Hay un momento, muy breve, en que el paisaje deja de ser paisaje. Se vuelve ruina, recordatorio de todo lo que fuimos dejando morir. Pasó en Los Gallardos. Gente metida en sus coches, el fuego comiéndose la chapa, buscando una salida que ya no estaba. Y está pasando ahora en Ávila, en Guadalajara, en Madrid. Pueblos vaciados de golpe, un cielo gris que parece ceniza húmeda pegada a la piel. Y entonces alguien se planta delante de un micrófono y suelta lo de la «furia incontrolable de la naturaleza». No. Eso no es prudencia. Es cobardía, sin más. La ciencia lo avisó con datos, con modelos, con fechas concretas encima de la mesa. Y lo que se anuncia con años de margen no es una catástrofe natural. Es una catástrofe que se dejó venir.
Agosto de 2025. Quien vivió aquellas madrugadas no las olvida. El aire no se podía respirar, el crepitar de los montes metiéndose por la ventana y los servicios de extinción sobrepasados. En medio de todo aquello, con medio país mirando la televisión, se anunció un Pacto de Estado frente a la Emergencia Climática. Bandera, solemnidad, frases huecas que quedan bien en la foto y llenan atriles. Ha pasado un año. Justo uno. Y llevamos más de 150.000 hectáreas convertidas en suelo calcinado. ¿Qué queda de aquel pacto? Un papel sin financiación, traspapelado entre expedientes. Y el dinero público, mientras tanto, sigue fluyendo hacia modelos productivos que contaminan más, que castigan precisamente a quienes sostienen el monte con sus manos. Duele decirlo. Pero es así.
Y luego está lo que nadie termina de nombrar. Nos gastamos millones en hidroaviones, en brigadas que se dejan la piel, en dispositivos de emergencia. Pero solo cuando el horizonte ya está ardiendo. En invierno, cuando el monte calla y es justo ahí donde se gana o se pierde todo, el presupuesto se encoge. Se racanea. Como si el fuego se pudiera negociar en julio. No se puede. El monte arde en verano porque lo vaciaron de gente y le arrancaron sus usos de toda la vida, porque lo dejaron tapizado de una biomasa seca y continua que convierte cualquier chispa en un infierno sin remedio. No es mala suerte. Son décadas de abandono, una detrás de otra, hasta que el paisaje se vuelve yesca.
Salir de este bucle —el pánico en agosto, la amnesia en enero— no se arregla con un discurso ni con una nota de prensa bien redactada. Exige reformas que incomoden. Que toquen hueso. Y hay tres que ya no dan más de sí:
- Una financiación real, blindada por ley. El Pacto de Estado no puede funcionar como un titular que se desempolva cada vez que arde algo. Tiene que haber una norma con presupuesto garantizado a varios años vista, que proteja a los agentes medioambientales y a las brigadas forestales de los cambios de gobierno, de las prórrogas, de esos recortes que nadie anuncia pero que van vaciando, año tras año, la capacidad de respuesta de las comunidades autónomas.
- Reorientar el dinero hacia la vida rural. Hacia donde de verdad importa. No tiene ningún sentido que los paquetes de ayuda sigan premiando actividades que contaminan y degradan. Esos fondos tienen que ir al pastoreo, la reintroducción de grandes herbívoros y la ganadería extensiva que desbroza sin una sola máquina, al acceso real a la tierra, a que alguien pueda vivir dignamente en un pueblo. A condiciones justas para quien produce comida a pequeña escala y mantiene el paisaje vivo, no de postal, sino de verdad.
- Y un Parlamento Ciudadano Climático que no dependa de la legislatura ni del despacho de turno. Las decisiones sobre transición y riesgo deben dejar de ser moneda de cambio entre partidos. Una asamblea ciudadana asesorada por un consejo científico independiente con capacidad vinculante de verdad, obligaría a que las políticas se diseñen con evidencia y con lo que el territorio necesita. No con lo que toca electoralmente.
Un país arde por dentro, por las grietas de su propia dejadez. Cada hectárea calcinada en Ávila, en Guadalajara, en Madrid, es la prueba callada de un pacto que solo se recuerda cuando el humo no deja ver los edificios. Y la madurez democrática de este país no se va a medir por lo solemne del próximo anuncio desde un puesto de mando avanzado, sino por algo más simple y bastante más difícil: que cuando llegue la próxima ola de calor, las leyes ya estén aprobadas, los presupuestos ejecutados, la ciencia desplegada sobre el terreno. Que lleguemos antes de que la ceniza vuelva a tener la última palabra



