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Bajos al poder, misticismo espacial en latín y el fantasma de Suicide sobrevolando una Sala Holländer uniformada de negro. Fiera lidera un triple cartel junto a POLICÍA y Kamer Twee impecablemente orquestado por el colectivo HUM!

 

Mientras no lejos de allí el Estadio Olímpico acogía a la plebe para darle el enésimo baño de masas a Alejandro Sanz, en el polígono Calonge otros muchos se iban arremolinando en torno a la puerta de la Sala Holländer (sin duda el último reducto sagrado para el underground y el riesgo sonoro en Sevilla) en una contraprogramación maravillosa, casi poética, al megaconcierto del cantante madrileño. Los allí congregados, mayormente uniformados de un negro riguroso y militante, sabían a lo que venían y a pesar del retraso los tercios de cerveza ayudaron a mantener intacta la paciencia. La tardanza era lo de menos pues el saber que la noche estaba bendecida por el colectivo HUM!, que se está encargando a golpe de audacia de oxigenar la agenda de una ciudad demasiado acostumbrada al inmovilismo, aseguraba que lo que allí iba a acontecer merecía cada uno de los minutos de espera.

 

Foto: Isaac Álvarez Félix

 

Y la primera lección de la noche fue un golpe de estado instrumental: las guitarras han muerto, o al menos han sido desahuciadas por una insurrección de frecuencias graves y un nuevo orden comandado por los bajos, tan injustamente menospreciados en la historia de las bandas. Rompiendo el orden previsto, el grupo procedente de Benicarló, POLICÍA, decidió que desarrollar su espectáculo sobre el escenario principal podría llegar a ser una actitud demasiada burguesa. Así, plantaron la batería sobre un par de alfombras en mitad de la pista y el pie del bajista justo enfrente, obligando al público a rodearlos en un formato boiler room asfixiante y eléctrico.

Lo suyo no fue el noise-punk de manual, sino un asalto hardcore de compases compuestos, donde la batería marcaba un pulso tembloroso y criminal a doble bombo. El bajista, en lugar de sostener la armonía, parecía masturbar el mástil de su instrumento, lanzando notas al aire, jugando con vacíos claustrofóbicos y modulando un muro de distorsión salvaje a través de su pedalera. Sin estribillos a los que agarrarse, el sudor y la bilis estallaron en el cierre con “La Pared”,  una crónica negra e inmisericorde sobre la vivienda, el capitalismo y el olvido (ese chico hallado muerto tres meses después al ir a tapiar su casa para evitar la, tan temida por unos y otros, okupación) que nos dejó con los oídos muertos por agotamiento y el cuerpo tenso y preparado para la revolución. Una propuesta descarnada y visceral, tan cruda que pareciera pura improvisación pero estudiada al milímetro y perfectamente ejecutada.

 

Foto: Isaac Álvarez Félix

 

Tras los castellonenses y manteniendo la misma disposición geométrica en la pista —y aprovechando con compañerismo la ecualización que les habían dejado sus predecesores—, las murcianas Kamer Twee cambiaron radicalmente las revoluciones, pero no la extrañeza. Bajo, batería, caja de ritmos y un concepto tan marciano como magnético: post-punk cantado íntegramente en latín. Su directo funcionó como una comitiva ritual previa al sacrificio. Si Policía fue el impacto del choque, Kamer Twee fue la hipnosis: música para un ritual pagano celebrado en la cantina de una nave espacial comandada por dos vestales armadas hasta los dientes. Con referencias directas al rapto de Proserpina o a la Catedral de Cartagena, desgranaron las canciones de su homónimo álbum de debut —tituladas con números romanos no consecutivos— al ritmo de los golpes de caja de la batería, jugando con los silencios y haciéndolos resonar en el pecho de los que las rodeaban. Aunque se les percibe aún cierto verdor en las transiciones, la originalidad de su propuesta gótica y espacial es un faro a seguir. Sorprendentes por inesperadas, hay un trabajo de fondo en estas chicas que las señala como portadoras de un mensaje que sin duda alguna tendrá llegada.

 

Foto: Isaac Álvarez Félix

 

Cuando llegó el turno de FIERA, ya el eje se desplazó. Ellos sí se subieron al escenario, marcando una distancia con el resto de grupos que no era soberbia, sino puro galón profesional. Hay un saber estar innato en Pablo Peña y Darío del Moral; el bagaje y la veteranía de quienes conocen los resortes del escenario y saben modular la tensión a su antojo. El ambiente que se encontraron en la Holländer era idílico para ellos: una sala llena, entregada, pero con un respeto y unos modales exquisitos que permitían transitar el espacio entre tragos y miradas de complicidad. Estaban en su ciudad, en su reducto, y esa tranquilidad del que se sabe en casa favoreció que lo que allí aconteció fluyera con una naturalidad pasmosa. Fiera ofreció un setlist que funcionó como una declaración de intenciones evolutiva. Enterrado casi por completo el punk urgente de su debut (del que solo rescataron la inicial e hipnótica “Drogas” para abrir la noche), el combo se concentró en la madurez industrial de Pueblo Nuevo (con hasta ocho dentelladas) y el pulso incómodo de Aljarafe (cinco temas del que fue su segundo álbum).

 

 

El concierto fue de esta manera un viaje magnético hacia el calor y la oscuridad. Aquí el sinte y las cajas de ritmos fueron poco a poco reclamando el protagonismo absoluto, coqueteando por momentos con un tecno esquelético y marcial que nos alejaba de su sonido primigenio para aproximarnos a la vanguardia destructiva de Einstürzende Neubauten. Con un primer bloque donde atacaron sin piedad su Pueblo Nuevo con temas como “Tirador franco”, “Hi Tec”, “Securitas” o la cruda “Pollo cremado”, hubo momentos de una clarividencia brutal, el destello estaba en los ojos de Darío y Pablo y el viaje hacia el más allá en plena travesía.  Cuando nos regalaron “Alegría en la nuca“, el fantasma de Suicide y el minimalismo de Alan Vega sobrevolaron la Holländer con una densidad que se podía cortar con cuchillo, y durante la interpretación de “Es complejo es complicado“, la voz de Pablo Peña adoptó un fraseo agónico y elegante, un eco rotundo al Germán Coppini de Golpes Bajos, demostrando que la ironía pop también puede ser una lija y que no hay complejos de enseñar de dónde se bebe. La descarga final concatenó la aljarafeña “Disciplina” y la acidez de “Algoritmo” para terminar, o eso parecía, con la alienación con nombre de mueble sueco de “Grönö“. Tras la retirada y la súplica de bises por parte del público, hambriento y ya en semitrance, los sevillanos volvieron al escenario para rematar la faena con ese himno de la explotación que es “Mono de trabajo“. Noche redonda, misión cumplida. Fiera demostró que no necesitan la distorsión analógica tradicional para hacer daño, les basta el metrónomo, el bajo monolítico y la palabra.

Salimos a la calle con la sensación de haber asistido a un triunfo de la disidencia. Mientras la ciudad coreaba estribillos amables en el estadio, en la Holländer se certificaba que el ritmo del futuro se escribe desde el subsuelo, sin guitarras, y con el ceño fruncido.

 

 

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