Invierte en la paz, para todas las personas, en todas partes y todos los días. La paz en las trincheras de lo cotidiano. Por qué el 21 de septiembre exige menos diplomacia y más acción vecinal.
Tal y como está la situación mundial, enmarcar el 21 de septiembre como el Día Internacional de la Paz resulta casi irónico. En el actual clima de inestabilidad, apelar a la concordia puede interpretarse como un ejercicio de ingenuidad y un gesto vacío por parte de la clase política. Sin embargo, es precisamente en este escenario de fractura donde la intervención ciudadana cobra mayor urgencia.
La paz no se construye solo en las mesas de negociación, sino también en las aulas, los barrios y cualquier lugar donde las personas se reúnan con la mente y el corazón abiertos. Juntos, día a día, podemos construir un mundo más justo, con compasión, igualdad y dignidad para todos.
António Guterres. Secretario General de las Naciones Unidas
Spinoza ya lo advirtió en el siglo XVII: la paz no trata solo de que dejen de llover bombas. Va mucho más allá. Es una voluntad que se amasa a base de empatía y de fiarnos los unos de los otros. Hoy resulta evidente que las meras intenciones son insuficientes; requerimos una red de contención material para evitar el colapso. Hablo del día a día, de tener alternativas viables, de poder caminar por tu barrio con la cabeza alta y sin miedo. De algo tan salvaje y básico como que cruzar una frontera no sea jugarte la vida a cara o cruz.
Por eso el lema de este año. nos pide que invirtamos en la paz. Dejemos de mirar a los despachos y a esos pactos de corbata que siempre se lleva el viento. La mirada desciende al terreno. Es imperativo observar a quienes resisten en primera línea, y aplaudir de una vez a los «arquitectos de lo cotidiano». Porque la estabilidad, la que de verdad sostiene la vida, no sale publicada en el BOE. Se edifica desde la base, mediante el trabajo invisible de los barrios y las asambleas vecinales.
Quienes conocen la realidad a pie de calle asumen que esta fractura no se repara con meras fotografías en cumbres internacionales. Eso ni le arregla el mes a nadie ni frena el odio. Quienes sacan esto adelante son personas corrientes, a años luz de todo este circo político, que simplemente se niegan a tirar la toalla. Y ahí es donde entramos todos. Tú, yo, el vecino de enfrente. Cada uno tiene su propio metro cuadrado de influencia para plantarle cara al desastre.
En esta particular economía de los afectos no se requiere capital financiero. Solo se pide tiempo, cuerpo y ganas. Agarrar del brazo al que se está cayendo es, hoy por hoy, un acto de rebeldía pura. Levantar la voz para que las cosas cambien es lo que viene después. Fíjate que hasta las campañas oficiales sueltan ideas que, si rascas un poco, esconden un potencial tremendo. Piensa en los Círculos de Paz, por ejemplo: espacios donde los mayores damos un paso atrás para que los chavales cojan el timón. Para que tomen la palabra y ensayen soluciones frente a crisis heredadas de las que no son responsables.
Y luego están las redes, claro, porque las trincheras de ahora también se miden en píxeles. Usar tus cuentas —te sigan cincuenta o cinco mil personas— para dar voz a lo que importa y frenar la toxicidad es fundamental. El hashtag #InvierteEnLaPaz no tiene por qué quedarse en otra campaña vacía para lavar conciencias. Ojalá seamos capaces de convertirlo en un archivo vivo de cómo vamos tejiendo un poco de justicia. Porque la paz no es una concesión que descienda desde las instituciones gubernamentales. Es una conquista diaria que exige obstinación y presencia constante en el espacio público.



