Después de 12 años, la icónica cantante y compositora estadounidense Lucinda Williams —referente del sonido Americana y ganadora de varios premios Grammy— regresó a Madrid. Lo hizo por todo lo alto, con banda completa y en el marco de su gira europea, llenando la Sala La Riviera el pasado 21 de junio.
Había pasado ya más de una década desde aquella visita de 2013, cuando se presentó en formato trío acústico en la Sala Joy Eslava, guitarra en mano. Para sus fieles seguidores, el regreso era más que esperado. Esta vez, el reencuentro tuvo un aire de celebración, casi de ritual, al abrirse las puertas de La Riviera para recibir a una de las grandes leyendas vivas del country rock estadounidense.
A sus 72 años, Lucinda llegaba para presentar Lucinda Williams Sings The Beatles From Abbey Road, el séptimo volumen de su célebre serie Lu’s Jukebox. Pero en realidad, aquello fue apenas una excusa: la verdadera intención era repasar —con fuerza y sentimiento— lo mejor de su extraordinaria carrera, que ya abarca más de cuatro décadas.
Yo, como muchos otros aquella noche, contaba los minutos con emoción para ver a la de Luisiana y escuchar por fin en vivo su inconfundible voz. Pero antes, hubo que esperar.
La banda invitada fue Reckless Kelly, representantes de la escena roots americana más actual. Liderados por los hermanos Willy y Cody Braun, y acompañados por el veterano Jay “Nazz” en la batería, Geoffrey Queen en la guitarra y Joe Miller al bajo, los de Austin pisaban por primera vez un escenario español desde que comenzaran su andadura en Idaho allá por 1996.
Con casi 30 años de carrera, ofrecieron una hora intensa de folk puro y electricidad vibrante. Su sonido —entre el country rock, la tradición americana y una energía contagiosa— conquistó poco a poco al público madrileño. Aunque a mí personalmente no me hicieron enloquecer, hay que decir que supieron ganarse a los asistentes, animando la espera y calentando el terreno para el plato fuerte de la noche.
Eran las 21:30 cuando Lucinda Williams hizo su entrada estelar, acompañada de una banda excepcional. Ya no lleva guitarra: un ictus sufrido en 2020 afectó su movilidad. Pero no hizo falta. Su presencia, su voz y el poder de su grupo fueron suficientes. La respaldaban veteranos como Doug Pettibone y David Sutton (bajo), Stuart Mathis (guitarra eléctrica), Butch Norton (batería/percusiones) y el ex de The Black Crowes, Marc Ford.
Con los ojos cerrados y ambas manos aferradas al micrófono como si se tratase de una plegaria, Lucinda abrió con Can’t Let Go (Car Wheels on a Gravel Road, 1998). Su voz, potente y punzante, cubrió la sala de electricidad y misticismo tejano. “Tocada pero no hundida”, parecía decirnos, con una emoción palpable que impregnó también temas como Rock ‘n Roll Heart.
Fueron cayendo uno a uno los himnos de Car Wheels on a Gravel Road: Fruits of My Labor, Drunken Angel, Lake Charles… y, por supuesto, la emblemática Car Wheels on a Gravel Road, coreada a pleno pulmón por un público entregado, manos en alto y lágrimas contenidas.
Hubo también espacio para su trabajo más reciente, Stories from a Rock n Roll Heart (2023), un disco nacido desde la resistencia tras los duros últimos años. Sonaron temas como la ya mencionada Rock ‘n Roll Heart (que en estudio cuenta con Bruce Springsteen), Stolen Moments —con ecos de Tom Petty—, y la íntima Where the Song Will Find Me, que abrió un momento más pausado de la noche, seguido por Are You Down (Essence, 2001), con descarnados solos de guitarra y bajo que parecían detener el tiempo.
La versión más sexy y desafiante llegó con You Can’t Rule Me, homenaje a la legendaria Memphis Minnie. Para entonces, la noche ya olía a polvo de carretera, whisky y botas tejanas.
Lucinda supo dar espacio a cada integrante de su banda, girándose con emoción para mirarlos, como quien agradece formar parte de algo más grande. No necesitó su guitarra para brillar: su voz —áspera, auténtica, firme como una carretera secundaria del sur— bastó para llenar La Riviera de una energía casi sagrada. A sus 72 años, se mantiene en pie con dificultad, pero canta como si le fuera la vida en ello. Y quizá, en el fondo, así sea.
Entre canción y canción, compartió historias, confesiones, memorias. Hubo agradecimientos, reivindicaciones y hasta una canción protesta: So Much Trouble in the World, versión de Bob Marley & The Wailers, interpretada en clave de roots reggae, con fuerte carga política y social.
Parecía que Righteously (World Without Tears, 2003) sería el broche final. Pero el público no estaba dispuesto a dejarla ir tan fácilmente.
La banda volvió para el bis. Primero, con alegría y actitud rockera, llegó Joy —otro clásico de Car Wheels…—, con Lucinda lanzando cuernos al aire, enérgica y luminosa. El verdadero cierre fue apoteósico: una feroz versión de Rockin’ in the Free World, de Neil Young, con Lucinda alzando el puño y cantando como si no quisiera desaparecer nunca. Y quizás no lo haga: su legado, como su música, es eterno.
Caminó con dificultad hasta el borde del escenario. Puso las manos en el pecho y dijo: “Os quiero”. Luego, el gesto clásico del Peace & Love, el de quien ha vivido muchas vidas. Nos emocionamos con ella. Algunas lágrimas rodaron por las mejillas de los presentes. Afuera, la noche madrileña seguía siendo eléctrica, como la que acabábamos de vivir.
Lucinda nos bendijo con su música, y nosotros la abrazamos con devoción. Fue más que un concierto: fue un acto de amor, memoria y resistencia.





