La Gran Carpa de Cirque du Soleil ha vuelto a levantar su silueta en Sevilla y lo hace con KURIOS – Gabinete de Curiosidades, un espectáculo que permanecerá en la ciudad hasta el 8 de marzo. Se trata de una producción espectacular, dentro del extenso catálogo de la compañía canadiense, que mira hacia atrás para preguntarse por el origen mismo del asombro.
No todo espectáculo de gran formato se permite dudar. KURIOS – Gabinete de Curiosidades, en cambio, nace precisamente de esa duda: ¿Qué ocurre cuando la razón deja de ser suficiente y la imaginación reclama su lugar? Cirque du Soleil construye aquí un universo donde el progreso no es una línea recta, sino un artefacto frágil que se desmonta con una pregunta bien formulada.
La referencia histórica es certera. Los gabinetes de curiosidades —anteriores a la clasificación científica y a la lógica museística— eran espacios de acumulación caótica: fósiles junto a autómatas, mapas imprecisos al lado de reliquias falsas. KURIOS adopta ese principio y lo traslada a la pista: el circo como territorio donde el error, la rareza y la maravilla no solo conviven, sino que se necesitan.
El espectáculo se articula alrededor de un personaje El Científico que no encaja del todo en la idea clásica de sabio. No es un genio distante ni un inventor heroico; es, más bien, alguien que todavía no ha decidido si confiar en sus instrumentos o en su intuición. A su alrededor aparece una comunidad de figuras imposibles: Sr. Microcosmos, Nico, El Hombre Acordeón o Los Curiosistanianos —habitantes de un lugar llamado Curiosistán— que no buscan explicarle el mundo, sino desordenarlo lo suficiente como para que vuelva a mirarlo.
Desde el punto de vista circense, KURIOS es una obra de gran complejidad técnica, pero su ambición no está en el exceso sino en la precisión. Los cuerpos no se exhiben como proezas aisladas, sino como extensiones de un paisaje mecánico y poético a la vez. El equilibrio, la suspensión y la transformación corporal funcionan como metáforas físicas de una mente que se resiste a quedar fijada.
El abanico de números destacan por la manera en que alteran la percepción del espacio. En El mundo invertido, por ejemplo, la simetría se convierte en una trampa visual: el público tarda unos segundos en comprender que lo que ve no es un reflejo, sino una duplicación real del gesto humano. Ese desfase —breve, incómodo, fascinante— es uno de los grandes logros del espectáculo.
También hay una reflexión silenciosa sobre el circo mismo. Al incorporar un número de bienvenida sobre la Gran Carpa antes del inicio formal de la función, KURIOS borra la frontera entre llegada y representación. El espectáculo no empieza cuando se apagan las luces, sino cuando el espectador acepta entrar en un estado de disponibilidad, de atención curiosa.
Después de miles de funciones, KURIOS sigue funcionando porque propone una actitud: de mirar sin clasificar de inmediato, aceptar lo extraño, permitir que la lógica descanse un momento. En tiempos obsesionados con la eficiencia y la certeza, ese gesto resulta casi subversivo.

