polvorienta, abrió el concierto con un magnetismo casi cinematográfico, aunque la ecualización del sonido aún buscaba su equilibrio. Con “Saturn Calling”, más cercano al funky y ya con Alain Johannes al frente de lo vocal, la banda parecía engrasarse… para luego estabilizarse en una línea demasiado plana, como si el motor encontrara un medio punto confortable y rechazara revolucionarse.

Foto: Antonio Jesús Reyes

Aun así, hubo destellos. “Bembe for Two” abrió un respiro necesario: los ritmos tribales y las percusiones afrocaribeñas de Barrett Martin y Lisette García inyectaron un pulso vibrante, un aire de worldbeat luminoso que evocaba los momentos más expansivos del Peter Gabriel ochentero y los viajes globales de Ry Cooder. Fue un paréntesis fresco, un viraje prometedor… que, sin embargo, no logró irradiar esa energía al resto del repertorio.

En “Where We Belong”, la banda alcanzó quizá su momento más cálido, casi folk-rock setentero, donde las armonías vocales de Duke Garwood con el apoyo de Alain evocaban al folk estadounidense más pastoral o a ciertos destellos íntimos propios de Nick Drake. Fue una parada en el viaje serena y disfrutable.

Seguidamente, “Spirit Away” se movió por territorios que recordaban al art pop de los 90, con melodías sinuosas, un brillo melancólico y una producción de pulido futurista que remitía a los trabajos de Suede o Bowie en sus fases más sofisticadas. Un acierto estético, sí, pero nuevamente integrado en un flujo general que apenas variaba de intensidad.

Foto: Antonio Jesús Reyes

Algo similar ocurrió con piezas de músculo controlado como “Sweet as a Nut”, con ese aroma a rock atmosférico sobre un terreno más árido y terroso, o con el trance mesmérico de “Tuareg Asteroid”, donde, construido sobre la base rítmica de Abbey Blackwell, la banda desplegó una psicodelia espacial cercana a Ozric Tentacles y los grandes del space rock. Dos grandes ideas que, sin embargo, parecían pedir un contexto de mayor tensión dramática para explotar del todo.

Paradójicamente, fueron los bises —un tríptico de versiones bien escogidas— lo más entretenido de la noche. Con “Making a Cross” (The Desert Sessions), “The One I Love” (REM) y “Hangin’ Tree” (Queens Of The Stone Age), Drink The Sea encontró la tensión, la soltura y el dinamismo que durante el concierto habían aparecido apenas de forma intermitente. Como si al desprenderse del peso conceptual de su repertorio propio, la banda respirara con más libertad para dejarnos, finalmente, un sabor de boca agradable.

 

Foto: Antonio Jesús Reyes

 

En conjunto, la velada dejó una impresión ambivalente. Por un lado, la clase y el buen gusto de Drink The Sea, personificada en Peter Buck (al que nos gustaría haber sentido más implicado) se mantenían intactos en su capacidad para construir paisajes sonoros y generar atmósferas envolventes. En contraposición, la ejecución resultó demasiado lineal, como si la banda temiera alterar la calma del viaje y prefiriera la suave monotonía de un trayecto contemplativo y sin sobresaltos.

Elegante, sí. Profesional, también. Pero uno no puede evitar pensar que incluso los caminos rectos necesitan, de vez en cuando, un giro inesperado para que la travesía se recuerde con emoción. Drink The Sea ofreció una noche correcta, bellamente pulida… pero que, como el oleaje manso, terminó desvaneciéndose con más discreción que impacto.

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