El Festival Interestelar Sevilla volvió a brillar con una intensidad arrolladora, abrazado por un ambientazo bien controlado que se convirtió en el caldo de cultivo perfecto para el disfrute colectivo. Envuelto en un clima ideal, con esa brisa nocturna que invitaba irremediablemente a dejarse llevar y perderse en la música, el recinto se transformó en un oasis de celebración.
La excelente organización del evento quedó patente en cada rincón y en cada momento, sostenida por unas sonorizaciones ultra eficientes que permitían disfrutar de cada matiz acústico con total nitidez. Además, las transiciones modélicas entre los distintos grupos demostraron que la maquinaria del festival funciona con una precisión de relojero, manteniendo el ritmo sin dar tregua al aburrimiento.
En la zona noble del recinto, los escenarios Cruzcampo y Morrison se erigieron como los verdaderos epicentros de la acción. Fue allí donde se sucedieron las vibrantes actuaciones de artistas como Carlos Sadness y Carlos Ares. Con su inconfundible estilo, sus ritmos contagiosos y esa estética tan cuidada que les caracteriza, ambos creadores fueron los encargados de calentar los motores del público, elevando las pulsaciones y allanando el camino para lo que estaba por venir.
La expectación culminó con la llegada de la que terminaría siendo la gran sensación indiscutible de la velada: Ojete Calor. Con un público absolutamente entregado desde el primer acorde, Carlos Areces y Aníbal Gómez orquestaron un espectáculo hilarante, irreverente y sencillamente impecable. A simple vista, algún incauto diría que resulta fácil subirse a las tablas sin músicos de respaldo, apoyándose exclusivamente en música enlatada para introducir únicamente las voces. Sin embargo, la conjunción de estos dos genios, dueños absolutos y pioneros del subnopop, fue mucho más allá de una simple sintonía vocal. Jugando constantemente con tonos a menudo desafinados de manera totalmente voluntaria, lograron una coordinación milimétrica con las proyecciones de la pantalla central. El clímax visual de su actuación llegó con momentazos inolvidables, como esa ficticia y cómica lucha al más puro estilo del videojuego Street Fighter entre Aníbal y Carlos.
Pero si algo desató verdaderamente la locura colectiva fue el magistral repaso que hicieron a sus temas más clásicos, un auténtico compendio de ese “subnohumor” que los ha encumbrado. El público coreó a pleno pulmón himnos generacionales del absurdo como “Viejoven”, celebrando y bailando esa extraña dicotomía temporal que todos hemos presenciado alguna vez. La ironía mordaz de “Vintage” resonó con fuerza, criticando con carcajadas el postureo moderno, mientras que “Mocatriz” (modelo, cantante y actriz) se convirtió en un desfile imaginario donde miles de voces dictaban el currículum de la picaresca contemporánea. Tampoco faltó “Opino de que”, una brillante sátira sobre la tertulia vacía y la necesidad imperiosa de opinar sin saber, que fue recibida con ovaciones ensordecedoras. Y, por supuesto, la guinda del pastel llegó con esos covers de grandes figuras de la canción, destacando un apoteósico “Agapimú” que transformó la icónica pieza popularizada por Ana Belén en un himno de luces de neón, sudor y pura comedia musical bailable.
Tras este vendaval de risas y ritmos electrónicos, y el posterior paso arrollador de los Sexy Zebras, que dejaron el listón de la energía por las nubes, le tocó el turno a Crystal Fighters. La banda supuso la única pequeña excepción a la milimétrica fluidez del evento, saliendo al escenario con casi media hora de retraso. No obstante, en el instante en que sonaron sus primeros acordes, cualquier atisbo de cansancio o queja se disipó. Compensaron la espera animando al éxtasis absoluto al personal asistente, desbordando una juvenalia total, festiva y tribal que hizo saltar a todo el recinto al unísono. En definitiva, fue una excelente tarde-noche de festival, un viaje ininterrumpido de pura diversión, delirio y conexión inmejorable.



