El Ballet Flamenco de Andalucía vuelve por la puerta grande. Con Patricia Guerrero al frente, la compañía ha tomado el Teatro Central de Sevilla para dejar claro que el flamenco es algo que respira y se transforma. Su nueva propuesta, Flamenco Patrimonio, es un viaje que nace en la raíz y no tiene miedo a jugar con lo nuevo.
La ocasión, desde luego, lo merecía. Se juntaba un doble aniversario de esos que pesan: los 15 años del flamenco como Patrimonio de la Humanidad y las tres décadas de la propia formación. Pero más allá de los actos oficiales y las cifras, lo que se vivió sobre las tablas fue pura memoria viva.
Olvidaos del concepto típico de tablao, de la madera vieja y la penumbra. Aquí la apuesta va por otro lado. Guerrero dibuja una puesta en escena mucho más visual y poética, donde la luz y el vacío cuentan tanto como el propio zapateado. Es flamenco, claro que sí, pero hablado en un lenguaje de ahora, mucho más fresco y actual.
Al final, la música es lo que termina de darle sentido a todo. Las voces de Amparo Lagares y Manuel de Gines actúan como ese ancla necesaria; son el pellizco de tradición que permite que la obra navegue por distintos palos con una soltura envidiable. Ahí es donde reside la fuerza del montaje: en ese equilibrio entre la hondura de siempre y una libertad estética que, la verdad, se agradece.
Lo mejor es que, a pesar de lo técnico y sofisticado que pueda parecer, la conexión con el público fue inmediata. Sin trampa ni cartón, sin forzar el drama ni tirar de artificios innecesarios. Se vio a una compañía muy cohesionada, manteniendo el pulso durante toda la función.
El éxito en el Central ha sido cuestión de rigor. Sevilla, que de esto conoce un rato y sabe qué debe aplaudir, terminó despidiendo a los artistas en pie y por palmas. Fue el broche de oro para confirmar que nuestro patrimonio, cuando se cuida así, está más vivo que nunca.



