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En esta edición de los Premios de la Danza de Andalucía los cuerpos premiados hablan de fricción, de herencia incómoda y de resistencia. También lo es que muchas de las obras reconocidas trabajen desde la intemperie -simbólica o literal- y que los proyectos celebrados compartan una misma obstinación: seguir haciendo danza aun cuando el contexto no la facilita.

 

Maja y Bastarda, de Laila Tafur, fue una de las piezas que atravesó con mayor contundencia esta edición, concentrando varios de los principales galardones: Mejor Espectáculo de Sala, Mejor Intérprete y Mejor Coreografía. La obra revisita imaginarios históricos asociados a lo femenino, y los somete a una operación corporal de desgaste. Tafur no “representa” figuras del pasado: las hace pasar por el cuerpo, las somatiza, las vuelve incómodas. En ese gesto hay una toma de posición clara respecto a la danza contemporánea como espacio de pensamiento encarnado, donde la coreografía funciona como campo de fuerzas.

En una dirección distinta, pero no menos política, No estamos aquí para bailar, de Rocío Barriga y Sergio R. Suárez, reconocida como Mejor Espectáculo de Calle o Espacio No Convencional, desplaza la pregunta hacia el lugar mismo donde ocurre la danza. El trabajo en espacio público aparece aquí como una adaptación natural al entorno con una decisión estética que cuestiona la función del espectáculo y del espectador. Bailar —parece decir la pieza— no siempre es lo que se espera que sea.

 

Foto: César Llerena

 

El reconocimiento interpretativo a Felipe Valera por El día que el hombre pisó la luna, de Danza Mobile, vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que atraviesa desde hace años a la escena andaluza: quiénes pueden ocupar el centro del escenario y desde qué parámetros se mide la excelencia. Nos congratula que el premio señale una práctica artística sostenida en el tiempo que ha ampliado, de manera concreta, los márgenes de lo que entendemos por cuerpo escénico.

Más allá del arquetípico título de premios técnicos, espacio sonoro, iluminación y escenografía apuntan a una confluencia donde los lenguajes se piensan de forma integrada. El sonido estructura y Miguel Marín se alza con el Mejor Espacio Sonoro por Normcore – Lo normal de Lucía Vázquez. La luz compone y el de Mejor Diseño de Iluminación recayó en Antonio Valiente por Peón Coronado de Gero Domínguez. Las prendas abrigan a cada intérprete, y el Mejor Vestuario lo consigue Ernesto Artillo, por La Familia de Julio Ruíz. El espacio construye sentido y Mejor Espectáculo Escénico fue para Antonio Godoy, por Las Yegüas de Chloe Brûlé-Dauphin.

Y el regusto de La Imbuición, dirigida, coreografiada e interpretada por Alejandra Ruiz de Alda y Raquel Laó, ha sido reconocida como Mejor Espectáculo Revelación de la temporada. Una obra que a través de la danza aborda lo que nos mueve, lo que nos limita y lo que nos invita a disfrutar de la vida, proponiendo una reflexión sobre las formas en las que nos relacionamos y conectamos.

 

Foto: César Llerena

 

En este contexto, el Premio de Honor concedido a Manuel Llanes adquiere una dimensión que va más allá del reconocimiento individual. Su trayectoria al frente del Teatro Central de Sevilla recuerda algo que a menudo se olvida: la danza crece también gracias a quienes sostienen espacios donde el riesgo es posible. Durante décadas, el Central fue un lugar donde la danza contemporánea no tenía que justificarse, y esa normalidad fue, en sí misma, una conquista.

Algo similar ocurre con el Premio Tejer Danza otorgado al ciclo Inclasificable, impulsado por Dominique Serena Antignano junto a Nacho Terceño. Lejos de los grandes focos institucionales, este proyecto ha funcionado como un ecosistema propio, donde la proximidad, la mezcla de lenguajes y la escucha mutua han generado una comunidad real. Una audiencia generando un tejido vivo que ha acompañado procesos, fracasos y mutaciones.

Los XVI Premios PAD muestran una danza que trabaja desde la conciencia de su fragilidad, que no esquiva el conflicto y que sigue encontrando en el cuerpo un lugar desde el que pensar el presente. En tiempos de incertidumbre estructural, quizá ese sea su gesto más radical: insistir.

 

 

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