No supe escribirte antes. No porque faltaran palabras, sino porque sobraban. Se amontonaban detrás de las lágrimas como muebles viejos en una casa a punto de derrumbarse.
Tampoco pude escucharte entonces. Cada canción tuya era un espejo demasiado nítido, un lugar al que regresar dolía más que quedarse fuera. Y, sin embargo, siempre fuiste refugio. Un refugio incómodo, sí, pero verdadero. Como esas verdades que no acarician, pero sostienen.
Acompañaste nuestras vidas sin pedir permiso. Te colaste en mil instantes compartidos, en carreteras secundarias y habitaciones prestadas, en noches largas donde el mundo parecía no tener solución. Fuiste fe de vida cuando no había fe en nada, una manera de seguir respirando cuando todo invitaba a callar. Tus canciones no prometían salvación, pero ofrecían compañía, que a veces es lo único que se puede ofrecer con honestidad.
Qué triste fue aquella mañana. El día amaneció torcido, como si el tiempo hubiese decidido ir contra nosotros. Vi la noticia y no la creí. Miré la fecha buscando refugio en el error, deseando haberme confundido, esperando que ya fuera 28 de diciembre y que todo formara parte de una broma cruel. Pero no. Era diez de diciembre. Y la noticia era cierta, inesperada, brutal. Se nos fue Roberto Iniesta. Nuestro Robe. Y con él, algo que no sabíamos nombrar, pero que sabíamos imprescindible.
Porque Robe no era solo un músico. Era una forma de decir las cosas. Una manera de estar en el mundo sin pedir disculpas por la herida. Nos enseñó que la belleza también podía ser áspera, que la poesía no tenía por qué ser limpia, que el amor y la rabia podían convivir en el mismo verso sin anularse. Nos habló desde el margen, desde la grieta, desde ese lugar donde la voz se rompe pero sigue sonando.
Fuiste verbo cuando faltaba el aire. Cicatriz cantada para quienes aprendimos a convivir con el dolor sin domesticarlo. Fuego manso para los que nunca supimos encajar del todo. Nos diste palabras cuando no las teníamos y ruido cuando el silencio se volvía insoportable. Cantaste para los perdedores sin épica, para los que resisten sin aplausos, para los que siguen adelante aunque no sepan muy bien por qué.
Y aunque ahora cueste aceptarlo, no te has ido del todo. Te quedaste en los escombros que nos enseñaste a amar, en cada garganta rota que se atreve a cantar sin saber cantar, en cada verso sucio que todavía nos nombra cuando ya no sabemos quiénes somos. Te quedaste en la memoria colectiva de una generación que aprendió a sentirse menos sola escuchándote.
Te llevas el cuerpo, Robe, pero nos dejas la voz. Una voz que sigue sonando en coches viejos, en bares a media luz, en auriculares usados como salvavidas. Y mientras alguien, en cualquier parte, encienda una de tus canciones para no rendirse, seguirás aquí. Incómodo. Necesario. Dolorosamente vivo. Eterno.



