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Por Diego E. Barros

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Lo bueno que tiene el festival de estupideces en el que han convertido sus declaraciones gran parte de los políticos es que mientras escampa la tormenta nos echamos unas risas. Lo malo, es que nos perdemos intervenciones que sí tienen mucha enjundia. «Los másteres son como las acciones de Bankia: un bluf. Las acciones de Bankia se sacaron a la venta a un valor que no tenían pero qué pasa, que como los bancos están en el mundo real, la bolsa se encargó de poner las acciones de Bankia en donde tienen que estar. Como las universidades vivimos todas en un mundo imaginario, los másteres siguen inflados en su cotización, pero su cotización real sería la misma que Bankia: acciones a cincuenta céntimos».

La frase la pronunció hace unas semanas el catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Santiago de Compostela, José Carlos Bermejo en la emisora santiaguesa de la Cadena Ser. Se la sacó Luis Iglesias en una entrevista demostrando una vez más que antes de culpar a los entrevistados por su gris discurso bien haríamos en pedir cuentas al entrevistador. Pasó completamente inadvertida. Y eso a pesar de coincidir en el tiempo con la enésima reforma educativa. Ya se sabe que las verdades es mejor mantenerlas en secreto no vaya a ser que se sepan.

Hace años que los padres dejaron de presumir de las carreras de sus hijos, las mismas que ellos, en muchos casos, nunca pudieron hacer. Los títulos universitarios comenzaron a devaluarse a medida en que salía más a cuenta dejar los libros para irse a poner ladrillos. El resto de la historia es carne de papel salmón.

Fue entonces cuando los másteres comenzaron a hacer fortuna. Ya no valía con la carrera pues, como mucho, conseguías llegar a mileurista, un término con el que, lo que son las cosas, hoy muchos quisieran identificarse. En aquel momento los más privilegiados comenzaron a presumir de másteres, un símbolo que los distinguía como primus inter pares. Las universidades privadas de Madrid y Barcelona, más inteligentes que sus hermanas públicas, tenían que justificarse y de la manga se sacaron el MBA, Master of Business Administration, en inglés, que siempre quedaba mejor y que se convirtió en estrella.

Pocas universidades los impartían y las que lo hacían eran generalmente aquellas que ya habían sableado a sus alumnos una buena cantidad de dinero para dotarlos de los títulos que ya el mercado laboral español había convertido poco menos que en inservibles como resultado de aplicar a la vida la regla más simple del capitalismo financiero: demasiada oferta para tan poca demanda. España puso tanto empeño en formar a su «mejor generación» que se olvidó de qué hacer con ella una vez formada.

Luego desembarcó en España el Plan Bolonia que aunque nadie sabía muy bien qué demonios era iba a cambiar la anquilosada Universidad española equiparándola a la de los países de nuestro entorno. O eso dijeron. Al final, el cacareado plan no ha supuesto mucho más que la proliferación de másteres donde antes sólo había Estudios de Tercer Ciclo. La universidad pública sigue siendo la misma: un lugar cuasi cerrado en el que unos privilegiados se mantienen vedado su chiringuito. En las vacas gordas proliferan las becas y contratos que hoy han desaparecido. Entretanto, el máster se ha convertido en el impuesto revolucionario al que las universidades se han agarrado para no morir de la inanición a la que los presupuestos las han condenado. Ese fue el regalo de Bolonia. Nada más.

Antes, uno terminaba su carrera y si le quedaban ganas de más se matriculaba en los estudios de doctorado: a un año de cursos le seguía un año para escribir un TIT. Después la tesis era cuestión de tiempo, fe, trabajo y, sobre todo, dinero. Mientras se escribe y se lee hay que seguir comiendo. Los máster eran cursos de especialización, virguerías con que adornar un CV. Ahora los estudios de doctorado se han convertido en másteres, algunos hasta apellidados Mundus. Dos años de cursos (hay que justificar el precio) y al final un TFM que significa Trabajo de Fin de Máster porque para qué gastar tiempo pensando un nombre rimbombante si a esas alturas los alumnos ya han pasado por caja.

El resultado ha sido hacer del máster algo obligatorio cambiando la forma pero no el fondo.

El resultado ha sido que los estudios de doctorado que antes podían valer unos 400-500 euros de matrícula media, ahora valen hasta 2.000. Ah, pero te damos un máster, un título oficial, dicen. Otro bonito título con el que adornar las paredes de casa.

Eso pasa en otros países de nuestro entorno, se justifican. Sí, también se llama máster. La diferencia es que sus costes no se han multiplicado exponencialmente como en España.

Nosotros, que siempre hemos ido un poco más allá en todo lo que importamos, hemos dado con la piedra de toque en determinadas especialidades. No contentos con una carrera de Periodismo, por ejemplo, hemos dado a las empresas el derecho de pernada de «formar» a sus propios cachorros vía máster y los principales grupos del país se lanzaron e ello «formando» periodistas por cantidades de hasta cinco cifras. Que hubiera facultades de las que, supuestamente, salían periodistas era un detalle que nadie tuvo en cuenta. Hoy el resto de la historia hay que leerla en Internet. Los periódicos prefieren no hablar de ella.

Este interés por alargar formación y cuenta de resultados tiene un doble sentido. El más claro es que obligando a pagar una formación de doctorado a precio de máster (la virguería de antaño) se hace caja. Por otro, se mantiene ocupada a una legión de licenciados a los que el mercado laboral ha dejado claro que su título no le llevará mucho más lejos que a la cola del paro y a la que le decimos ahora que sin máster no se va a ninguna parte.

Paralelamente hay un efecto de regalo. Ya que el problema es la cantidad de licenciados que en poco tiempo serán masterizados sin trabajo, hagamos de las licenciaturas y sus másteres, ahora mucho más caros, un producto solo para unos pocos.  Porque a estas alturas ya ha quedado claro que España ha estado titulando jóvenes por encima de sus posibilidades.

@diegoebarros

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