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Sevilla amaneció el 28 de febrero de 2026 sabiendo que no era un día cualquiera. El Día de Andalucía siempre exige un tributo de arte, una demostración de esa identidad poliédrica y profunda que nos define desde el olivo hasta la marisma. Pero lo que aconteció en el Cartuja Center bajo la batuta de Estrella Morente trascendió la mera efeméride festiva para convertirse en una celebración de madurez artística.

 

La cantaora granadina demostró que se encuentra, sin atisbo de duda, en uno de los momentos más dulces y plenos de su carrera. Borda con un cariño infinito y un oficio forjado a fuego cada arista de su espectáculo, erigiéndose como una sacerdotisa de la emoción que sabe exactamente cuándo desgarrar el alma y cuándo acariciarla.

Gran parte del embrujo de esta velada radicó en la concepción sonora del espectáculo, una verdadera proeza de alquimia musical comandada por la dirección de Tim Ries y Antonio Carbonell. No es tarea fácil hacer dialogar a dos bestias escénicas como el jazz y el flamenco sin que una eclipse a la otra, pero en la Cartuja la simbiosis fue total y absoluta. A un lado del espectro sonoro latía la sofisticación del trío de jazz: el pulso rítmico inquebrantable de la batería de David, la profundidad y el caminar del contrabajo de Daniel y las teclas virtuosas y elegantes del piano a cargo de Bernard Fowler, envueltos por los vientos sedosos de Ries. Al otro lado, aguardaba la furia y la raíz de la tierra: las percusiones cubanas y flamencas de Curro Conde y Popo, el quejío eléctrico e innovador de la guitarra de Juan Navarro y, sobre todo, el faro incombustible de la guitarra flamenca de Montoyita. Todo ello estaba firmemente escudado por el jaleo y los coros de Ruth, Cheto Muñoz y el propio Antonio Carbonell, creando un ecosistema donde la síncopa negra y el contratiempo gitano vibraban en una misma frecuencia.

 

 

El repertorio fue una declaración de intenciones desde el primer compás, pero si hay que detenerse en los instantes donde el tiempo pareció suspenderse en el auditorio, es obligatorio hablar de “Se nos rompió el amor”. Allí, Montoyita demostró por qué es una institución; estuvo auténticamente desatado, sacándole humo a los trastes de su sonanta para arropar a una Estrella inmensa que supo redimensionar la obra de Manuel Alejandro. Esa intensidad encontró luego un delicioso respiro en los lazos de sangre, porque los hermanos de Estrella reclamaron su propio espacio de grandeza en la noche. Soleá Morente irrumpió en el escenario aportando su particular magnetismo para recitar y cantar versos de Caballero Bonald, exquisitamente musicados por Isidro Muñoz. Acompañada por los acordes de Juan Navarro, Soleá destiló una poesía conmovedora que dejó al público en un silencio reverencial. Acto seguido, fue Kiki Morente quien tomó el testigo para interpretar “Silencio, que el odio calle”. Junto a la voz de Antonio Carbonell y mecido por los arpegios celestiales de Montoyita, Kiki regaló un cante lleno de empaque, presencia y jondura, confirmando que la dinastía familiar tiene el futuro más que asegurado.

La ebullición rítmica de la velada llegó con el intermedio por bulerías, un derroche físico y visceral donde el baile tomó el mando absoluto del escenario. Fue el momento en el que las tablas de la Cartuja ardieron bajo el taconeo de los bailaores de la compañía, destacando el instante en el que el propio Popo se arrancó en un despliegue de compás salvaje, secundado por el arte innegable de la escuela de los Carbonell y levantando al patio de butacas como si de un tablao íntimo se tratara.

 

 

 

Pero si hubo un momento de pura magia transgresora, ese fue el puente sonoro que unió el alma de Nina Simone con el genio de Enrique Morente. La corista Ruth, dueña de una garganta portentosa, nos hipnotizó con un “I Put a Spell on You” que, de forma magistral y sutil, fue enlazando compás y tono hasta desembocar en “Encima de las corrientes”, aquel histórico canto evangélico popularizado por el patriarca de la saga. Lo que allí ocurrió fue un auténtico duelo de titanes: las voces de Estrella y Ruth trenzándose en el aire, mezclando inflexiones puramente jazzísticas con lamentos flamencos, en un diálogo intercultural apoteósico.

La traca final fue una fiesta y un agradecimiento vital. El “Gracias a la vida” de Mercedes Sosa nació como una balada telúrica, introducida por unos melancólicos aires de tarantos en las manos de Montoyita, para ir mutando, paso a paso, en una arrolladora descarga de salsa y rumba donde cada músico de la banda tuvo su merecido momento de gloria en forma de solo. Sin embargo, Estrella sabe que siempre hay que volver a la raíz antes de despedirse. Por eso, desnudó el escenario para regalarnos “Tu vienes vendiendo flores”. Solo ella y Montoyita, que introdujo falsetas por soleá para que Estrella cantara en el flamenco más ortodoxo, puro y descarnado de la noche. El broche de oro definitivo llegó con la fiesta absoluta: “La noche de mi amor” de Chavela Vargas llevada al terreno trepidante de las bulerías. Empezó Montoyita marcando el camino, para que luego Juan Navarro brillara punteando por bulerías con su guitarra eléctrica, arrastrando a toda la banda hacia un clímax donde Andalucía, el jazz, y el duende se fundieron en un solo aplauso interminable.

 

 

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