Seleccionar Página

Icónica Sevilla Fest añade a su programación dos grandes referentes en su género. El 14 de julio la noche quedará en manos de Fatboy Slim, ese agitador británico que convirtió la cabina en escenario y el sample en consigna generacional; el 15, el relevo lo tomará Rubén Blades, cronista mayor de la salsa, narrador de esquinas urbanas y conciencia crítica del Caribe.

 

Estos dos artistas entendieron, cada uno a su manera, que la música popular puede ser celebración y discurso al mismo tiempo. Electrónica expansiva frente a orquesta y clave, no es solo una cuestión de estilos sino de miradas y sentimiento.

 

 

En algún momento de los noventa, cuando la electrónica británica buscaba una narrativa capaz de dialogar con el pop sin perder el pulso de la pista de baile, Norman Cook encontró la fórmula. Bajo el alias de Fatboy Slim, el exbajista de The Housemartins convirtió el sample en herramienta expresiva y en gesto lúdico a la vez: riffs reciclados, voces descontextualizadas y bajos elásticos ensamblados con una intuición casi punk. Se trataba de hacer bailar con una vocación de espectáculo, de estribillo expansivo y guiño irónico que terminó por definir el big beat como lenguaje exportable. Cuando en 1998 apareció You’ve Come a Long Way, Baby, la cultura de club dejó de ser un secreto compartido para instalarse en la radiofórmula y en los festivales multitudinarios.

 

 

Cook entendió antes que muchos que el DJ ya no sería una figura en penumbra. Sus sets se construyeron como ceremonias colectivas, con picos de energía diseñados para un público que empezaba a mirar tanto al escenario como a la cabina. El impacto visual de Weapon of Choice —con Christopher Walken suspendido en un hotel vacío— amplificó esa dimensión performativa y confirmó que la electrónica podía dialogar con el imaginario mainstream sin diluirse. El concierto gratuito de 2002 en Brighton Beach, ante una multitud que desbordó cualquier previsión, fue menos una hazaña logística que la evidencia de un cambio de escala: la música nacida en clubes oscuros había conquistado el espacio abierto. Desde entonces, el nombre de Fatboy Slim funciona como atajo para entender cómo la cultura rave británica aprendió a hablar en mayúsculas.

 

 

 

Hay canciones que se bailan y otras que se escuchan como si fueran cuentos; en la obra de Rubén Blades ambas cosas ocurren al mismo tiempo. Formado entre Panamá y Nueva York, y curtido en el engranaje creativo de Fania Records, encontró en la salsa un territorio fértil para narrar la ciudad latinoamericana con sus héroes anónimos, sus derrotas y su ironía. La alianza con Willie Colón cristalizó esa ambición en Siembra (1978), un disco que no solo multiplicó el alcance comercial del género, sino que lo dotó de densidad literaria: Pedro Navaja convirtió la crónica policial en mito popular, mientras Plástico desnudó, con ritmo contagioso, las contradicciones sociales de la modernidad latinoamericana.

 

 

Desde entonces, Blades ha transitado la frontera entre música y pensamiento con naturalidad poco común. Su escritura —afilada, observadora, a veces mordaz— amplió el campo semántico de la salsa sin despojarla de su pulso bailable, y su trabajo posterior, tanto en solitario como en diálogo con el jazz latino, confirmó una vocación de riesgo sostenida en el tiempo. Más que añadir “contenido social” a un género festivo, lo que hizo fue recordarle a la pista de baile que también puede ser un espacio de memoria, crítica y relato colectivo.

 

 

Comparte este contenido