Seleccionar Página

Se estrenó en el Teatro Viento Sur (Sevilla), El Museo de Antígona, de la mano de Roberto Manzari. Un trabajo que llevó al límite todos los recursos que disponían los profesionales involucrados, para conseguir una vez más, el respeto de toda su audiencia.

 

El Museo de Antígona es de esas piezas que quizás no se le sacaría el máximo partido, si uno no conoce en cuáles pilares se sustenta. Como bien el título lo indica, uno de ellos es el mito de Antígona (por ejemplo, recogido en la Tragedia de Sófocles)  que está muy presente como un espejo en el cual Roberto Manzari  se ve reflejado. Para contarnos no sólo su lectura personal de este relato de la Mitología Griega; sino que además, como un modo de demostrar que el mismo es atemporal .

Ahora bien, la Tragedia de Antígona se ha leído como un ejemplo de desobediencia civil, desde una perspectiva feminista, el conflicto entre la tradición y las normas que se dan los seres humanos a nivel político y social, etc.… Aún así, en el Museo de Antígona muchas de esta cosas quedan sugeridas, siendo que me atrevería decir que la manera en cómo esta pieza se hace actual, es centrándose en el conflicto interno que uno sortea en tanto ser humano, entre ciertas convenciones y modos de de hacer las cosas (sea por una legislación vigente, u otro tipo de mecanismos no menos disciplinarios y homogenizadores), y las “pulsiones internas” a las cuales, digamos, que nuestra educación se ha dedicado en reconducir, o incluso intentar suprimir.

Por tanto, es cuestión de tiempo para que el definirse como sujeto e individuo con autonomía, entre en contradicción con transitar a través de la “senda” que se nos señala como la correcta y posible. La cual, “casualmente”, no está diseñada para contemplar excepciones o ampliarse, porque se confunden los medios con fines, al delimitarse una “senda” que garantizara certidumbres de todo tipo; mientras esto responde al afán del ser humano de sistematizar los usos y costumbres de cualquier cosa con la que opere, hasta llegar a la paradójica situación de tratarse asimismo como si fuese un ser cuantificable.

Foto: Rafa Núñez Ollero

Foto: Rafa Núñez Ollero

 

Lo que más me ha resultado interesante del Museo de Antígona que pudimos disfrutar los días  4 y 5 de febrero del presente año, es que el tema de la identidad es manejado con tal radicalidad que el papel que interpreta Roberto Manzari, podría ser protagonizado por cualquier ser humano. Basta entrar en diálogo con la Tragedia de Antígona, más hacerse una serie de preguntas sin deberle nada a nadie, para que a la condición humana se le haga con este trabajo una suerte de “prueba de estrés”. Con la que se dilucide si la misma fue confeccionada para que a nuestras vidas se le otorgue un sentido por el mero hecho de aplicar las normas vigentes, o que quizás su sentido es un recurso que únicamente estaría habilitado bajo lo establecido.

Ello nos conduce a un nihilismo inevitable. Esto es: sea porque los valores que hasta ahora han dotado a las vidas humanas de sentido y significado, han quedado entredicho y relativizados; o bien porque al quererse desarraigar de los anteriores, nos aboca a buscarnos un nuevo paradigma en el cual desenvolvernos. Ya que al fin al cabo, los valores y los mecanismos disciplinarios con los que se reproducen, no dejan de ser de lo más contingentes, pero lo que no está del todo claro, es si el ser humano no puede vivir sin estar bajo algunos tipos de parámetros con los cuales orientarse en su día a día.

Entonces ¿En dónde queda la individualidad y autonomía del sujeto en juego? Quizás en la certeza de que aunque parezca que no tenga mucho por donde elegir (sea porque uno está “acorralado” como le pasó a Antígona, o porque todavía no ha encontrado otro sendero transitable), esa capacidad es inherente a su condición voluntariamente o no ¿Ello es suficiente para afirmar que el ser humano es libre? Por lo pronto, prefiero limitarme a preguntar si el origen de la palabra libertad no está demasiado apegado a los valores con los que nos hemos constituido, aquellos que se han vendido como “naturales” y necesarios.

Al igual que en la Tragedia de Antígona, Roberto Manzari acaba performáticamente con su vida, ejerciendo su capacidad de decisión en una de las pocas cosas que no pueden escoger por él. Es común en estos casos, que emerja el que se precipitaría a pensar que cuestionar algo es signo de haber tomado partido, pero en realidad lo que estoy  sugiriendo, es seguir con mi insistencia de plantear que este tipo de dicotomías son un recurso más a la orden de hacernos creer que el paradigma vigente, es el único posible y pensable.

Foto: Rafa Núñez Ollero

Foto: Rafa Núñez Ollero

 

Les aseguro que esto da para decenas de tesis doctorales, pero ahora conviene dar paso a varios de los aspectos técnicos del Museo de Antígona, que desde luego merecen mención: Por un lado, se nota que esta obra fue dirigida por Carlota Berzal, quien una vez más nos presenta un trabajo multidisciplinar. Pues, esta profesional no deja de articular la danza, el teatro y la performance en sus labores escénicas. No privándose de mantener con firmeza, su línea de trabajo, dejando todo  justificado.

La puesta en escena del Museo de Antígonaes es sencilla y eficaz. Esto es: Entre la cuidadosa iluminación y el vigoroso ambiente sonoro a cargo de Marta S. Ortega, nos encontramos ante un trabajo que aunque sea de pequeño/medio formato, no para de hacerse más grande. Siendo que todos sus recursos están focalizados para jugar con la atención del público. Nos llevan a nosotros los espectadores, por un lado y otro del escenario, bajan el ritmo de intensidad de las escenas a su antojo… Estas y más cosas, demuestran que esta pieza es una obra artesanal hecha con profesionalidad y convicción.

Roberto Manzari se deja la piel en escena, está dispuesto a lo que fuere para que esta pieza se alce tendiendo hacia el infinito. Los límites de su interpretación fueron fundados bajo decisiones más o menos meditadas, no porque este actor nos haya mostrado todo lo que es capaz. Por ello celebro que este tipo de trabajos se sigan haciendo, en los que los profesionales involucrados, se entregan a defender con todas sus consecuencias lo que ellos son a través de las artes escénicas. A saber qué tipo de reflexiones de índole filosófica y artística, habrán tenido en todo el tiempo que duró este montaje.

 

 

Comparte este contenido