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La Térmica inaugura Fulgor y Delirio: Cartografía de lo humano, el viraje inmersivo del fotógrafo Eugenio Recuenco en una instalación que desmantela el artificio pop para adentrarse en la psique.

 

Consumimos cuerpos con la misma inercia con la que lanzamos un scroll infinito. Sin pensar. Deslizamos la mirada por la piel ajena, catalogamos siluetas en milisegundos y a otra cosa. Nos hemos vuelto adictos a la pura superficie. Quizá por eso incomoda tanto que alguien te obligue a frenar. A quedarte quieto. A descifrar. La Térmica de Málaga abre las puertas de Fulgor y Delirio: Cartografía de lo humano. Supongo que llamarlo exposición es quedarse bastante corto. Lo nuevo de Eugenio Recuenco es una trampa. Una trampa brillante.

 

 

Quienes crecimos visualmente con series míticas como Revue o aquel desbordante 365º, tenemos grabada su afición casi maniática por el exceso. Era el gran director de orquesta de la ironía pop. Para mi es el gran referente español de la fotografía escenificada, con unos decorados colosales donde pasaba de todo. Pero aquí no queda ni rastro de eso. Recuenco ha soltado amarras. Su lenguaje se ha quedado en los huesos. Renuncia a montar su habitual teatro del mundo para mancharse las manos con el barro de lo íntimo. Esta austeridad repentina asusta un poco, porque la onda expansiva ahora detona hacia adentro.

 

A nivel formal, esta exposición se inspira en mi formación clásica, ya que provengo del ámbito de las Bellas Artes. El proyecto comenzó como un intento de explorar el cuerpo humano, pero, al profundizar, comprendí que no me interesaba tratarlo como una simple cáscara. De este modo, terminé retratando la mente humana y aquello que caracteriza nuestro pensamiento frente al del animal, en contra de lo que solemos creer.

 

 

Era evidente que un mapa psicológico de semejante calibre no cabía en los márgenes convencionales del medio. El fotógrafo madrileño mantiene su característico claroscuro, ese sello casi de museo clásico, pero revienta por completo las dos dimensiones. El recorrido te parte en dos nada más cruzar el umbral. Primero te topas con la sala blanca. Un espacio casi clínico para volver a respirar. Hay dípticos inmensos y mudos que te exigen acercarte para leer el silencio milimétrico de la imagen.

 

 

Después viene el abismo. La sala negra te traga en su oscuridad y solo emergen unas inmensas cajas de luz. Parecen relicarios iluminados en una iglesia de madrugada. Vídeos. Ruido de fondo. Esculturas. Te pesa el propio cuerpo. La luz adopta una textura cinematográfica que te desnuda por completo, estés o no preparado para el golpe.

Semejante despliegue produce una fractura emocional. Por suerte, el fotolibro del proyecto hace justo lo contrario. Te devuelve el mando. En el sofá del salón, con la luz de la tarde colándose por la persiana a medio bajar, tú marcas el tempo. Es un pacto de silencio. Acaricias el papel rugoso. Sientes el peso del pigmento. Si la exposición malagueña es una encerrona que te asalta por todos lados, el libro impreso es una confesión. Un secreto dicho muy bajito al oído.

 

 

El título Fulgor y Delirio surge de la contradicción que habitamos como especie y de las tensiones que experimentamos en nuestras relaciones. El «fulgor» encarna lo maravilloso de ser sorprendidos por algo nuevo; empuja nuestra imaginación hacia lo incipiente y representa ese primer chispazo de atracción, deseo y voluntad de relacionarnos. El «delirio», por su parte, es el extremo al que el ser humano es capaz de llevar aquel inicio ilusionante. Ambos conceptos son, posiblemente, los dos rasgos más puramente humanos y los que marcan la verdadera diferencia con los animales.

 

 

 

Fulgor y Delirio confirma una madurez envidiable. Recuenco sabe de sobra que la fotografía escenificada necesita ensuciarse para seguir tocándonos la fibra. Lo que queda flotando en el aire denso del espacio es un rastro de poder, de rendición y de afectos hechos pedazos. Un pulso salvaje entre la lucidez y la locura.

 

 

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