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En el marco del Icónica Santalucía Sevilla Fest, el grupo islandés Kaleo ofreció una actuación concisa y medida —90 minutos exactos— que dejó claro por qué su propuesta ha logrado trascender géneros y geografías. Con un repertorio de 17 temas, centrado principalmente en su reciente trabajo Mixed Emotions, el concierto recorrió con equilibrio sus raíces musicales, dejando espacio para los puntos álgidos de A/B y pequeños destellos de Surface Sounds.

 

Desde los primeros acordes, lo que atrapa irremediablemente es la voz potente y profunda de JJ Julius Son: contundente, rica en matices y capaz de oscilar entre el susurro confesional y la furia del rock más visceral. Su presencia vocal no es sólo protagonista, sino clave identitaria de la banda, una firma que la distingue y la convierte en mirlo blanco en el panorama musical actual.

Junto a esa imponente presencia vocal y la precisa base rítmica de Davíð Antonsson (batería) y Daniel Kristjansson (bajo), el directo de Kaleo se enriquece con los aportes fundamentales de Rubin Pollock a la guitarra solista. Lejos de buscar protagonismo escénico, Pollock adopta un rol más introspectivo y técnico, generando texturas y líneas melódicas que beben tanto del blues sureño como del indie rock de raíz americana, funcionando como contrapunto emocional al discurso principal. Sus intervenciones, que van desde el uso expresivo del slide a lo Ry Cooder hasta riffs saturados al estilo Jack White, son el pegamento sonoro entre la crudeza del blues y la sofisticación del rock alternativo que define el sonido de Kaleo.

 

Foto: Juan Antonio Gámez

 

Una mención especial merece Thorleifur Gaukur Davidsson, cuyo papel como armonicista y músico multinstrumentista aporta una dimensión de autenticidad y raíz difícil de encontrar en bandas contemporáneas del mismo circuito. Su intervención en temas como Automobile o Broken Bones no sólo fue técnica y afinada, sino profundamente emocional. El uso del blues harp en directo, con ese vibrato orgánico y un fraseo que remite tanto al Delta del Mississippi como al folk europeo, añadió un carácter atemporal y profundamente humano al sonido global de la banda.

La apertura del concierto mantuvo un tono introspectivo, casi ceremonial. Durante la primera media hora, el grupo evocó paisajes emocionales con reminiscencias al Neil Young más desnudo, como en sus grabaciones para la BBC en 1971. “I Can’t Go on Without You” destacó por su carga emotiva, mientras “Broken Bones” evocó los cantos de trabajo afroamericanos, con ese aire de blues primitivo y espiritual recogido en clave contemporánea.

 

Foto: Juan Antonio Gámez

 

El punto de inflexión llegó con “Hey Gringo”, un tema que bascula con soltura entre el soul y el funk de los años 70, con coros rítmicos que sirvieron de trampolín para un cambio de dinámica. A partir de entonces, la banda ofreció algunos de sus temas más potentes y coreados, como “Hot Blood”, que sirvió para levantar a un público que hasta entonces había combatido la incomodidad de las sillas plásticas del recinto.

En el núcleo del repertorio colocaron su composición más icónica (que bien traído, eh?): “Way Down We Go”, o lo que es lo mismo, el tema que los catapultó internacionalmente tras su inclusión en publicidad, series y videojuegos. El himno fue recibido con respeto y devoción, consolidando el vínculo emocional entre banda y público.

 

Foto: Juan Antonio Gámez

 

A nivel técnico, la puesta en escena instrumental de Kaleo fue tan meticulosa como expresiva. A lo largo del concierto, JJ Julius Son alternó entre al menos cinco guitarras, cada una elegida con precisión para dar color y carácter a los distintos matices del repertorio. Desde la Fender Telecaster, ideal para el twang crudo de sus piezas más rockeras, hasta la resonadora de acero, cuya caja metálica amplifica ese tono rasgado y arenoso tan característico en temas sureños como Broken Bones, el abanico de timbres fue amplio y cuidadosamente integrado. No faltaron tampoco modelos acústicos ni guitarras semi-huecas, que aportaron calidez en los momentos más íntimos, como “All the Pretty Things”.

 

Foto: Juan Antonio Gámez

 

El cierre del concierto fue una celebración del rock más energético y bailable. “No Good”, con guiños al post-punk de Franz Ferdinand, “Back Door”, con su riff distorsionado que recuerda a los primeros Black Keys, y el explosivo “Rock N Roller” en una revisión de un rock clásico, dejaron al público en pie, vibrando con una intensidad que sólo se alcanza cuando técnica y emoción se alinean.

Kaleo es, en definitiva, una banda que ha logrado articular una propuesta coherente, madura y versátil. Su directo no es una mera traducción del estudio, sino una experiencia total donde el público conecta con una música que se mueve entre la raíz y la vanguardia, entre lo íntimo y lo apoteósico.

 

 

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