Hay un momento, a principios de agosto, en que el cuerpo dice hasta aquí. Deja de correr, simplemente. Y entonces abres un libro sin que nadie te lo pida, sin tener que darle explicaciones a nadie. No hay reseña pendiente ni cita que soltar en una cena para quedar bien. Lees porque sí. Porque el toldo te da la sombra justa en la página y el hielo del vaso todavía aguanta. Porque alguien escribió hace años una frase que tú llevabas buscando sin saberlo. Ese verano, el del libro boca abajo en la toalla con la esquina doblada, es el que nos interesa. El bueno, vaya.
Y en ACHTUNG queremos ser justamente eso. Esa esquina doblada. La función de teatro que te acompaña tres paradas de bus más allá del aplauso y no terminas de entender por qué. Un paso de baile que se te pega al cuerpo un martes sin venir a cuento. Esa pintura que miras de reojo, una y otra vez, hasta que admites para tus adentros que algo te ha impresionado. O un poema de cuatro versos que pesa más, absurdamente, que todos los correos de la semana juntos. Acompañarles con rigor, sí, pero también con esa ligereza de quien sabe que la cultura de verdad no necesita ponerse trascendente para dejarte tocado.
Pero bueno. Toca soltar un rato la libreta y el teclado.
Nos vamos. No muy lejos, tranquilos. A una terraza donde se hojea una novela con los pies en el suelo caliente, a una siesta que te rompe de pronto una guitarra del vecino, a uno de esos paseos en los que una cornisa, un reflejo, el gesto de alguien que pasa se te convierten en apunte de trabajo sin que lo busques. Fíjate: quien escribe sobre arte, danza, teatro, música o poesía no desconecta del todo nunca. Solo cambia el modo. Apaga el teclado y enciende los ojos, los oídos, esa memoria que va guardando cosas por su cuenta.
Agosto es suyo, así que úsenlo bien. Ese poemario que lleva desde abril cogiendo polvo en la mesilla: ábranlo ya, no pasa nada si tardan tres semanas. Vayan a una función al aire libre aunque no conozcan la compañía, aunque sea solo por curiosidad. Pongan un disco entero de principio a fin, como se hacía antes, cuando escuchar música era un recorrido y no un algoritmo que te mastica lo siguiente. Y si se topan con una sala pequeña, de esas que no salen en ningún suplemento, con tres cuadros y una escultura algo torcida, entren. Sin pensarlo mucho. A veces lo mejor está justo ahí, donde nadie te lo anuncia.
Cuando septiembre devuelva a las ciudades su ruido de siempre, aquí estaremos. Cuadernos a rebosar, tinta imaginaria en los dedos, esa media sonrisa de quien guarda algo para contarlo después.
Gracias por leer.
Por recomendar.
Por escribirnos un día diciendo «quiero hacer un regalo muy especial y he pensado en vuestra revista en papel».
Eso vale más que cualquier métrica, y así lo creemos.
Septiembre nos junta otra vez.
Con cariño y con ganas de página,
P. D.: Si este verano un verso les frena en mitad de la calle, no lo dejen escapar. Guárdenlo en el bolsillo, en una foto, donde sea. En septiembre nos lo cuentan.




