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Monica Mura realizará la performance Cuntzertu pro sonallas el 29 de abril a las 18 horas en el hall del Museo Thyssen. El sonido del metal golpeando metal, seco, casi salvaje, de esos que te despiertan sin avisar y te atraviesa el cuerpo.

 

Una vibración áspera, directa, con algo antiguo detrás, como si viniera de muy lejos, de la Cerdeña más profunda. La responsable es Mónica Mura con Cuntzertu pro sonallas. Y no, no es solo una cuestión de impacto. Ese estruendo no se queda en lo superficial. Más bien apunta a algo incómodo: esa costumbre, todavía vigente, de dejar a las mujeres fuera de ciertos rituales, fuera de lo que se considera sagrado.

 

 

Mura nació en Cagliari en el 79 y lleva años trabajando en ese tipo de fisuras que a menudo preferimos no mirar demasiado. Su obra gira en torno al poder, la identidad, los márgenes… y la ha llevado a moverse por lugares muy distintos, de Portugal a Dubái o Argentina. Aquí se apoya en algo muy concreto: los cencerros tradicionales de su tierra. Objetos forjados a base de fuego y golpe que no solo servían para el ganado. Tenían un sentido simbólico, casi ritual. Se hacían sonar como protección, como quien invoca algo. Pero ese gesto público no estaba al alcance de todos. Era terreno masculino. Las mujeres quedaban fuera, mirando, aunque en el fondo también formaran parte de ese relato.

Ahí es donde la pieza da el giro. Mura recupera la palabra sonalla, el femenino sardo de cencerro, y la coloca en primer plano. No como un guiño, sino como una toma de posición. La performance se enmarca en un proyecto entre España e Italia que revisa tradiciones que aún arrastran inercias bastante cerradas. Lo interesante no es que rompa con todo, sino cómo desplaza el foco. Cambia el tono, el lugar desde el que se mira. Y eso genera un cierto choque. No es incómodo porque sí, pero tampoco pretende suavizar nada. Más bien abre una grieta dentro de un espacio tan institucional como el Thyssen.

 

 

Cuando todo termine y los cencerros se apaguen, el silencio no será el mismo. Algo se habrá movido, aunque cueste ponerlo en palabras. Mura deja caer una idea sencilla, pero potente: la tradición no tiene por qué quedarse quieta, como si fuera intocable. También se puede transformar. Y entre tanto relato consolidado, lanza una pregunta que se queda rondando: cuántas cosas siguen exactamente igual… y cuánto falta para que las mujeres dejen de ocupar ese lugar periférico incluso cuando están en el centro.

 

 

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