Kylie reina, Kylie guapa así coreaba el público entregado de Icónica Santalucía Sevilla Fest. Con voz sin trampa y repertorio brillante, la diva australiana desplegó precisión y energía en un concierto sin fisuras.
Puede que fuera cuando empezó Confide in Me, o cuando todos coreaban Padam Padam como si fuera parte del canon pop desde siempre. Lo cierto es que, anoche, en la Plaza de España, dejó de importar si estabas ahí por nostalgia, por pop, por devoción o por curiosidad. Kylie Minogue salió a escena y, durante hora y media, suspendió el tiempo con una elegancia luminosa de esfera de discoteca que solo ella puede manejar.
En los años ochenta, tres productores británicos —Stock, Aitken & Waterman— dominaron las listas de éxitos con una fórmula inconfundible de pop sintético, brillante y bailable. Entre 1984 y principios de los 90, crearon desde Londres una especie de Motown electrónica, fabricando himnos diseñados para sonar eternamente en discotecas, radios y programas de televisión. Entre 1987 y 1989 colocaron más de cien canciones en el Top 40 del Reino Unido, varias de ellas simultáneamente. Lo suyo no era arte ni evolución, sino algo igualmente poderoso: el single perfecto, directo, pegajoso y con una estructura implacable. En su lógica de producción, la voz era secundaria: se corregía en estudio. Lo importante era que el artista entrara bien por los ojos. Quien no encajaba, simplemente no existía. Su catálogo va desde one hit wonders como Hazell Dean o Sinitta hasta Rick Astley, Bananarama o Jason Donovan. Pero su proyecto más exitoso y duradero fue, sin discusión, Kylie Minogue.
Llegó desde Australia en 1987 como actriz de telenovela para adolescentes. SAW la convirtieron en princesa pop con I Should Be So Lucky, y a partir de ahí encadenó éxitos como The Loco-Motion, Je Ne Sais Pas Pourquoi y, sobre todo, Better the Devil You Know. Arrasó en ventas y construyó una base de fans especialmente fiel, pero no tardó en sentirse atrapada en ese molde de brillo artificial.
Decidió romperlo. Tras separarse de SAW, firmó con Deconstruction Records y se alejó del pop de envoltorio ligero para explorar terrenos más atmosféricos y sofisticados. Nacieron entonces Confide in Me, Put Yourself in My Place y la inolvidable Where the Wild Roses Grow con Nick Cave; las antípodas de SAW. Fue una Kylie más oscura, menos previsible. Perdió parte del gran público, pero ganó respeto artístico.
El cambio de milenio trajo un renacimiento global. Con Light Years (2000) y Fever (2001), Kylie dejó claro que no era una reliquia ochentera. Can’t Get You Out of My Head fue el mayor éxito de su carrera. Le siguieron Spinning Around, In Your Eyes, Love at First Sight… todos igual de sólidos.
Los años posteriores consolidaron su estatus con discos como X, Aphrodite y Kiss Me Once, aunque sin el mismo impacto comercial. Hubo un bajón entre 2014 y 2017: Kiss Me Once pasó desapercibido, su fichaje por Roc Nation no funcionó, y el mercado giraba hacia otras voces.
Pero Kylie volvió a cambiar de rumbo: grabó Golden (2018) en Nashville, mezcló country y electrónica, y ofreció una versión más íntima de sí misma. Y con Disco (2020) y Tension (2023), volvió a la pista de baile con más fuerza que nostalgia. Padam Padam se convirtió en fenómeno viral, transversal, y Kylie no imitaba ninguna época: era simplemente ella misma.
Y no se puede negar que ha recorrido camino: Australia queda lejos, pero anoche parecía a la vuelta de la esquina. El día anterior había actuado en Bilbao, y todas las crónicas coincidían: lo de Kylie es una gira y una celebración pop. En Sevilla, abrió con una versión abreviada de Lights Camera Action como calentamiento visual. Fue efectivo, pero el verdadero y segundo punto de ignición llegó con In Your Eyes.
A partir de ahí, el concierto fue más que un repaso de carrera: fue una afirmación de vigencia, una exhibición de repertorio sin fisuras. El setlist estuvo cuidadosamente armado: apertura enérgica, núcleo clásico, bloque íntimo y un final directamente eufórico.
