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No hay mapa que contenga lo que va a pasar el 21 de junio en Cádiz es Flamenco. Porque cuando dos fuerzas como Alicia Acuña y Carmen Xía se suben al escenario, no se trata solo de música: es un desgarro eléctrico, un poema antiguo con el pulso acelerado del presente.

 

Alicia Acuña, viene del fuego. Cantaora sevillana con formación clásica, sí, pero lo suyo no es la repetición del archivo: es una arqueología sonora que cava en lo jondo para sembrar otra cosa. En Puñalá y Puñalá II, sus trabajos recientes junto a Emblemátika, conviven las bulerías con el drum’n’bass, la soleá con sintetizadores y distorsión. La suya no es una voz: es una cuchilla encendida que corta el aire, que hace arder la ortodoxia sin pedir perdón.

 

 

Carmen Xía, por su parte, es otra llama, de otro fuego. Su segundo álbum, El Cuerpo, no es solo música, es un acto político. Rap, copla, electrónica y una poética afilada que habla de cuerpos vulnerables, de memoria, de resistencia. Criada entre cantes y teclas, suena como si Lola Flores hubiese crecido escuchando a Lauryn Hill en un bloque de San Fernando. Y en vez de mirar atrás con nostalgia, lo hace con rabia lúcida, con deseo de transformación.

 

 

Lo que ambas proponen para Centro Flamenco La Merced es más que un concierto. Es una colisión entre dos Sevillas: la que se agarra al mantón y la que vuela sobre beats industriales. La que canta en peñas y la que se desata en raves. En esta propuesta, la seguiriya, la soleá o los ecos de Manuel de Falla se mezclan sin complejos con jungle, techno, rock y electrónica underground. No es una mezcla forzada: es una consecuencia natural de vivir con un pie en la raíz y otro en la grieta.

 

No es un espectáculo para complacer, es para sacudir.

Un viaje de ida y vuelta entre lo que fuimos y lo que estamos intentando ser.

La memoria no se mata y el perdón no se roba.

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