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Las crisis de gobernabilidad y el auge de los movimientos de extrema derecha amenazan con reconfigurar el marco de derechos sociales en el continente.

 

Tras los sucesos del pasado 30 de julio en España —cuando centenares de personas de origen marroquí cruzaron la frontera para entrar en la ciudad de Ceuta— y el triunfo electoral del partido Alternativa para Alemania (AfD), formación de corte nazi-fascista, en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt, Europa empieza a caer en el abismo al que se asomaba, con pasos crecientemente firmes, desde hace más de dos décadas.

Lo ocurrido en España es la culminación de años del lawfare —la instrumentalización política de la justicia—, mandos policiales superiores alineados con posiciones conservadoras y de derechas, y presiones coordinadas que se acusan desde distintos frentes (Washington, Israel, Marruecos y Rusia) han buscado debilitar al Gobierno de Pedro Sánchez. A ello se suma que el Ejecutivo socialista tampoco supo mantener alejada de su círculo de confianza la corrupción destapada por el caso Koldo, y también las acusaciones de corrupción al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, último símbolo de decencia del PSOE. Acusaciones que llegaron con informes desde Washington. La suma de estos factores ha erosionado su credibilidad y facilitado el avance de las opciones nazi-fascistas como Vox.

 

Foto: Christian Lue

 

 

Las proyecciones electorales dibujan un escenario en el que formaciones como la AfD en Alemania, la Agrupación Nacional de Marine Le Pen en Francia, Vox y el Partido Popular en España pueden llegar a gobernar en mayorías. Si su avance continúa, estas formaciones podrían ocupar los puestos de mayor responsabilidad en los gobiernos de los países más importantes de la Unión Europea, con ello se impulsarían cambios legislativos que, en materia de derechos sociales, libertades públicas, inmigración y política exterior, harían retroceder décadas los estándares democráticos construidos a a través de activismo y años de la movilización popular.

En la actualidad, Italia encabeza esta tendencia a nivel gubernamental. La primera ministra Giorgia Meloni procede de Fratelli d’Italia, formación que reconoce su raíz en el Movimiento Social Italiano, heredero directo del pensamiento neofascista y posfascista. Su llegada al poder ha sido seguida o acompañada por el ascenso de formaciones afines en Finlandia, los Países Bajos, Austria y Polonia, entre otros. Esto ha creado un clima de racismo directo y sin eufemismos en casi toda Europa. Resulta especialmente paradójico que, incluso en países gobernados por fuerzas socialdemócratas desde hace años, se han venido aplicando políticas económicas que se ceban con los más vulnerables, además de impulsar normas en materia de inmigración, como son los centros de detención para inmigrantes fuera de la Unión Europea. Medidas que responden, en gran medida, a las agendas impulsadas por la ultraderecha.

Mientras los espacios de debate mediático sigan intentando explicar este fenómeno como algo pasajero o marginal, las calles ven crecer el número de ciudadanos que ya no ocultan su simpatía por postulados autoritarios, racistas o directamente de inspiración nazi-fascista. Si hace veinte años las izquierdas, lastradas por su indefinición y divisiones, dejaron de cerrar el paso a las primeras formaciones de extrema derecha, hoy las barreras políticas y de derecho que se crearon para contenerlas han perdido gran parte de su eficacia. Posiblemente se deba a la imposición y el control de la narrativa ultra en las redes sociales y los espacios televisivos.

 

Foto: Leo Visions

 

No olvidemos que el fascismo y el nazismo no fueron solo un episodio histórico que terminó con los rusos entrando en Berlín. El orden económico y político construido justo después de la Segunda Guerra Mundial fue diseñado, en buena medida, por herederos del conservadurismo más reaccionario, quienes en nombre de la estabilidad, crearon un entramado para asegurarse el orden del mundo que nacía. Hoy, las redes sociales amplifican de forma exponencial los mensajes de una élite que busca someter aún más al conjunto del planeta, mientras que las izquierdas indefinidas no logran articular una respuesta capaz de hacer frente a esos gigantes tecnológicos y financieros.

En el fondo de cuanto acontece a escala global subyace la histórica lucha de clases: se impondrá quien logre convencer a la mayoría, que es también la más desfavorecida. Lo chocante es que hoy millones de personas votan opciones que, en la práctica, no defienden sus intereses ni los de las minorías, sino que sirven de apoyo a políticas que agravan la desigualdad. Las formaciones nazi- fascistas de hoy llevan años preparándose, invirtiendo recursos y extendiendo su influencia social y mediática para volver al poder. Mientras las diversas izquierdas que gobernaron Europa se quedaron abstraídas en su supuesta superioridad moral e intelectual, no supieron leer el momento histórico y hacia dónde debían dirigirse, como sí lo hizo la izquierda china.

¿Estamos ante el preludio de una nueva guerra mundial semejante a la del siglo pasado? Lo más probable es que no se repita el mismo modelo de conflicto armado. Los mecanismos de control sobre las sociedades son hoy más potentes que nunca: información, economía, tecnología y política se entrelazan para imponer un orden que resulta difícil de desafiar. Por eso, mientras se perpetra un genocidio en Palestina, continúa la guerra en Ucrania, crece la tensión entre Estados Unidos e Irán, se extienden los conflictos en África y se profundiza el expolio en América Latina, asistimos como espectadores incrédulos ante la crudeza de estos acontecimientos.

 

Foto: BP Miller

 

 

La caída de Europa en ese abismo empieza a tener consecuencias devastadoras. Por un lado, se avanza hacia una sumisión casi total a las directrices de Estados Unidos e Israel, que condicionan cada vez más las decisiones internas y exteriores del continente. Por otro, se estrecha el horizonte de Europa, que se aísla de otras potencias y regiones que podrían contribuir a la consolidación de un orden mundial justo o al menos alternativo y alejado de los dictados de Washington y Tel Aviv.

Ante la posibilidad inminente de una España, Francia y Alemania nazi-fascista en los próximos años, no cabe esperar milagros. Se necesita articular una respuesta social y unitaria europea que ponga en práctica los valores de igualdad, libertad y solidaridad. Seamos claros: grandes potencias como China o Rusia no van a intervenir de forma directa mientras sus intereses no se vean afectados a gran escala, y si Europa no hace algo seguirá cayendo hacia lo profundo de un abismo que ella misma alimentó; de tocar fondo, difícilmente logrará emerger.

 

 

 

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