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El flamenco, en su constante evolución, encuentra en figuras como Antonio Rey un faro luminoso capaz de guiar la tradición hacia nuevos horizontes sin perder jamás un ápice de su esencia más pura. La pasada velada, en un concierto que quedará grabado en la memoria de todos los presentes, el maestro madrileño de corazón jerezano demostró por qué es uno de los máximos exponentes de la guitarra flamenca contemporánea.

 

El Espacio Turina se vistió de gala para recibir la presentación de su más reciente y aclamado trabajo discográfico, Historia de un Flamenco, y aunque la tarde noche tuvo que sortear el nada despreciable obstáculo de una deficiente sonorización que amenazaba con empañar la sutileza de los instrumentos, el inefable virtuosismo y la maravillosa sensibilidad de Antonio Rey se impusieron con creces, resultando un espectáculo de alto calibre.

El recital dio comienzo con una sobrecogedora interpretación de Maestro Lucía. En esta taranta de apertura, Rey dejó claro desde el primer acorde la inmensa finura de su toque. La sala, sumida en un silencio reverencial, fue testigo de cómo sus dedos extraían de las seis cuerdas un torrente de emociones. La limpieza de sus arpegios y la profundidad del trémolo confirmaron desde el minuto uno que estábamos ante un músico tocado por la gracia.

 

Archivo fotográfico Antonio Rey

 

El viaje sonoro continuó desgranando las joyas de su repertorio, destacando las alegrías y bulerías de su último trabajo discográfico. En estos palos fiesteros, el guitarrista exhibió un pulso rítmico endiablado, matizado siempre por una elegancia cautivadora. Mención especial merece el tema Calma, una preciosa minera ejecutada magistralmente, que alcanzó cotas de hondura sorprendente, extrayendo de la guitarra unas armonías que pellizcaron el alma del respetable.

Un maestro de su talla sabe que el viaje musical es mucho más rico cuando está bien arropado. Para esta empresa, se rodeó de una banda excepcional, un elenco de músicos de primerísimo nivel. A la segunda guitarra brilló Manuel Heredia, fiel escudero que empastó a la perfección, tejiendo una red armónica sólida y cubriendo con maestría los espacios de la guitarra principal. En la melodía, la flauta de Juan Parrilla fue un soplo de brisa fresca: su afinación perfecta y su fraseo melancólico aportaron ese lirismo andaluz tan necesario en la propuesta de Rey. La percusión estuvo a cargo de José Manuel Ruiz Motos, Bandolero, quien no se limitó a marcar el tiempo como un metrónomo, sino que proporcionó una base rítmica llena de matices que dialogaba de tú a tú con las sonantas, marcando los acentos con una precisión milimétrica.

Y, por supuesto, al cante estuvo la inconmensurable Mara Rey. Fue precisamente ella quien protagonizó uno de los momentos más álgidos y mágicos de la velada al interpretar Mara. Durante este cante por bulerías, la artista desató la locura al bajar del escenario para fusionarse físicamente con un público que ya estaba absolutamente entusiasmado. Paseándose por el patio de butacas y cantando a capela con un poderío deslumbrante, su voz desgarrada superó cualquier problema técnico de sonido, logrando una comunión absoluta entre la artista y los espectadores.

 

Archivo fotográfico Bienal de Flamenco @Laura León

 

 

El concierto también tuvo su espacio para la cercanía y la emoción pura: Antonio hizo un comentario sincero y humilde sobre lo difícil que resulta tocar cuando en la sala se han congregado tantos y tan buenos guitarristas para verle. Aprovechando esa intimidad, hizo una referencia especial y muy emotiva a su compañero, el maestro sevillano Daniel Navarro Cruz, Niño de Pura, recientemente retirado de los escenarios por problemas de salud. El cálido aplauso que siguió a sus palabras fue un abrazo colectivo inmenso.

La recta final fue un crescendo que culminó con un magistral homenaje final a Paco de Lucía. Rey, recogiendo el testigo del genio, interpretó de manera sucesiva y magistralmente enlazada Canción de Amor, una emotiva parte del Concierto de Aranjuez del Maestro Rodrigo, para desembocar en el vibrante Spain del maestro Chick Corea.

Como mandan los cánones en una estirpe de arte, el espectáculo se despidió con una apoteósica fiesta por bulerías. A este fin de fiesta se sumaron otros miembros de la ilustre familia Rey, que entre desplantes, cantes y “pataitas”, incluida la del propio Antonio, se cerró el telón de una noche imborrable, demostrando que cuando hay talento y duende ninguna barrera técnica puede frenar la magia del flamenco.

 

 

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