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Se representó en el Teatro La Fundición (Sevilla), Las Furias, de la mano de la andaluza Cía. Nieves Rosales. Una de esas piezas que te demuestran que cuando se baila de verdad, entregando todo lo que uno tiene, lo demás queda en explicitaciones.

 

Para lo bueno y lo malo, en los últimos años han emergido numerosos trabajos  que abordan la realidad de la mujer, reivindicando la aplicación de la totalidad de sus derechos como un ser humano más. Lo cual nos ha llevado a un escenario en dónde es sumamente complicado hacerse valer: presentando la pieza propia como algo que transciende un “simple panfleto” de inspiración feminista. O quizás, una pieza que sería susceptible de ser señalada como “misándrica” por personas, que digamos, no se cuestionan cuál es su lugar en el mundo.

En este contexto, y muchas otras variables en juego, irrumpió Las Furias (en el Teatro La Fundición el 19 de enero del presente año), como manifestación de que hay una “periferia” en la que apenas se ha explorado. Es decir: desarrollar una pieza desde la impotencia, la rabia contenida, la indignación… Al fin al cabo, es partir de sentimientos que siendo aprovechados como combustible, nos conducen a un plano en donde nacen creaciones que no le deben nada a nadie,  sólo emiten lo que se ha estado gestando desde el inicio de las civilizaciones que nos han hecho posibles.

Por lo anterior, animo a los que hayan visto esta pieza y los a programadores que la estén valorando,  que la lean desde la dimensión “subterránea” (si se me permite la expresión) en la que se despliega sobre el escenario. Dado que la intimidad y la densidad en la que envuelve a sus espectadores, solicita que dejemos entre paréntesis convenciones y demás cosas que se han instaurado en nuestro imaginario, a través de meras contingencias, no por algo que se haya fundado bajo grandes fundamentos. Así Las Furias, constituyen un marco en el que aplican sus propias reglas, sus propios modos de relacionarse.

 

Ellas terminaron reconociéndose en tanto iguales, habiendo superado sus juegos de jerarquías, y demás rencillas que habrán surgido entre ellas. Estas tres mujeres cuya presencia parecía sacada de varios de los retratos de mujeres  del pintor andaluz Julio Romero de Torres, imponían respeto, al mismo que no invertían esfuerzos en ocultar su vulnerabilidad.

Parto de la base de que mostrarse vulnerable no es signo de debilidad, puede entenderse en este caso (entre otras cosas), como un modo de hastío a seguir soportando  todo aquello que las ha mantenido deambulando por un terreno que no las ha tratado como seres posibles, porque el marco a las cuales se las ha querido someter, no tolera disidencias. Y hasta que cada una de ellas asume que ha de tomar las riendas de su vida, y que ya no hay nada que perder porque lo que se ha establecido las ha castigado sin que ellas hayan emitido sus primeras palabras. No se erigen con firmeza, eso sí, las lágrimas producidas por todas esas heridas sin cerrar, las mantienen contenidas, no sé si por orgullo, o porque igual ya no les quedan más por derramar.

¿A quién reclaman estas injusticias? ¿Dónde están las personas que conviene disuadir para que se les reconozcan como seres humanos de derecho? No estaban en el escenario. De manera puntual, se interpretaron algunas palabras por parte de estos tres personajes. Pero lo que a mí me llegó, es que a esas alturas esas palabras carecían de sentido y significado, por ello bailar para ellas fue acto catártico, ya que con su práctica conseguían transcender el marco del verbo que se les impuso, para reapropiarse de sus vidas a través de un reencuentro con sus cuerpos. Cuerpos que aunque derrochaban elegancia y sensualidad, en realidad estaban dando lugar al inicio de una nueva era.

 

Desde el principio Las Furias “bailaban” lo que les sucedía en sus vidas, pero quizás en el final (cuando se reproduzco una de las variaciones base de esta pieza) fue cuando ellas realmente entendieron que todo ha estado en sus manos, sólo faltaba ejercerlo. Afortunadamente, no les ocurrió lo mismo que al hombre de la parábola Ante la Ley que sale en El Proceso del escritor checo Franz Kafka. Esto es: Un hombre se acerca a una puerta que está siendo custodiada por un centinela. Este hombre le pidió que le permitiese pasar, pero el centinela le replicó que en ése momento no era posible. Y aunque luego el hombre se asomara invadido por la curiosidad, el centinela no le impedía que cruzase la puerta, pero le advirtió que estaba prohibido, y a continuación, se encontraría con más centinelas que serían más poderosos que él; que incluso al llegar a la tercera, él mismo se proclamó incapaz de resistir la mirada del que estuviera allí.

Ahora bien, el hombre se dedicaría años a esperar ante la puerta, mientras le insistía numerosas veces al centinela que le dejará pasar. Y aunque también le diera regalos y parte de las provisiones que había preparado para este viaje, el centinela seguía con la misma replica: por más que le aclarase que aceptaba los mismos para que el hombre tuviera por seguro, que nada tenía que ver su forma de obsequiarle cosas, con que aún no le dejase pasar.

La fijación del hombre era tal, que estaba convencido de que el centinela era el culpable de su infortunio, para terminar degradándose con el paso de los años.  Éste “es ya muy anciano y sus ojos no perciben si es de noche o de día. No ven más que tinieblas” … A punto de morir el hombre, el centinela se acerca a él, ya que se le ocurrió emitir una pregunta que hasta ahora no se le había pasado por la cabeza decírsela: “Todos los hombres quieren acceder a la ley ¿Qué explicación tiene entonces que en tantos años que estoy aquí, no haya habido nadie más que yo, que haya querido entrar?”. A lo que le contesto el centinela gritándole (mientras le veía moribundo), en postura de hacerse oír: “Eras tú el único que podías entrar aquí, pues esta puerta estaba destinada solamente para ti. Ya no soy necesario. Ahora me iré y la cierro”.

Las Furias consiguieron cruzar todas esas “puertas”, a saber qué destino les deparará…

Esta pieza interpretada por Nieves Rosales, Carmen Romero y Andrea Prieto, es un trabajo sacado desde lo más profundo sus entrañas, pero bien equilibrado con madurez y templanza. Creo que las Furias está tan bien hecho, que es un ejemplo de que no se precisa tener muchos intérpretes en escena, para hacer algo monumental e incontestable. Y aún así, crecerá más con cada pase, que se  vaya haciendo en los teatros en los que se representará.

Considero que no se propusieron resolver todos los entresijos de la compleja realidad con la que han tenido que lidiar las mujeres de este mundo, pero ello no es necesariamente malo, dado que a través de la danza damos con respuestas que a pesar de haber sido integradas, e incluso haber compuesto una “coreografía” a partir de ellas, nunca alcanzarán traducirse a un lenguaje verbal. Siendo que la danza es tan indescifrable como elocuente.

 

 

 

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