Sonaron los imprescindibles: Better the Devil You Know, Spinning Around, Can’t Get You Out of My Head. Hubo espacio para sorpresas como Confide in Me, Timebomb y una versión muy especial de Where the Wild Roses Grow, compartida con un fan del público al que Kylie subió al que Kylie entregó una rosa blanca desde el escenario para luego invitarle a subir. Sentados juntos en unos escalones, Kylie interpretó un fragmento del tema, prácticamente el estribillo. Una escena que al parecer repite en esta gira… La envidia de la noche se llamaba Alejandro.
Y entre tanto recuerdo, las canciones más recientes no desentonaron en absoluto. Para quien firma esta crónica, confeso devoto del álbum Disco, uno de los momentos más electrizantes de la noche llegó con Say Something, interpretada en una versión que alternaba versos en clave acústica con un estribillo explosivo y brillante, puro pulso disco. Le siguió un medley fabuloso que encadenó Magic, Real Groove y Last Night a DJ Saved My Life, en un tramo de puro hedonismo visual y sonoro, envuelto en luces estroboscópicas, bajos palpitantes y la omnipresente bola de espejos. La recta final, con Padam Padam y Love at First Sight, selló el concierto con brillantez y conexión total: Kylie no se instala en el pasado: lo convierte en impulso.
El despliegue artístico estuvo a la altura: banda compacta, con guitarra, bajo, teclado y voz, y una batería impecable. El conjunto sonó alto, claro y rotundo, con energía bailable y precisión. Un coro femenino de cuatro voces y ocho bailarines excepcionales completaban un dispositivo escénico sin fisuras.
En cuanto a la voz de Kylie, nada de playback ni pistas de apoyo (un saludo, si se me permite, a Miguel Bosé): todo fue en directo. Y eso tiene mérito, sobre todo en un show de este nivel de exigencia vocal y física. Su voz se mantuvo firme, afinada y enérgica, sin flaqueos ni apoyos invisibles, incluso en los tramos más coreografiados, ¡que fueron casi todos!
Las luces, por su parte, acompañaron con inteligencia escénica: nunca saturaron; nunca distrajeron, y supieron subrayar los momentos precisos con elegancia. Lo mismo se puede decir de las proyecciones. Entre cambios de vestuario, movimientos medidos y una entrega escénica sostenida, Kylie brilló sin esfuerzo aparente, respaldada por un dispositivo técnico y humano que estuvo siempre a la altura.
Una de las virtudes más evidentes del concierto, y quizás la más contagiosa, fue ver a Kylie disfrutando realmente de lo que hace. No solo cantando con precisión o ejecutando coreografías repentinas, irresistibles, impecables, sino transmitiendo alegría genuina: sonrisas espontáneas, gestos de agradecimiento, energía viva. Se movía con soltura, sin rigidez ni rutina, como quien sigue enamorada de su oficio. Y eso se notaba. Y el público lo sabía.
En las primeras filas, como un imán, se concentraban un amplio número de fans del colectivo LGTBIQ+, entregados con una intensidad que iba más allá del entusiasmo. Ahí hay un vínculo que es algo más íntimo que el simple fanatismo. Resulta fascinante observar cómo ha evolucionado el público de Kylie Minogue a lo largo de las décadas: de ídolo juvenil manufacturado por Stock Aitken & Waterman, dirigida a un mercado de masas (y sobre todo femenino y adolescente), a convertirse en una de las divas más queridas de este colectivo.
La diva, la pionera, la superviviente, la máquina de hits... todas estaban allí anoche, fundidas en una sola. Y bajo las luces de la Plaza de España, Kylie Minogue no sólo demostró que pertenece a la historia del pop, que su música y su directo son de primera, y que no necesita sonar a los años ochenta para seguir siendo relevante sobre un escenario.
Ladies and gentlemen, hasta aquí Icónica Sevilla Fest 2025. Nos queda media década más confirmada de estrellas en la noche de la Plaza de España.
Y si no puedes ir, ACHTUNG te lo cuenta.

