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Hace unos cuantos años que los museos de la ciudad de Málaga se prestan a llevar a cabo actuaciones y demás actividades relacionadas con la danza,  en el interior de sus instalaciones. Cosa que ha favorecido a que los estudiantes de los conservatorios, bailarines emergentes y profesionales consolidados amplíen sus espacios de intervención para dinamizar la tejido cultural de esta capital andaluza; y cómo no, de tener más oportunidades de mostrar su trabajo más allá de las programaciones de los teatros. Por tanto, resultaba de lo más intuitivo que el Centro Pompidou de Málaga se haya sumado a ofrecer una actividad especial para celebrar el Día Internacional de la Danza

 

En esta ocasión, constó de un pequeño taller pedagógico a personas que tengan al menos unas nociones en danza, y el estreno de El Primer Círculo  de Gero Domínguez y Nuria Estébanez. Ahora bien, uno de varias de las finalidades de dicho taller, es que sus participantes se aproximen a las herramientas y a la estructura de esta pieza, como un modo de comprender y “encarnar” diversos modelos de composición escénica; salir las propias “idiosincrasias” de sus respectivos centros de formación; etc.

Al final, las participantes de este taller pedagógico terminaron actuando justo después de la representación de El Primer Círculo. Dando muestras de que aunque a uno como estudiante le cueste relativamente mucho alcanzar el siguiente escalón en el que uno esté, al tiempo salen a relucir los frutos de todo lo que uno ha recorrido hasta aquél momento. He allí que este taller pedagógico no ha hecho más que “detonar” el que sus participantes sean testigos y protagonistas de que no han parado de madurar; como también, que lo han estado trabajando en una barra de danza clásica (por decir un ejemplo)  siempre ha sido una inversión.

Foto: Micky Domínguez

Foto: Micky Domínguez

No me queda más que mostrar mis respetos a este grupo de jóvenes bailarinas que, en pocas horas de la mañana del mismo día de su actuación, consiguieron que disfrutase su público, mientras tuvieron el arrojo y el “espíritu aventurero” de dejarse sorprender a ellas mismas de lo que eran realmente capaces. Este es un camino de tantos de cómo, precisamente, se le dota de sentido y significado a que un estudiante de danza equilibre el respeto por el trabajo continuo y disciplinado durante su formación, con el permitirse gozar de aquello a lo que le ha dedicado tanto tiempo y esfuerzos. O dicho de otra manera, si se continúa dándole lugar a este tipo de actividades, se estará fomentando el amor a la danza por parte de sus propios estudiantes.

En lo que se refiere a la representación de El Primer Círculo por parte de Gero Domínguez y Nuria Estébanez, cabe decir que lejos de cuestionar que La Divina Comedia  haya estado presente en la misma (como bien está contemplado en la sinopsis), me gustaría poner el foco en que lo que tiene acceso el público, es lo que se ha desencadenado en todo el proceso por el que ha pasado la pieza en juego. Lo cual abre un campo vastísimo de interpretaciones entre sus espectadores. En esta línea, lo que me ha llegado de El Primer Círculo, es que es una pieza que está compuesta de una estructura capaz organizar el espacio, el movimiento y la relación que tienen sus intérpretes sobre el escenario. Ahora bien, cada parte del ciclo que nos representan está tan bien articulado, que el diferenciar cada  una de sus fases, sólo sería un ejercicio formal que contribuiría al análisis de El Primer Círculo. O dicho de otra manera: El Primer Círculo ha conseguido reproducir el cómo la Naturaleza se manifiesta al margen de que, nosotros los seres humanos, llevemos muchos siglos desarrollando lo que llamamos “ciencias naturales”.

Foto: Micky Domínguez

Foto: Micky Domínguez

 

Es fascinante como los cuerpos de esto dos profesionales entraron en un diálogo , en el que hablar de cohesionar la danza contemporánea de Nuria Estébanez y el flamenco de Gero Domínguez sería quedarse en una “antesala” de lo que se vio en El Primer Círculo. Esto es: Se nota que ambos llevan mucho tiempo  familiarizándose con el cuerpo del otro. Y a pesar de que las pautas que constituyen a esta pieza las habrán definido relativamente rápido, ellos tuvieron el respeto hacía sus espectadores de no quedarse en eso de: “somos profesionales, no hace falta ensayar tanto: funcionará”.

En el fondo, este tipo de “estafas”  emiten el mensaje de que con técnica y algo de picaresca, cualquiera puede componer una pieza escénica. Y no es así. Cuando uno está abordando un trabajo netamente formal (como es el caso del resultado final de esta pieza), se ha de prestar especial atención en su correcta ejecución, sino parecerá que lo que un está exponiendo a sus espectadores es “lo bien que se improvisa”. No es que una pauta de improvisación ubicada en un lugar determinado de una pieza no quepa, es más reivindicar que, todo ha de estar justificado dentro de la dramaturgia de una pieza.

Otro de los elementos que vertebraron a cada “fase de este ciclo”, fue la música de Rafael Torres, cuyo carácter envolvente fue lo que consumó su alianza con el movimiento en conjunto de Gero Domínguez y Nuria Estébanez, para dar pie a pensar que esta pieza podría durar treinta minutos más, siguiendo la misma lógica interior que la sustenta: ¡Me encanta cuando la música nos ayuda a comprender mejor una pieza! Así, daba la sensación de que lo que sucedía en escena estaba pasando “aquí y ahora”, no estaba montado de antemano. Sin duda, es  una de varias cosas que considero que  han de aspirar todos los profesionales de lo escénico, dado el carácter efímero de sus disciplinas.

En paralelo, esta pieza fue dispuesta para ser vista desde cualquier punto del círculo que excede a su espacio escénico. Ello se traduce en que la confluencia entre Gero Domínguez y Nuria Estébanez,  esté compuesta de movimientos que  proyectaban en el espacio relieves cuya profundidad era identificable por el juego de luces y sombras plasmado en sus propios cuerpos. Aplicando, de un modo u otro, eso que distingue a la obra del escultor aragonés Pablo Gargallo, quien con los “vacíos” de sus esculturas exhaustivamente calculados, emerge un efecto óptico, que nosotros los espectadores, leemos como que la obra en cuestión se proyecta hacía el  interior de su propio  núcleo. En lo que respecta a El Primer Círculo, esto se traslada en cómo los cuerpos de estos intérpretes se expanden y contraen, ofrecen movimientos oblicuos, horizontales y verticales. Y claro, junto a los cambios de ritmo, nos encontramos ante una danza que poco tendría que envidiar al desenvolvimiento del fuego de una hoguera.

En definitiva, El Primer Círculo me parece un trabajo espectacular y esquicito: Algo que te seduce tanto en lo intelectual como en lo sensorial. No me puedo imaginar lo lejos que llegarían estos dos profesionales, si emprenden el proyecto de hacer una versión larga de esta pieza.

 

 

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