La Plaza de España de Sevilla, majestuoso recinto del festival Icónica, se vistió de gala para recibir a una de las leyendas vivas más formidables de la música latina. Rubén Blades, el poeta de la salsa, el cronista del barrio, se presentó ante un público expectante y fervoroso para demostrar que el talento y el carisma no saben de fechas de caducidad. En una noche mágica, donde el calor andaluz se fundió con el trópico caribeño, presenciamos una comunión absoluta entre el artista y sus seguidores.
Fue un encuentro marcado por la celebración de la vida, no en vano, el cantautor panameño se encontraba al borde de cumplir los 78 años, una efeméride histórica que se alcanzó justo al final del concierto, al despuntar la esperada medianoche del 16 de julio. Ver a Blades sobre las tablas es presenciar a un artista en plena forma, con una voz inalterable, una lucidez deslumbrante y una energía contagiosa que dominó cada rincón del recinto desde el primer minuto.
Desde los primeros acordes de himnos atemporales como “Plástico” y “Decisiones“, que sirvieron para encender de inmediato los motores de la noche, quedó patente la preeminencia de un público sudamericano que acudió en masa a la llamada de su gran ídolo. A lo largo y ancho de la pista se respiraba un cálido ambiente de hermandad latina, destacando especialmente la numerosa presencia de comunidades de colombianos y venezolanos. El propio Rubén Blades, siempre atento y cercano a su gente, se encargó de saludarlos explícitamente desde el micrófono, reconociendo las banderas y el cariño incondicional de aquellos que, como bien relataría más tarde a través de los versos de “Emigrantes“, han tenido que buscarse la vida lejos de su amada tierra.
Pero el genio panameño no estuvo solo en esta imponente gesta. Detrás de él, sosteniendo el complejo andamiaje sonoro con una precisión milimétrica, la Orquesta de Roberto Delgado funcionó como una máquina bien engrasada. Esta grandiosa agrupación panameña es, sin lugar a dudas, el complemento perfecto para Blades. Acompañaron magistralmente al cantautor en cada compás, arropando sus crónicas urbanas con unos arreglos espectaculares que hicieron vibrar a toda la Plaza de España. Dentro de este engranaje de perfecta relojería musical, es de absoluta justicia destacar la brillante labor de Luis Enrique Becerra a los teclados, tejiendo armonías sublimes, así como el poderoso e impecable trabajo de la sección de vientos, que sopló con una fuerza arrolladora de principio a fin. Por su parte, las percusiones, con el talento desbordante de Ademir Berrocal a la cabeza, marcaron el pulso vital de la noche, obligando a los presentes a mover los pies sin descanso y sin dar tregua al aburrimiento.
Más allá de la innegable excelencia musical, uno de los grandes atractivos de un concierto de Rubén Blades es su fascinante faceta de narrador oral. A lo largo de la velada, el artista fue desgranando acertadas y profundas explicaciones sobre el origen, el contexto histórico y el significado de cada canción. Estas introducciones pausadas no hacían más que engrandecer el impacto emocional de los temas. Resultó especialmente hermosa la presentación de “Ojos de perro azul“, donde el panameño recordó con inmenso cariño a su gran amigo, el premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, “Gabo”, claro inspirador de la pieza. La emotividad del auditorio alcanzó cotas máximas durante la interpretación de temas de calado tan hondo como “Amor y control” y “Todos vuelven”. En estos momentos de sincera introspección y homenaje, las gigantescas pantallas del escenario de Icónica proyectaron un conmovedor carrusel de fotografías de artistas y seres queridos desaparecidos, provocando más de una lágrima entre los asistentes y demostrando que la salsa también es un poderoso vehículo para la memoria, el respeto y el duelo compartido.
El tramo final del concierto fue una auténtica explosión de júbilo colectivo y catarsis musical. Tras rendir honores a Héctor Lavoe con la interpretación de “El cantante”, no pudieron faltar en el repertorio joyas imprescindibles que han marcado a varias generaciones, como “Ligia Elena” y “Pedro Navaja“. Estos temas, que son verdaderos himnos de la cultura popular hispanoamericana, fueron coreados a pleno pulmón por un público que, a esas alturas de la madrugada, ya estaba totalmente entregado. Las historias de la niña de la alta sociedad y del matón de la esquina cobraron vida una vez más en la voz de un Rubén Blades incombustible. La majestuosa plaza se transformó por completo en una gigantesca pista de baile donde miles de almas celebraron la música y el cumpleaños de un gigante. Fue el colofón perfecto, inmejorable, para una noche en la que la excelencia de Rubén Blades y la Orquesta de Roberto Delgado demostraron por qué siguen siendo auténticos maestros de la salsa caribeña.




