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El neoyorquino supera un bache central en la Plaza de España y se rinde al embrujo hispalense con el pulso de la batería de Jas Kayser, la sorpresa flamenca de Israel Fernández y un tramo final electrizante.

 

Sevilla derretida. Calor pegajoso. Noche densa. Y una duda razonable flotando en ese aire que apenas se podía respirar: ¿Saldrá Lenny Kravitz con pantalones de cuero? Pues no. Esta vez tocaba sobrevivir, así que el neoyorquino apareció con tejanos, dejando los experimentos para otra ocasión. Un pequeño gesto, pero muy significativo: había que adaptarse a Sevilla pero manteniendo su magnetismo intacto.

Con la Plaza de España llena hasta arriba —un tremendo sold out con 18.000 personas—, el concierto arrancó con “Bring It On”. Humo, luces rojas, un punteo hipersensual y esa sensación de que lo que venía no era solo música, sino una experiencia física. Desde ahí, el arranque siguió con “Dig In” y “TK421”, donde Lenny se permitió tocar el bajo, colocando el listón alto desde el principio, aunque con la voz algo baja en los primeros compases.

 

Foto: Niccolo Guasti

 

El setlist avanzaba con “What the Fuck Are We Saying?”, y ahí empezó a notarse un ligera bajada de revoluciones. No terminaba de conectar, y la escasa interacción con el público tampoco ayudaba…hasta que llegó “Always on the Run”. Primer momento de verdad. Primera comunión real con la gente. Ahí el concierto empezó a respirar y encontró un pulso compartido entre escenario y público, dejando atrás la sensación de exhibición para convertirse en una experiencia colectiva.

Pero no duró del todo. El bloque central —“Live”, “Fields of Joy”, “I Belong to You”— mantuvo el nivel sin terminar de elevarlo. Todo sonaba perfecto, sí, pero faltaba ese punto de chispa, las canciones parecían sucederse sin generar un verdadero crescendo emocional. “Stillness of Heart” y “Believe” confirmaron la sensación: el concierto entraba en una clara transición.

 

Foto: Óscar Romero

 

Eso sí, había algo que no fallaba: la banda. Y especialmente Jas Kayser. Su batería fue una apisonadora durante toda la noche. El bombo no sonaba: retumbaba en el esternón. Cada cierre de tema, era una exhibición.

El momento más inesperado llegó en “The Chamber”. Sin previo aviso, el cantaor flamenco Israel Fernández apareció en el escenario y se sumó al tema, mezclando palmas y quejío con el groove de Kravitz en uno de los instantes más especiales de la noche. Una fusión natural, completamente orgánica, que el público recibió como un regalo.

“Honey” y “Beyond the 7th Sky” no terminaron de levantar el vuelo y acentuaron ese tramo más plano. Incluso hubo algún parón y cierta sensación de desajuste en el setlist.

Y entonces, el giro.

Con “Low” y “The Chamber” (ya con ese eco flamenco flotando en el ambiente), empezó a recuperarse el pulso. Pero el verdadero punto de inflexión fue actitudinal. Kravitz se acercó, lanzó una púa, se arrodilló y se metió literalmente al público en el bolsillo con un parlamento que cambió todo:

Sevilla, qué lugar y qué maravilla de gente.

Es una bendición estar esta noche todos juntos.

I love you.

Es una maravilla estar vivo otro día para aprender, amar, perdonar y vivir.

Ahí sí. Ahí volvió el concierto.

El tramo final fue un manual de cómo cerrar una noche como es debido. “It Ain’t Over ’Til It’s Over” y “Again” aportaron emoción y pausa antes del estallido definitivo. Y entonces, los clásicos.

“American Woman” levantó definitivamente a la Plaza de España. Y “Fly Away” hizo el resto. Ya no había calor, ni dudas, ni valle. Entonces el público al unísono respondió con una euforia ininterrumpida hasta el último acorde.

 

Foto: Mauri Buhigas

 

Antes, eso sí, hubo presentación de banda —con la mayor ovación para Jas Kayser— y momentos muy marca de la casa: cercanía extrema, actitud juguetona y ese punto imprevisible, como verle colgarse el bajo pese a tener bajista en escena.

El concierto fue un viaje con altibajos muy marcados: arranque magnético, tramo central irregular y un final arrollador que terminó imponiéndose a todo. Kravitz construyó una actuación de contrastes cuyo tramo final terminó reescribiendo la memoria de la noche. En ocasiones, la capacidad de remontar pesa más que la perfección.

Y quizá la mejor metáfora de la noche fue ese cambio de cuero por tejano. Porque en Sevilla, algunas noches, no se trata de posar… se trata de resistir, adaptarse y, al final, triunfar.

 

 

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